miércoles 25 de enero de 2023
Ahora

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Una mirada desde la alcantarilla

Mulas

La taxidermia de la memoria

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Los pájaros tienen sed, dice Daniel y señala un benteveo que no cierra el pico. En instagram veo que una mulita tatú se acerca a una granja y que los dueños le dan de tomar agua en un balde. La sequía y los animales y una ilustración en sepia que parece perder el tiempo presente. La mulita es una cáscara de la tierra que se mueve y saca una lengua fina con velocidad. Cuando era chica mamá tenía una amiga, la Pinki, que vivía en la casa del Banco de Entre Ríos porque el marido era gerente. En ese entonces, mis padres socializaban un poco con algunos matrimonios con los que compartían trabajo, los hijos nos hacíamos “amigos”, nos entretenía esa invasión de gente en la casa y atraía la aparición de menúes diferentes. La Pinki era de Paraná y creo que por eso congeniaba bien con mamá pero también porque era una mujer buena y graciosa, tenía una chispa única para contar lo doméstico y terminaba las frases con una puteada. Siempre le gustaron los animales y andaba con dos o tres perros bajitos como ella y con el pelo beige como el suyo. Era desfachatada para ser una señora y me jugaba carreras en la cuadra de la plaza San Martín que queda enfrente a la casa en la que vivió mientras estuvo en Viale. Hay un poema de Emma Barrandeguy que dice:

Esa soy yo:

una mujer gastada y melancólica

con la mirada

que arranca de una infancia razonable

y una cabeza peinada

como corresponde

a una señora de tantos años.

Procuro que las canas

tengan su orden natural

que tranquiliza a los que miran,

aunque yo casi estoy segura,

después de todo,

que moriré sin haber sentado cabeza.

Cada familia que llegaba a Viale porque el marido ocupaba la gerencia del banco, decoraba la casa con sus cosas. La Pinki tenía muchos cuadros de caballos y alfombras de vaca, pieles en los sillones y dibujaba con esos lápices de artista que tienen una mina especial para hacer los trazos y las sombras. Una vez me regaló una mulita embalsamada, era horrible: ojos tiesos como lentejas y unos pelos de alambre desparramados por el lomo, patas de tortuga prehistórica y un vacío que sonaba lleno de misterio. Me acuerdo de haberla visto de nuevo ya de grande en la pieza del fondo en la que hay cosas que no se usan hace tiempo y donde están las armas de mi hermano que detesto porque van siendo cada vez más y más peligrosas, y porque él me parece un insensato, otro tipo de animal con un razonamiento en taxidermia que lo aleja de lo humano.

Me gustaba hacer las tareas de la escuela temprano, quitarme el apuro y tener las horas de juegos en el patio o en la plaza con amigas sin esa preocupación. Mamá cruzaba a dar clases todas las tardes excepto el miércoles que tenía libre y ahí venía Pinki a casa y charlaba mientras ella hacía cosas: empanaba milanesas, doblaba ropa o descongeleba la heladera. Mamá trabajó siempre con una disposición que siempre me llamó la atención pero que nunca me resultó admirable, a mí me gustaban las mujeres con las uñas largas y pintadas de colores, que dejaban que la casa se derrumbara un poco mientras se esmaltaban. Una tarde la Pinki se ofreció a ilustrarme el cuaderno de deberes y me pintó el tronco de un caballo en blanco y negro, era una pintura hermosa que rompía la estética de mis hongos de Pitufos de color rojo con lunares blancos y mariposas con sonrisas. Cuando se fue, agarré la goma blanca y lo borré. Mi hermana me dijo que estaba loca, que tenía arte en el cuaderno y que no sabía apreciarla. En ese momento no creí que eso se me implantaría como recuerdo, pero cada vez que por algo pienso en la Pinki se me dibuja otra vez la figura en la hoja Rivadavia.

La Pinki me hacía reir porque retrataba a los hombres y decía “estos son todos iguales, unos hijos de puta” y cuando veía que Aníbal se acercaba le guiñaba el ojo a mamá y lo saludaba con un “mi amor, justo estaba pensando en vos”, nosotras con mi hermana nos reíamos porque esas escenas eran casi como de comedia televisiva, en cambio en casa todo se decía sin eufemismos y las guerras se desataban sin rodeos, primero una explosión incomprensible de palabras en tono alto y después el silencio sin fecha de vencimiento de mi padre. Una mula empacada que no sabía diferenciar un vínculo de otro, una postura cómoda que lo marginaba de las preocupaciones que le correspondían, un ente que vivía en la misma casa pero que andaba solo borrándose a sí mismo durante meses.

Pinki me había puesto un apodo que era casi impronunciable "Chilifinchili" me decía y reverdecía la alegría, era, creo que es porque no supe nunca que haya muerto, una señora con la apariencia necesaria para su rol de mujer de, "con los monstruos bien peinados para adentro" como dice otro verso de Emma Barrandeguy, o en su caso con la yegua libre bien domada y con las mulas tiesas.

Para seguir a Belén Zavallo en redes sociales:

Instagram: @belenzavallo

Facebook: Belén Zavallo

Twitter: @MBelenzavallo

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar