martes 7 de febrero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Paciencia

El tiempo que aplasta al tiempo

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Me levanto muy temprano para hacer todo en el tiempo que me gusta. Exprimo dos naranjas, tomo el jugo mientras espero el agua a 79 grados, en invierno tiene que estar en 82, ahora empecé a bajar la temperatura porque vivo en un sofoco. Sin embargo, cuando el sol todavía es apenas un alumbramiento de las cosas siento que las horas son livianas como el polvo de la yerba que flota en la mesada después de llenar el mate. Nunca lo lleno, tengo también una línea invisible y si la boca del paquete está muy abierta o el pico de la yerbera se aglutina, vuelco de nuevo adentro la cantidad que sobra. Tengo hábitos que me acarician el lomo de la neurosis y bajan los vellos electrizados de la impaciencia. Desde que nació mi hija menor refuerzo el calibre para ajustar el tiempo, poder bañarme sola antes que despierte, poder oler la crema de manzanilla mientras siento que la cara y las manos vuelven a ser flexibles después del jabón y el agua y todo lo astringente que necesito minutos antes. Las contradicciones en la balanza de la despensa con las plomadas en la misma altura.

Ayer en el control médico la obstetra me pesó y le pedí que no dijera el número en alto porque no me gusta que se decrete una cifra nueva que me hace sentir gigante. No gigante por inmensa, gigante hundiéndome, bajando el suelo con la pisada como si la superficie fuese de talco. Crezco para abajo, siento, aunque la panza llegue antes que yo al marco de la puerta, a la punta afilada, al borde caliente del horno; hay una tanza que me impulsa a sostener el bajo vientre con una mano evitando la caída. Me desfondo, le digo a quien me mira con extrañeza.

El hombre que vino a cargar el aire de mi habitación me dijo que la atmósfera está más baja y que por eso los aires ahora no alcanzan a enfriar lo que dicen en el control. No cuestiono la verdad de los relatos que me gustan, también me había gustado de chica cuando Menem dijo que íbamos a viajar a través de la estratósfera. Asentí al misionero que me cobró en media hora un cuarto de sueldo y después me acosté a mirar el celular con la cara lisa de frescura.

En la ecografía el bebé movió la mandíbula cuando la médica pudo enfocarle la cara. Se me mojaron las pestañas y no pude grabar un video para verlo después pero me lo acuerdo mejor ahora que puedo agregarle más gestos. La boca igual que la de Francisca que también replica la mía, el ceño ajustado como el del padre, una ternura en tensión, en equilibrio para no derretirme de dulzura.

En este tramo del embarazo en el que el final es inminente, la chiquita revuelve sus miedos y los manifiesta en llantos sin razón. Me dice “estoy triste” y me abraza, yo dejo las manos libres para ella, corro mi apuro por terminar de escribir, de cocinar, de tender ropa, de leer, de conversar por teléfono, de armar un taller. En un cuento de Liliana Heker, la protagonista decía que la madre tenía los ojos siempre oscuros de impaciencia, esa frase me persigue entonces me dejo absorber por el tiempo que aplasta al tiempo. En la etimología de la palabra paciencia dice que viene de paciente, y paciente es el que sufre. Abrazo a la chiquita hasta que las rodillas se vuelven blandas. Sufre la pérdida del protagonismo exclusivo, me causa gracia y entiendo la histeria porque de chica amenazaba a mi mamá con irme de casa si tenía un hijo más. Yo era la última, no la única pero sí la menor. Un lugar asignado al privilegio de la mirada permanente.

Estoy desde las seis de la mañana interrumpiendo un texto que podría resolver con efectividad en menos minutos, subir al techo como hizo el hombre de la atmósfera ayer y pedir mi pago, pero la maternidad extiende las jornadas. Mientras desajusto la vejiga pienso que ninguna de las oraciones que pensé hilvanar mientras revisaba lo leído en días anteriores tiene que ver con lo que voy escribiendo. Y recuerdo un ensayo de Fabián Casas que se llama La voz extraña, igual que el libro que lo contiene dice: “Uno nace e inmediatamente es arrullado o conmovido por la voz de nuestros mayores, por la voz cansada de los locutores de TV y la voz matutina de nuestros maestros. Pero, en paralelo a estos sonidos, se engendra otro tipo de diálogo. Hay alguien hablándonos desde los comienzos de los tiempos, pero pocas veces intercepta nuestros destinos. Cuando eso también está la salvación.

A esto, que voy a llamar la Voz Extraña, no se lo puede definir, pero se lo reconoce. Tiene las características de la poesía. Y a veces se la puede aislar del cuchicheo incesante de nuestro ego. Desde que nos levantamos hasta que nos dormimos, la máquina se pone en marcha y se activa nuestro diálogo interno. Ese diálogo construye el mundo en el que vivimos.

Nos dice quiénes somos, qué cosas tenemos que conseguir, y trata de que lo sigamos al pie de la letra. Quiere que seamos lo que todos esperan que seamos, y que nos reproduzcamos y listo. Una vez conseguido esto, nos abandona con las cuentas impagas y el matrimonio en el horno. Es la Voluntad Ciega que está acá sólo para seguir estando y nos hace muy desdichados. Nos hace esclavos.

Cuando escribo algo, tengo como mínimo dos sensaciones: una, que es algo escrito por mí, que me satisface y me representa. Tengo, después de un largo tiempo haciéndolo, cierto oficio. Cualquiera adquiere una habilidad si se empecina en eso. El periodismo, por ejemplo, es puro oficio. Pero resulta que uno siente que el escritor debe ir siempre en contra de su habilidad. De manera que esos textos que parecen tan redondos y buenos son en realidad falsos amigos. Así que los dejo de lado, los intervengo hasta que escapan a mi control y empiezan a drenar la Voz Extraña. Entonces, los relatos o los poemas me empiezan a dar vergüenza ajena, incertidumbre, y todas esas sensaciones con las que es más difícil convivir. Ahí sé que -más allá de los logros- estoy, como queria Kerouac, en el camino.”

Es incómodo ser paciente cuando la inercia del cuerpo está en el movimiento de los días, las necesidades urgentes desde joven me regularon una mecanicidad que ahora pierdo porque soy consciente de cosas que de joven no podía permitirme pensar. Este modo zen de encarar las chinches seguramente tienen un reproche en la mirada de la mayor que me desconoce tan calma, o bien el rasguño católico de la culpa me rasca esa costilla cuando lo pienso. Igual estoy empecinada en escarbar en este nuevo plazo, escribir elongando los dedos, releer asumiendo la vergüenza y baldear las esquinas jabonosas de los lugares ciertos.

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