domingo 17 de septiembre de 2023
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Me gustan las casas antiguas con esas ventanas que parecen puertas, sombras alargadas en el atardecer. Un estiramiento de cuello que intento hacer como su fuera un tic, una fuga de las tensiones. Caminamos y nos sentamos en los frentes cuando Francisca se cansa, siempre tienen un escalón de mármol, siempre tienen un zaguán, siempre descubrimos vidrios esmerilados o vitrales que hacen del sol un arcoiris y figuras labradas con caras de ángeles. Algunas veces sacamos la botellita de agua de la mochila, mi hija se la empina con exageración como si viniera del desierto.

Un poema de Mark Stand que dice:

Cuando camino

separo el aire

y el aire

siempre se mueve

para llenar los espacios

donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones

para movernos.

Yo me muevo

para mantener las cosas enteras.

*

Me di cuenta que si leo mucho de noche, después me muevo más en la cama. Me pasó este sábado, leí una novela inédita y así como la protagonista se mueve incansable por el deseo (recuperar el amor de un hombre, hacer de los óvulos embriones, permanecer activa en la juventud) después de terminarla y aún en los sueños yo también caminaba, andaba hacia adelante en la búsqueda de la calma.

*

En el consultorio de kinesiología, Felisa me apoya algo duro a lo largo de la espalda y después me abraza por atrás como un cangrejo. Se escuchan mis huesos iguales a la madera partiéndose.

*

En su casa, mamá se sentaba con la espalda descubierta, atrás suyo el masajista, en la mesa las barras de azufre, duras y amarillas. Se frotaba el cuello hasta explotarlas.

*

Me tiro al piso, abro los brazos hasta alcanzar el zócalo, hago girar las piernas en lados contrarios. La torsión me devuelve la conciencia de mi cuerpo. Durante años en pilates nos hacían hundir el ombligo hasta la espalda, la presión avanzaba y la cintura era un cuello de pájaro.

*

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