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Una mirada desde la alcantarilla

Volver a pasar por el mismo lugar sin hacerse tanto daño

Spoturno, el abusador que se creyó un Adonis

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Por Belén Zavallo 6 de septiembre de 2022 - 10:37

En la mitología Adonis era un joven hermoso que enamoró a Afrodita con su belleza. En Viale, Adonis era el nombre del gimnasio al que todxs fuimos. Algunxs, practicaban gimnasia artística, ese entrenamiento que lleva muchas horas con el cuerpo puesto siempre en tensión con la gravedad. Varias de mis amigas iban, me acuerdo especialmente de M. suspendida en las barras. Siempre fue alta y elástica, usaba una trenza larga y con las mallas de competición parecía una Barbie articulada. Antes no todas las muñecas tenían articulaciones, las que doblaban las rodillas eran más caras. Pero eso no importa. El profesor que les daba clases era exigente. La mujer también era profesora de gimnasia, además de tener su gimnasio en la esquina en diagonal con la municipalidad, trabajaban en las escuelas. Lo mismo que hacen siempre los docentes, repartirse en varios lugares el trabajo porque el sueldo no es nunca suficiente.

Supongo, porque no lo sé, que también abrieron ese negocio como un proyecto en común. Yo los conocí siempre sin hijos, sé que después de muchos años tuvieron uno. Ese niño hoy solo debe ser protegido.

Nota belen zavallo spoturno.jpg

Rolando se llama el dueño. Rolando Spoturno y hoy sabemos que va a estar preso. Yo me alegré ayer cuando ví la sentencia. Había seguido el caso, había leído la condena. Recién ahora llegó la sentencia y chau. Marche preso por tres años y seis meses. Este tiempo no es justo, los plazos de la maldita y re podrida justicia siempre van en favor del delincuente. Rolando es un abusador de menores. Antes era un profesor distinguido, exitoso, ganaba torneos con sus alumnxs, llevaba el nombre de Adonis a otras provincias. Ahora su nombre es el que tiene que asociarse a esto otro llamado abuso sexual agravado por la condición de educador.

"Me acuerdo que mi mamá se acercó a mi cama y me preguntó por qué no quería ir a clases, me cuenta J. la primera víctima en hablar. Yo tenía doce años y no sabía cómo decirlo. Sabía que lo escucharan mis padres no me ponía en peligro a mí, sabía que ellos iban a actuar de la mejor manera. Sabía que tenía eso pero me había quedado sin palabras. Tengo patente ese día." Un día puede convertirse en una bisagra en la vida de una chica y en la de toda su familia.

Después de hablar con mami, vino mi papá y ahí sentí temor de lo que él pudiera hacer. J. es una chica que piensa más allá de su dolor, que puso su cuerpo a pensar en cómo iba a correrle la sangre a los suyos.

Tuve dos cámaras Gesell, la primera fue por la denuncia hecha y la otra la pedí porque me habían faltado contar cosas por los nervios. Después lo único que tenía que hacer era esperar, y esperé pero sabiendo que yo era joven y tenía que vivir mi edad. Cuando llegó el juicio, yo en el medio cumplí quince, elegí concentrarme en mi deporte, hacer de eso mi centro no iba a hacer en mí más que reducirme, yo nunca tuve vergüenza de hablarlo pero tampoco la necesidad de hacer de ese relato lo más importante de mí.

Era noviembre del 2017. J. habló y la noticia corrió en Viale, como corren las hojas de la plaza en otoño, como corren los sonidos de la siesta, los timbres de los recreos. Viale es silenciosa, cuando cosas así pasan es como si el cemento temblara, una mandíbula puede mover el mundo. Otras dos chicas también contaron lo mismo. Otros lo hablaron fuera del sistema judicial y quisieron no denunciar porque no podían llegar a esa instancia. J. B. y M. me dicen sin ponerse de acuerdo una con la otra, cada una desde su celular en momentos distintos, “yo no juzgo al que se quedó sin ir a la justicia, cada unx tramita como puede, pero había más, hay más.”

Un poema de Silvina Giaganti que iba a usar de epígrafe en mi novela Las armas dice:

Tomar agua comer fruta

usar ropa de algodón

especialmente holgada

en los hombros y los brazos.

Leer libros que cuenten

una historia y no que

la reflexionen.

Usar colonias refrescantes.

No hablar de lo que duele

excepto con quien sabe

crecer, volver a pasar

por el mismo lugar

sin hacerse tanto daño.

M. tenía dieciséis. B. tenía catorce. J tenía doce. Cuando la más chiquita habló a las otras les saltó el dolor como una pulga. No dejaron de poder rascarse y lo dijeron. Estas chicas y A. (otra voz que se alzó) sienten que en cierta forma son unas “privilegiadas” y aclaran con mucha inteligencia ese matiz: nosotras tenemos contención, tenemos quienes nos protejan y quienes nos crean. No siempre pasa eso. No siempre una víctima puede hablar porque sería peor aún.

Hace unos meses, en una clase en quinto año una chica me pidió salir al baño, cuando la miré estaba con la cara roja de llanto. Le dije que saliéramos juntas, nos sentamos en el banco apoyado en la pared del aula. Ahí me contó que ese fin de semana había abusado de ella un chico más grande, que su familia ya sabía pero que ella no podía sacar la cabeza de ese lugar. Lo único que hice fue abrazarla. Después pude decirle que lo que había vivido no la definía, iba a ser algo más en una sucesión de cosas que se encadenan en la vida, pero pasar por un abuso no te hace ser víctima para siempre y que serlo no es una condena. En cambio ser un abusador, es algo que jamás vas a sacarte de encima.

Nueve de cada diez mujeres tenemos una historia propia o cercana para contar. Y a muchas se les vapulea la historia. Rolando Spoturno va a ir preso y es forma de abrazo simbólico, un chal que se apoya en el lomo frío, un hundir la cabeza en la almohada con un nudo menos que desenrollar.

Unos verso de Letanía de la supervivencia de Audre Lorde dicen:

para las que

fuimos marcadas por el miedo

como una suave línea en el medio de

nuestras frentes

aprendiendo a tener miedo con la leche

de nuestra madre

porque con esta arma,

la ilusión de poder encontrar más

seguridad,

los torpes esperaban silenciarnos.

Para todas nosotras

este instante y este triunfo

no se suponía que íbamos a sobrevivir.

Estas chicas no sólo sobrevivieron, están cada una cimentando sus sueños. Algunas también escriben poesía, conocieron el poder del lenguaje y la fuerza para desplegarse y decir aún más de lo plasmado en un papel.

Otras saben que ofrecieron algo a la sociedad, a toda, a la parte que las apoyó y a quienes no, por tres años y medio Spoturno no va a ser una amenaza en las calles mansas de Viale. Y el poder de la voz será escuchado como las campanas de la iglesia.

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