miércoles 1 de febrero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Zoológica

Dobladillos maternales

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Son las cinco de la tarde y tengo que caminar dos cuadras desde mi casa. El desafío parece absurdo porque no puede considerarse desafiante, sin embargo, tengo las ancas que se han desplazado lentamente y la distancia que separa las caderas aún no está firme, dos cuadras como doscientas hectáreas. Relaxina, dice una app que tengo en el celular sobre embarazo y que me va tirando data de mi tiempo de gestación, es una hormona que suaviza mis articulaciones y agrega “puede que te sientas como un pato”. Hay un zoológico en mí: el bebé es del tamaño de un cachorro de tigre. Yo camino con la parsimonia de un hipopótamo. Mis caderas se relajan y nadan como patos. Me gusta Paraná porque las cuadras nunca son iguales, hay algo confuso en sus calles y caminos, como una casa que fue agregando retazos de habitaciones para invitados. Mamá siempre decía “las mujeres tienen buenas piernas por las subidas y bajadas”, ahora las mías son dos columnas de la catedral queriendo avanzar durante doscientos metros.

Primera posta: llegar a la esquina de mi cuadra.

Hay un problema con los vecinos, uno tiene una montaña de tierra porque está haciendo un trabajo de albañilería y ocupa casi todo el ancho de las baldosas, otro es un desquiciado que le molestó que le pidiera que no estacionara sobre mi entrada para el auto y temo encontrarlo, y por último, en el tramo de vereda más destruida vive el hombre al que le bajan cucarachas del dobladillo, tiene un frente tapado de mugre y puertas machimbradas con bolsas de residuo encimadas. Ahí tengo que imaginar que me meto abajo del agua y no respirar. Normalmente, camino por el frente pero en este estado tengo que ahorrar energías y elegir como el lobo de Caperucita, dejándome seducir por el camino más corto.

Camino y ocupo todo el tiempo y el espacio, me suspendo como un astronauta gordo en slow motion, el pelo que lavé antes de salir se va secando con el calor sofocante de la calle y los tobillos se vuelven troncos de palo borracho. Me muevo con dos cuerpos y con lo que recubre al de adentro, la placenta se balancea como agua de una pecera, la vejiga tiene la capacidad de una cabeza de alfiler y hay algo afilado que se me entierra en la ingle. Respiro y me convenzo de estar cerca, mi puerta ya está más lejos y no me conviene volver si no avanzar a paso firme, con los tambaleos necesarios para crear expectativas. Un elefante en bicicleta. Ampliamos el zoo y sus atracciones.

El segundo tramo es una bajada que me inclina como un esquí pero al revés, sino me puedo pelar la nariz en el cemento. Me acuesto sobre mi coxis y braceo disimulando los baldazos invisibles que se me escapan. Llego bien a retirar el auto antes de que cierre el lavadero. Subo y me quemo la panza con el volante que está brillante y caliente como un carbón. Enciendo el aire pero me tira calor como si aspirara un caño escape. Sudo. El chico me mira con intriga. Nadie puede entender el volcán hormonal que soy atravesando las treinta y cuatro semanas de embarazo en un verano de cuarenta grados en el litoral. Una selva de emociones: me río y me apeno. Tengo una amiga con la que durante la infancia y adolescencia convivíamos, nos invitábamos a comer o a dormir, a caminar, a tomar mates, éramos siamesas para nuestras madres que nos duplicaban la ración de alimentos o nos tendían dos camas. Gi ahora está de treinta y seis semanas y nos compartimos la experiencia. “Estoy igual, boluda” “No doy más” y sugerencias. La amistad encendida para paliar el peso de las piedras que se juntan como escombros en los dobladillos del embarazo.

En las entradas al querido diario de ayer dice:

Querido diario: hoy la de dos se fue de paseo a las dos y yo dormí dos horas de siesta. 222.

Querido diario: quise ponerle dentífrico al cepillo de pelos. Después, olvidé por qué había llegado hasta la otra habitación

Querido diario: hoy escribí sentada en la pelota de los ejercicios de la cadera porque no podía moverme.

Querido diario: camino como si las ancas estuviesen con los tornillos desajustados.

El registro de lo incomprensible buscando abrir lugar en el lenguaje, instalarse como un embrión para poder decir qué siente el cuerpo cuando es ocupado por la especie.

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