martes 15 de noviembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

Peregrinajes

Movimientos de la fe.

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Cuando teníamos dieciséis años quisimos hacer la peregrinación Hasenkamp-Paraná. Éramos un grupo de amigas de la secundaria, nuestra escuela promovía todas las actividades de la iglesia porque formaba parte de ella. Nosotras siempre adheríamos de una u otra manera a las propuestas, alguna vez pertenecimos a la Infancia misionera de la Seño Titina, fuimos Scout con pollera pantalón y pañuelo, con jura “siempre listos” en masculino, con patrulla y campamentos, también alguna vez oficiamos de monaguillas y entramos a la sacristía a revisar los vinos y las hostias. No todo era movido por la fe, queríamos aventuras en una ciudad chica en la que nos conocíamos entre todos y eso no siempre era cómodo, alguien te podía socorrer rápido, pero también las miradas se enterraban como las chinches con las que colgábamos las cartulinas en las aulas. Siempre había un control externo de nuestras conductas que se encimaba sobre el interno de nuestras familias. No era tan fácil mentir.

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Para ir a la peregrinación armamos las mochilas con las sugerencias: algo de comer, bebida, pares de medias, abrigo para la noche. Fin de las necesidades. Una camioneta nos llevó desde Viale, creo que era el papá de Gisela, nos sentamos en la caja y nos reímos cuando el pelo nos chijeteó la cara como un látigo. Viento y restos de fardos se movían entre nuestras caras. Caminamos contra la banquina y se nos sumaron dos chicos de otro pueblo, en un momento uno que era alto se chocó un cartel de tránsito y grito “pero qué pajero de mierda”. No pronunciaba bien las erres, para mí dijo mielda. El insulto nos duró mucho tiempo con la burla. A la noche paramos en torno a una estación cercana. Para encontrar nuestras mochilas teníamos que revolver la montaña de bártulos de la iglesia a la que pertenecíamos, había montañas cerca de cada contingencia como cuando en la ruta enciman piedras para arreglar los pozos. En esa época no había celulares, así que esperábamos al que manejaba la linterna que se repartía entre cientos de fieles agotados. Teníamos otros apuros, creo que el mío era escaparme, ir a las cosas de la iglesia para no estar en mi casa, estar en la banquina para no estar tan adentro de las cosas de la iglesia. No era consciente de mi deseo, asumía el deseo colectivo: todas queríamos lo mismo con mis amigas. Incluso eso pasaba en otros grupos, me acuerdo de unas nueve chicas mayores por dos años a nosotras que se autodenominaban “las gomas” porque esa cantidad de neumáticos tenían los camiones y ellas se vestían siempre parecidas y andaban juntas. Se peinaban casi igual, se teñían el pelo caoba, pintaban los labios oscuros y tapaban un poco un ojo. Una especie de antecedente de lo que después aparecieron como grupos generados por los ciberespacio. Abajo de la pila de mochilas que íbamos revoleando para encontrar la nuestra, apareció de golpe la cara gorda de la madre de una compañera, estaba dormida y parecía un tótem caído. Gritamos como en un tren fantasma. Después nos doblaron las carcajadas. El cansancio de las piernas era atroz. Si te sentabas, era posible que no pudieras volver a pararte. Había gente que entrenaba antes de caminar cien kilómetros, nosotras no, nos sumamos distraías e indestructibles como cualquier joven. Lo decidimos como un juego y fuimos a eso, a buscar diversión. Como no podíamos aguantarnos, con Muri nos subimos a un camión. Pasamos de ser peregrinas a ser una especie de ganado. El famoso rebaño de Dios, con cara de vía crucis viviente. De día volvimos a caminar, hasta ahí no había mística en mi percepción de las cosas. Muchos cantaban, rezaban rosarios, hacían libres sus intenciones y gritaban “por la salud de fulano”, cosas así. Yo no tenía a nadie enfermo, no tenía ruegos pendientes, de chica Jorgito (que ahora es cura) dirigía un coro y a mí me había dicho que cantaba horrible, así que me callaba. Él me parecía un reprimido y malvado, eso no cambió. La Virgen, en cambio, siempre me pareció hermosa, creo que afilié su imagen a las caras buenas de mi madre, pero en esa época solía pelear con ella, discutía por los permisos, por compras que no podía hacer y yo quería, estupideces de esa índole. Igual sabía que la Virgen se pronunciaba sola en mi boca, rezaba y rezo en cualquier circunstancia el Ave María y la oración de la Virgen de Schoenstatt. Sabía que podía no estar de acuerdo con mamá pero se me venía algo que le digo a mis hijas cuando en broma o por torpeza me han golpeado: se te van a caer las manos. Creo que fue mi abuela quien instaló el relato: una nena que le pegaba tanto a su mamá que un día quiso mover los brazos y no pudo, le habían quedado inertes las manos de tanta protesta. La historia permanece como algo cierto. Las madres son sagradas gracias a la literatura familiar.

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Hay un quiebre en el trayecto, o lo hubo para mí en esa única peregrinación.

Hay una calle que baja como tragada por el sol. Siempre se nubla antes, hace frío o llueve, como si la épica la hiciera también el cielo. Y en ese tramo los rayos se abren como las manos de un Cristo con los dedos llenos de superpoderes. Ahí lloré en silencio sin fijarme qué hacían mis amigas. Íbamos tan cansadas que ya no hablábamos. Pero esa luz es una imagen que permanece, al menos en mi memoria.

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Repito: no era la época de los celulares. En esos apuros nunca escuchaba bien qué acordábamos con mi familia, pero estaba segura de que me esperaban en casa. Después de llegar al Santuario de la Loma, yo subía otra vez con el papá de Gisela y ella, volvía a casa donde me esperarían. Eso no pasó, llegué a mi casa y no había nadie, trepé por un costado hasta subir al techo, caminé todo el largo de la casa, bajé por el tapial al patio, golpeé desesperada la puerta del lavadero, lloré a los gritos, no había nadie y no podía ver por las hendijas la llave para entrar. Volví a subir a la cornisa ayudada por las ramas del limonero, caminé encima de la última pieza, el pasillo que repartía las habitaciones, el patio interior y el living, todo por arriba, deseando estar abajo, adentro, en eso que sólo me permitía acceder a su cáscara. Odié a todos. Bajé a la vereda y mi vecina Yoyi me socorrió. Desde chiquita que iba a visitarla, la quería y ella a mí, mis únicas fotos de la infancia me las sacó ella, mamá estaba ocupada, yo era la quinta hija, no había tanta novedad. Por eso creo que atormento a mis hijas con el flash. Yoyi me dio una toalla limpia, me bañé en su casa, me dió algo para comer y tomar, no sé más nada hasta el otro día que desperté en mi casa de noche como movida por un milagro. Después supe que me habían ido a buscar sorpresivamente como una buena idea, por eso el desencuentro. No siempre las buenas intenciones hacen efecto.

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