miércoles 12 de junio de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones violentas

Voces anchas como océanos

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Brenda Albarenga, la tercera víctima de femicidio en Entre Ríos

Alan Domínguez tenía una denuncia por violencia de género y una perimetral

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La justicia nunca es justa y menos en los casos de violencia de género en esta pequeña provincia en la que todos terminan teniendo que ver con todos. Ayer en los sitios de noticia, aparecía un título que decía que Julián Christe, asesino de Julieta Riera e hijo de una ex jueza, está en prisión domiciliaria en un departamento en el Parque Urquiza y que no conforme con este privilegio, está pidiendo levanten la prisión, o esa especie de vacación en casa.

Es decir: al hijo de la jueza le anularon la condena perpetua del juicio hecho por jurado popular. Y esto no fue escándalo en Entre Ríos.

La verdad es que siempre me cuesta más establecer un pacto lector con los textos informativos, porque apelan a una realidad conocida y palpable, que los textos literarios que inventan y crean mundos en donde todo puede pasar y el horror forma parte de la ficción. Sin embargo, el absurdo, la conmoción y lo aberrante quedan en nuestra vereda, en el barrio cheto o en el más marginal, en nuestro trabajo o en la misma casa. Sobre todo si se trata de violencia contra las mujeres, sobre todo si son pobres, sobre todo si el hambre gana por encima de otras circunstancias y todas las instituciones proclaman que no les importa.

Este viernes Alan Domínguez, un joven hijo de la mierda de veintiocho años, estranguló a Brenda Alvarenga, que había sido su pareja y, que, también, había denunciado sus maltratos y amenazas. Ante esta presentación de Brenda para prevenir su propia muerte, la justicia le dio una medida que absolutamente nadie controló que se cumpliera. Entonces, sirven las medidas de prevención judicial: NO. La lección es que sirve para que te maten, para que te estrangulen delante del nene que cuidás, como una maniobra que se desarrollará en otro futuro, como una enseñanza de así se hace. Brenda, además de ser una chica humilde que quería desprenderse de una relación violenta, era niñera y uno de los tres chicos que cuidaba, el nene de once años presenció el asesinato (vaya experiencia en plena infancia). Alan Domínguez la levantó como a una bolsa de basura y la tiró por las escaleras, y ahí afloró su cobardía, gritó que se cayó y que murió del golpe e hizo como que él pedía ayuda.

No han habido marchas, ni protestas en las puertas de tribunales, ni hemos tomado las calles y los varones se preguntan por qué. Pero quizás olvidan que hace días se cerró desde el gobierno nacional el Ministerio de las mujeres, géneros y diversidad. Un espacio que propiciaba políticas públicas en la prevención, circulación de información y que asistió a más de 1.800.000 personas en situación de violencia de género, no solo mujeres, hijos que quedan sin madre, jóvenes embarazadas en la adolescencia por sus violadores, situaciones de vulnerabilidad sin recursos ni económicos ni simbólicos. Estamos cansadas, pasadas de exigencias hartas hasta casi el mutismo. Pero ese casi tiene una historia que viene a nuestro lomo como la piedra de Sísifo y esa labor constante de arrastrarla hasta la cima para que nos caga encima.

Este sábado, el programa Memoria frágil recordó el caso de Escobar Gaviria, un cura del interior que abusó de niños que eran monaguillos y que aspiraban a la fe como una salvación de la intrascendencia en su vida futura. La madre de uno de ellos, aún pasado los años, lloraba contando los estigmas sociales: la madre loca por denunciar, los rechazos a su familia, los cuestionamientos hacia su tarea como madre que no cuidó, el aislamiento de su hijo durante años.

Siempre vuelve el castigo contra las mujeres, repito: sobre todo si son humildes, si son desobedientes, si son fuertes como para poner en palabras, si son boconas como para hacer trabajar a las instituciones que deben poner en funcionamiento al sistema judicial.

Entonces pienso lo que dice Sara Ahmed sobre el silencio ante las denuncias, sobre ese modo en el que operan las instituciones ante las denuncias sobre violencia contra las mujeres, y sobre el valor de aún con esta lecciónn de “es mejor callar y no hacer nada”, hay que levantar el tono y decirlo todo, aún pese a los cargos d locura que nos impongan y lo sé en carne a eso. Pensemos en esto: ¿por qué en el caso del hijo de la jueza la justicia oye? porque ahí hay legitimación sobre la voz de la persona. Entonces leamos y pensemos con más inteligencia.

“Oír con un oído feminista es oír a quien no es oída, oír cómo no nos oyen. Si nos enseñan a silenciar a algunas personas, un oído feminista es un logro. Nos volvemos amplificadoras de aquellas voces que han sido silenciadas, y así podemos ser ellas, lo que significa que levantar la voz por nosotras mismas también puede ser un logro. Cuando observamos quiénes son escuchados aprendemos quiénes son considerados importantes, o de quiénes se piensa que hacen un “trabajo importante”, para volver al afilado análisis del feminismo negro de Cary. Aprendemos que algunas ideas solo pueden ser escuchadas si vienen de las personas correctas; “correctas” puede significar “blancas”. Dice Sara Ahmed y en estos casos de Entre Ríos, ser escuchado en la justicia tiene que ver con una casta judicial, con una pretensión de limpieza de las bocas, a quien ensucian es al hijo de la jueza, no a quien matan es a la chica que era su novia, o en el caso de Brenda a quien ensucian es a la medida preventiva hecha en la justicia, no a la mujer estrangulada y tirada por una escalera como se tiran a las cosas que no sirve, que no valen, que tienen el peso de la mugre.

Es necesaria la crudeza, la exhibición de la violencia en la palabra para que sea el arma que gatille en contra de esta vidriera de las y los fiscales de género que cobran fortuna por no hacer su trabajo. De las y los jueces que contribuyen a un sistema patriarcal que se fotografía en trajecitos de marca celebrando sus actuaciones en otros países por supuestas capacitaciones. De las y los legisladores que se jactan de la Ley Micaela, y que después dejan que se haga agua sucia en los hechos concretos, que justifican los maltratos a otras diputadas incluso o empleadas por machitos que ocupan cargos más altos. Porque si hay algo que es transversal a las clases sociales y que nos alcanza a todas, queridas compañeras de la indignación y las heridas, es la injusticia, y la única misma suela que compartimos es esta voz gastada pero ancha como los océanos que tenemos que poner a decir donde sea, pese a las desfavorables condiciones de la época y al cansancio que a veces, nos gana, pero solo por un rato.

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