sábado 28 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Una colección de verano

Atardeceres

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Miré Aftersun por insistencia de las redes más que por curiosidad, no sé nada de cine y por ende me dejo influenciar por quienes hacen una jactancia de nombres de directores y guionistas, algunas veces me decepciono y no digo nada, otras siento que la moda es inflar una serie por quien la escribió, el momento en que las amigas quedan bien. Miro o leo ciertas cosas sabiendo que vienen desde el pequeño mundo ilustrado de Twitter en donde las universidades de renombre amontonan a un grupito de usuarios que, a su vez, trabajan en algunos medios y escriben en segmentos culturales. Soy reticente a confiarle mi gusto a la tendencia porque también soy prejuiciosa del deseo de pertenecer a cierta clase de gente que lee/milita/recomienda/consume pero entrar a Mubi me gusta, muchas veces lo siento como un desafío, otras como un callejón equivocado y vuelvo a Star o a Netflix donde encuentro María Antonieta y miro la pastelería que consumía la reina de Versalles.

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Aftersun es una colección de momentos entre un padre y una hija de once años que tiene la profundidad de preguntarle al papá qué imaginaba él que haría a su edad. Son vacaciones y están solos veraneando, un padre separado y su hija en un hotel que ha sido más en otro tiempo. No hay muchas cosas dichas, son las imágenes la que potencian la historia, la música y la memoria que funciona como un interruptor en la vida de Sophie ya siendo una mujer que recuerda mientras vive. Si fuese un poema, seguramente estaría entre mis preferidos. Hay incluso uno de Robin Myers que dice algo de la sombra del padre atrás de la hamaca de una hija y el sol estirándola. Aftersun tiene la fuerza de la sugerencia, la belleza que conmueve y la exploración sobre un vínculo que por más que se desarrolle con ternura, hiere.

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Hay una escena en Apegos feroces de Vivian Gornick en la que la narradora va caminando con la madre y a la mamá se le antoja tomar un café. Ella dice que a su madre el deseo la asaltó siempre y que nunca lo postergó aunque se trató de cosas simples como tomar un café caliente, entran conversando sobre el hijo de una vecina que de joven tuvo muchas dificultades para criarlo pero que ahora es médico y vive en las afueras de Nueva York, la madre piensa que el hijo ya se olvidó de la madre porque no la invita a los almuerzos de domingo en su casa familiar, la hija le dice “al amor hay que ganárselo, incluso entre madres e hijas”. Caminan pero ya en silencio, la madre que siempre muestra determinación parece haberse hundido en la tristeza.

“Desandamos nuestros pasos y seguimos subiendo por la avenida Lexington. El aire es más dulce que antes, más templado, más denso, con un anuncio de lluvia en el extremo más brillante de su superficie gris. Una delicia. Un estallido de esperanza brota sin previo aviso pero, como a menudo sucede, no llega muy lejos. En lugar de limitarse a crecer recto y sin complicaciones, se revuelve, se cierne sobre sí mismo y se va sofocando hasta morir; un ciclo al que estoy hecha, a mi pesar. Miro a mi madre por el rabillo del ojo. Debo de estar imaginándomelo, pero me da la sensación de que su rostro refleja el mismo demente periplo emocional lleno de rodeos. Hay color en sus mejillas, pero tiene una mirada de sobresalto y la boca entreabierta. ¿Qué ve, me pregunto, cuando me mira? El estado de ánimo del día comienza a tomar una deriva peligrosa.”

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Me gusta cuando los paisajes adquieren la emoción humana. Cuando se muestra nuestra fragilidad no a fuerza de martillo de palabras sino cuando tensa silencios y percepciones sensoriales. Una película, una novela o un poema abren esa posibilidad del olvido de nuestra historia para poder ser otrxs: andar en el cuerpo de una niña que juega bien al pool, oler el edificio para judíos en un barrio neoyorkino, escuchar la construcción de los vincúlos y hacerlos un poco parte de nuestra historia, una cerradura desde donde espiar nuestra vida.

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