miércoles 7 de diciembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

Otra salsa

La calle como una pista

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En mi léxico la palabra salsa tiene vapor, un aroma desparramándose en la cocina de mi casa. Secretos que caen de a poco en otras mujeres de la misma familia. Mamá siempre cocinó apurada, entonces picaba las verduras desprolijas, eso lejos de arruinar sus preparaciones, les daba más sabor. Hace poco mi pareja me dijo que en una entrevista me había elogiado. Cuando la miré, lo escuché decir que cocinaba como los dioses. No me desconcertó el halago, me alegró tener el don.

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Hay una escena en la película Mi novia Polly que siempre que la cruzo, freno a mirarla. Polly baila con su amigo Javi en un boliche salsero, el Latin Quarter, a Ben le dan celos por primera vez. Después le pide a ese amigo que le enseñe a bailar para conquistarla y viene la otra escena graciosa en la que él tira unos pasos desenfrenados. La alegría infantil que me provoca mirar esas partes de la película sin cansarme tiene que ver con que el baile nos puede sacar del presente.

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El domingo, el sol nos tornaba brillantes como el río. Antes los peces asomaban coletazos y veíamos los círculos abrirse hasta desaparecer. Ahora quienes giraban eran unas parejas sobre la esquina de la Escuela de Aerobismo. Nos acercamos y habían terminado de bailar, les pedí si podía filmarlos y montaron nuevamente una coreografía tan improvisada como el devenir del agua que nos rodeaba.

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Micaela Rivera tiene treinta y dos años. Empezó a bailar clásico a los cinco años, después de aburrirse pasa a probar distintos deportes y a los once conoce la danza árabe empieza nuevamente a bailar en una academia. A los catorce años encuentra en un gimnasio su lugar, pasa años frente a los espejos dando vueltas y sosteniendo la mirada en un punto. Prueba todos los ritmos: hip hop, brasilero, regueton. Compite: sale campeona nacional varias veces. Siempre habla en plural. Salimos campeonas, dice. En medio de esa vorágine, conoce el mundo de la salsa: “ahí me enamoro perdidamente”, dice Mica y la lengua le revolea de alegría. Alejandro Altamirano funda La azúcar, que fue la primera academia de salsa en Paraná, Micala siguió formándose en distintos estilos, dio también clases de salsa y de estilo femenino de salsa. Me explica que es enseñar a bailar salsa sin pareja. Pasó por academias en Buenos Aires, Córdoba, luego viajó a Milán a la Sosa Academy, del profesor Fernando Sosa, que es uno de los creadores del estilo. En Barcelona con los múltiples campeones de salsa, pasó por el congreso más importante de Uruguay. Actualmente trabaja de manicura pero cada domingo por un grupo de facebook se reúnen a bailar a cielo abierto en la costanera.

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Mario Gómez Almeida es el nombre del hombre con chaleco y sombrero que baila mientras filmo. “Yo solamente bailo porque en realidad soy artesano” me dice en los audios. Hace trabajos con cuero y tiene ganas de emprender un local, busca de distntos lugares artesanías así hay riqueza en la estética. Tiene ganas de hablar de eso pero el bale lo vive a él como una respiración que se ajusta junto a sus botones.

“Yo empecé a bailar en el 2004 y dejé unos años después del 2008, retomé en el 2013. Hice estilo miami y estilo Los Ángeles. “

Gracias al baile conoció a Mica, gracias a ellos yo conozco su historia y disfruto de cómo el ritmo se apropia de sus cuerpos.

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“El único sentido del baile es la felicidad que provoca”, dice Mario con una simpatía que contagia. Así fue cómo se le ocurrió ponerse al hombro esta vidriera, lleva su parlante y las pistas. Disfruta que las familias se sumen, que los solteros se sumen, que los niños se enreden entre sus piernas inquietas. “No había bailes sociales (así se les dice a las salseras) y como es algo para todos, me pareció que la calle era un lugar para hacerlo visible”.

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Una nena de diez años llega a su casa en el Barrio Paraná 2. Encuentra a su madre y a la muerte de su madre. Encuentra la decisión jamás explicada. Crece pese a todo el dolor. Y crece gracias a que el dolor encuentra en el baile la oportunidad de dejar la historia propia fuera del cuerpo.

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“El baile es sanación”

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Cuando hablo con Mica escucho a una mujer llena de vitalidad, no suena agitada, no está apurada, es una respiración que traga el aire y lo mastica.

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“Hay un lenguaje que nos une a todxs más allá de nuestra lengua: yo sé que mi cuerpo se comunica y que lo ha hecho gracias al baile con chinos, italianos, franceses, brasileños. Sé que hablamos este idioma que prescinde de palabras y que la emoción en las pieles es la misma.”

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Hay un origen en cada cultura. Hay un ademán que habla de nosotrxs y de quienes fuimos. Mi suegra una tarde se sentó a charlar y perdió los años cuando me contó su vida como bailarina. Nilda dejó de ser la abuela de Francisca en ese momento y fue la que encendía el deseo cosiendo sus propias lentejuelas.

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Mica y Mario siguen bailando aunque tengan que vivir de otra cosa. Son artistas y no necesitan galerías para que alguien lo note.

El pelo largo se despega de la espalda de ella y vuela como otros pájaros. Los pies de Mario son imanes donde los ojos se posan.

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