viernes 12 de abril de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Memoria de un enojo que no cesa

Humo

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Por Belén Zavallo

Hay algo impreciso en el olor a humo pero está en toda la casa. Después me entero que es otro incendio de esos que nos vamos acostumbrando a ver, un foco en la isla, otro en el basural, otro de las gomas por la marcha en la esquina del municipio. Nos habituamos a ver a borroso. Me acuerdo que en la cuarentena llovía ceniza, que el río mostraba el lecho porque se iba secando, me acuerdo de salir sólo hasta el supermercado y de ver el paisaje desde la ventanilla del auto con miedo de estar alejándome de la zona permitida. Tenía la panza inmensa con el embarazo de Francisca, llevábamos al perro a correr unos minutos y volvíamos. De noche me abrazaba con ella adentro y trataba de no pensar en lo que temía: el mundo puede estar terminándose. Era siempre una sensación de fin, de apocalipsis, de pescados muertos, pestes, gente sin velar a sus muertos. Un día mi hija cruzó con otros amigos a la isla en lancha, hacían una fiesta clandestina, al otro día supe que la gendarmería la había encerrado, la habían hecho desnudarse y abrir las piernas, no habían dejado que me avise. Sentí pánico. Después me indigné y el enojo que menos me duró fue con ella, permanecí (y permanezco) envenenada con esos fascistas que creían que en esa cuota de poder podían avasallar los derechos en dos mil veinte, no en la década de los setenta. De nuevo me ofusqué cuando vi el cumpleaños en la quinta de Olivos, dije caraduras, hijos de la gran mierda, abusadores de poder, mentirosos y soretes. Mientras, tuve que pagar un resarcimiento, yo y unos pocos padres más, había hijos de fiscales del poder judicial que como siempre tuvieron más privilegios que los que como mi hija tenían una madre docente. Otra vez me indigno. El humo funciona un poco como este enojo. Entra sin que quieras y lo impregna todo, creés que ya no está pero vas a buscar un suéter y está ahí el olor intacto.

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