martes 6 de diciembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

Noches mágicas

Mundial: el enlace con el pasado 

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Hubo una época en la que el mundial era un acceso para todxs, pienso en que ahora con internet y las redes es más fácil que escuchemos un idioma extraño, rasgos de una raza, nombres extravagantes. Cuando yo era chica la única vez que veía todo eso era a través del televisor de casa y era cuando estábamos todxs juntxs en el mismo espacio: el comedor. Hace unos días fui a comer en esa misma mesa grande y me sofoqué del calor, la pantalla me pareció ínfima, los hábitos de mis padres me fastidiaron un poco, otro tanto me incomoda que haya cosas en la casa que están igual, el mismo adorno de un plato colgado en una pared, la misma carpeta tejida al crochet sobre una mesa, la máquina de coser de la abuela Pilar con una lámpara encima, las palomitas de cerámica, los portaretratos sin la pata. No entiendo por qué no se tiran más cosas a la basura, ni por qué los juguetes de mi hija de veintiún años siguen ahí y mamá se los da contenta a las chiquita de dos. “Mami, eso hay que darlo” le digo, pero ninguna de las dos me escuchan y ya tienen un plan entre ellas. Abuela y nieta y un universo de paseos por el jardín, de saludos a los vecinos, de búsqueda de la perra callejera que siempre come en la puerta de casa. Yo diciéndole casa a la casa de mi infancia que ya no es mía y que insisto inconsciente en llamarla de ese modo.

El mundial de Batistuta fue la posibilidad de enamorarme perdidamente de ese jugador rubio de pelito medio largo, de la copa dorada con pastillas de azúcar adentro, de las cartas de frutillitas para armar castillos en la mesa mientras gritaban gol o pasásela a tal, o quién va a la panadería, en los recreos todos los chicos se creían Maradona. Después las caravanas. Me gustaba que Viale adquiriera ruido, bocinazos, gente con cara de alegría. Los que tenían camionetas subían a chicxs atrás, en la caja, todos paseaban sin cinturón, sin miedo hasta el hospital por calle 25 de mayo y la vuelta por la 9 de julio. Cantaban olé olé en el mástil de la Bienvenido.

Nunca miré un partido de fútbol pero sentía con otrxs, había un clima, un mismo aliento, algo contagioso como fue después la pandemia pero en sentido opuesto. Mi hermano dejaba las revista El gráfico en el baño, cantaba las arengas mientras se bañaba, escuchaba la radio y miraba los partidos. Caniggia usaba vicha sobre la frente y yo podía distinguir solo a esos tres: Maradona, Batistuta y él. Pregunto para escribir si jugaron en Italia pero Tavi me dice no, en el 94 cuando Diego dio doping positivo. Me escribe más datos del 98 y del 2002. No me los acuerdo a ninguno. Tengo otro recuerdo de Pipi y Lola vestidas con camisetas truchas de la selección con la cara pintada al agua en blanco y celeste. La pintura seca desgranada y ellas en el auto con Cari y conmigo riéndose de que siguiéramos una fila de autos por Paraná. Sé cantar Noche mágica como me sé las letras de Vilma Palma, de Xuxa, de Sumo y de La ola está de fiesta.

En el living Francisca grita dale Unión como su padre y se emociona cada vez que ve una bandera argentina en la calle, desde muy chiquita, creo que por Tizi que estudia Turismo y en su celular tiene un mapa mundi y le enseñó cuál era “Aryentina”. Entonces por su alegría en casa hay bandera, remerita, fútbol en la pantalla. Muchas veces pienso que asistir a otra infancia es revivir los momentos felices de la nuestra. Me dejo llevar por algo que no me nace, pero que está ahí, como las cosas ignoradas que nos componen.

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