viernes 27 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Palabras que componen nuestro paisaje

El recuerdo como material de ficción. Un texto de @MBelenzavallo.

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¿Qué hace alguien que escribe con su memoria si no es usarla como recurso creativo? Estoy terminando el año con la lectura de Pura pasión de Annie Ernaux, desde el inicio la voz narradora nos advierte que con su escritura pretende generar la impresión que provoca ver por primera vez una escena pornográfica: una suspensión del juicio moral. Cuando empecé a recorrer talleres para escribir junto a otrxs y para aprender a salirme de mis vicios, un maestro me dijo “show don't tell”´, mostrar y no explicar.

Sylvia Molloy en Varia imaginación tiene un famoso capítulo que se llama Homenaje en el que reconstruye un campo semántico propio de la costura y que levanta una escena doméstica sin mediar reflexiones.

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HOMENAJE

Plumetí, broderie, tafeta, falla, gro, sarga, piqué, paño lenci, casimir, fil a fil, brin, organza, organdí, voile, moletón, moleskin, piel de tiburón, cretona, bombasí, tobralco, terciopelo, soutache, cloqué, guipure, lanilla, raso, gasa, algodón mercerizado, bramante, linón, entredós, seda cruda, seda artificial, surah, poplin dos y dos, dril, loneta, batista, nansú, jersey, reps, lustrina, ñandutí. La Exposición. La San Miguel de Elías Romero.

La Saida. Los turcos de la calle Cabildo. Los saldos. Canesú, rangland, manga japonesa, canotier, talle princesa, traje trotteur, pollera plissée, pollera tableada, pollera plato, pollera tubo, un tablón, una bocamanga, un pespunte, un añadido, una pinza, una presilla, un hilván, las hombreras, ribetear, enhebrar, una pestaña, vainilla, punto yerba, un festón. La sisa, la hechura.

Recuerdo estas palabras de mi infancia, en tardes en que hacía los deberes y escuchaba hablar a mi madre y a mi tía que cosían en el cuarto contiguo. Reproduzco este desorden costurero en su memoria.

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Juntando un puñado de cosas oídas y vistas, de impresiones sensoriales que nos atropellan con los recuerdos, podemos levantar un paisaje de nuestra memoria sin la necesidad de querer imprimirle un tono solemne. Sin caer en el típico texto facebookero que nos implora una reacción triste o feliz, un tipo de escritura que nos mastica la forma en que hay que leerlo.

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En la novela Los llanos, Federico Falco revuelve en el campo el recuerdo de quien fue, y con la lengua metida en ese polvo hace el duelo amoroso, hace un cimiento de los días y de la huerta, cava hasta el inicio de lo que ese territorio había sido:

“En un pueblo, todos somos una biografía, una hilera de fotos, un hilo, la identidad está pegada a una historia.

Tres, cuatro, cinco momentos en la vida de alguien que, de alguna manera, forman un dibujo, nos identifican. Desgracias, accidentes, encuentros, profesiones, amores, nacimientos, logros, anécdotas divertidas y anécdotas tristes.

Hitos en una cronología. Puntos en esa vida, unidos por líneas en medio de la llanura, entre el viento, el sol y las tormentas. Un final, una necrológica. «Quién murió?», pregunta la gente en el bar o en el almacén.”

Cuando la leí recuerdo haber pensado que quienes nos vamos de los pueblos, lo hacemos para escapar del molde, para romper la expectativa. Como si naciéraos on un lugar asignado. En Viale yo seguiría siendo profesora de ICVM, la escuela en la que estudié y en la que dio clases mi mamá."

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“No escribir siempre es más placentero. Porque la energía queda en la línea del placer: no hay riesgo, no hay movimiento, hay armonía.

Escribir requiere caos, incertidumbre, ebullición. Es algo creciendo como en el ápice de la acelga: desordenado y para arriba. Requiere cierta fortaleza y también requiere fuerza y no saber bien hacia dónde dirigirla.”

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Nunca domamos la escritura como tampoco podemos reprimir el recuerdo. Nos alcanza la mordida sobre un labio de alguien para traernos un nombre, la forma de doblar una servilleta para que sea casi tangible una presencia. Escribir es poner a disposición el cuerpo para atravesar ese monte y tener la valentía de salir transformado. Pero también es abrir el postigo para que quien lee, le ponga sus manos encima y ensucie o manipule según sus posibilidades el texto, no es cómodo que nos digan ese capítulo me pareció violento o eso no lo entendí o de aquello tal cosa. Y ahí surge el despegue, la escritura es una búsqueda inesperada que siempre sorprende en el recorrido que cabalga, y la lectura no corre por cuenta del autor.

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