jueves 13 de junio de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Nadadores

De nuestras sombras huían tiburones

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Me gusta estar abajo del agua, quedarme sentada en fondo, escuchar la deformación de los sonidos, cerrar y abrir los ojos con la densidad entre las pestañas, con la nitidez del agua limpia, con el ardor del cloro, con las pelusas flotando entre las sombras. Papá me enseñó a nadar y creo que es lo único que aprendí de él. Me gusta tener algo lindo para rescatar de una relación que está llena de huecos. En el agua también hay vacíos, espacios que te chupan hasta el fondo. En el polideportivo papá a veces hacía asado y después me acompañaba al agua. Me mostraba cómo mover los brazos, alternar la respiración con la cabeza asomada a la superficie, su movimiento parsimonioso de la caminata en el agua fluía sin dificultades, como si fuese un hombre nacido para estar en posición horizontal. En mi casa era el único que dormía la siesta, se levantaba muy temprano para hacer las cosas con tiempo y sin apuro. A mamá, en cambio, el tiempo le rendía gracias a sus apuros, la eficiencia del pulpo con mil manos cocinando mientras terminaba de planchar, dejando la ropa en remojo mientras nos llevaba a la librería. Dos puntos en los extremos opuestos que se acercaron pocas veces para darle pulso a nuestras vidas. Cinco hermanos en carriles sin fronteras.

*

“de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones”

*

Me gusta estar debajo del agua y escuchar ese silencio. No es una ausencia de ruidos, es un murmullo deforme de ecos que no alcanzan a comunicar. Papá sabe decirme una misma frase que repetirá durante mis cuarenta años mientras no me odie, qué linda que sos. Nada más. Fragmentará las letras que se astillan en períodos de mutismo. La última vez estaba en la habitación del sanatorio con mi hijo recién nacido. Entró atrás de mi sobrino, antes de eso vino el abrazo de mamá, y por último su paso lento y su cara arrugada.

*

“Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”, dicen los famosos versos de Héctor Viel Témperley en su poema Crawl. Escribo poemas para mi hijo mientras lo amamanto. Llevo días de brazos ocupados. Cuando salí de la sala de parto pensé en esos versos y escribí “vengo de parir y estoy en éxtasis”.

*

Me gusta leer de nuevo los libros que me han gustado mucho, es en cierta forma, como retomar una historia de amor, como revisar cuán atractivo se presenta un sabor preferido de otro tiempo, recuperar una escena perdida a través de un perfume, una inhalación a veces es suficiente para recordar una trama olvidada. De Viel Témperley tengo la obra completa de Ediciones de Dock. La obra reúne textos desde 1956. El primer libro se llama Poemas con caballos. Aparecen quienes galopan pero también el galope muta y puede ser una forma de volar o nadar. Siempre aparece un azul y pulmones que son cielos destrozados. Y desde ahí te dejás arrollar por el tono y la música. A los textos de Viel Témperley se entra como a un bautismo, pienso, con fe y con una revelación que nos hace reconocernos en otras cosas aunque no las conozcamos.

*

“nada lo mismo el cielo que las aguas”

*

Después de esa visita fugaz y de la oración que saca la mudez de nuestro vínculo, papá volvió a su casa. Mamá quedó con nosotras, cuidó a mis hijas, preparó sopa, hurgó en sus bolsas con su ruido insustituible de manos ansiosas revolviendo.

*

Me aburro como un león

fuera del África.

Yo no nací, sino que por el vientre

de mi madre

pasé del África a este zoológico

policial de la vida.

Mi padre nunca pudo entrar

más allá del vientre de mi madre.

De modo que mi padre

no pudo ser mi padre.

*

Me acuerdo de papá nadando cuando necesito mantener la calma, siento también un resarcimiento en la herida que nos hacemos sin querer por brutos y estúpidos. Porque no hay nada peor que sostener las guerras después que terminaron, pienso ahora que tengo la carne de los pechos mordida por encías limpias. Me contó mamá que mi padre cruzaba el río nadando hasta la isla frente al Rowing, que también lo hacía en velero con sus amigos. Los domingos mientras prendía el fuego, volvía al comedor y se servía un vaso lleno de soda, después prendía el televisor y miraba el maratón Santa Fe- Coronda, si no siempre miraba las carreras del TC. Había silencio en mi casa los domingos, mamá iba a misa, yo la acompañaba o me quedaba ayudándola con la comida, con las manzanas que iba a asar, con la mesa que siempre me gustó bien puesta, o jugando en el patio con el humo impregnándose en el pelo y en la ropa. Había siempre una radio y abejas, mariposas sobre los azahares, otras parrillas encendidas que asomaban como jirafas desde los tapiales. En la manzana conocíamos o podíamos imaginar lo que estaban haciendo los vecinos. Ahora que soy grande, pienso en esas acciones que se hacen en automático, como entrar la ropa tendida, revisar las hieleras, lavar las hojas de la verdura para las ensaladas. Una familia funciona como un organismo visto con lupa, algunos se mueven rápido, unas partes se alimentan gracias a otras, siempre un desplazamiento que parece dibujado sobre el agua. Abrazo las cosas que no quiero olvidar como se abren los pulmones cuando sopla el viento, con necesidad pero también escondiendo el cuello para que no lastime.

*

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