jueves 29 de septiembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

Los buenos modales

El paseo y el pintoresco caso del ciclista pelotudo

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Hace varios años estaba sentada en la costanera y se me acercó un perro todo desgarbado, se le notaban los pompones de las garrapatas asomadas desde los pelotones de pelo. Apenas lo vi dije qué asco. Atrás de él venía un hombre que me escuchó y respondió justicieramente: “como vos”. Me pareció genial, sentí una vergüenza que hasta hoy me impacta. Yo no medí que ese perro podía tener un dueño y que mi impresión podía ser hiriente para alguien. Estaba con mi hermana y desde ese día la frase “como voh” (así como la escuchamos), es usada en múltiples ocasiones que lo ameritan.

*

Ayer pasamos por Puerto Sánchez, es un tramo de la caminata que nos encanta. Hay gatos siempre naciendo, pescados colgados como racimos, pinturas en las casas como si fuesen galerías que miran el río, hay olores que parecen nuevos. Una vez mi sobrinita me dijo: nunca había sentido algo así, no sabría ni siquiera cómo nombrarlo. Me alucina que estas cosas nos pasen y que las compartamos. Mi sobrina tiene diecisiete años y la belleza recorre su cuerpo como una electricidad. Mirarla a Lola es como ver el momento exacto en que un rayo descarga su luz en la noche. Pero tiene la energía calma de un gorrión chapoteando sus alas en la tierra. Lola es alta pero siempre puede elevarse un poco más. Cuando camino desde esa revelación, intento reactualizar el olfato.

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Todos los viernes los perros de mi hermana salen a pasear. Ese día puedo llevar tranquila a Francisca a su casa, ellos la celan y yo los amo. Ellos a mí, pero a Fran la odian y todas a su vez amamos a la chiquitita y a los dos perros. Para poder seguir alegrándonos, evitamos su encuentro y tener que lamentarnos por alguna reacción que nos entristezca o preocupe. Nos evitamos el mal momento. Eso que se llama prevención, precaución, consciencia afectiva.

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Cuando estamos con mi hermana y nuestras hijas solas, Lolita baila y levanta una sola pierna que sostiene con una mano en lo alto. Parece un arco o un violín, un arpa, algo que de por sí suena como una cajita musical. Francisquita la imita, la venera, se encorva como un potrillo. Sabe de cada una de sus primas cuál es su don. Con Maru habla, le quita el celular y juega a pelearse. A mi hermana le pide la leche, la peina, no quiere nunca que se termine ese tiempo de manos que la aplauden y que ella celebra con risas y gritos. Nos imanta el ojo a su cuerpito que va y viene como una mojarra que pica los pies en la orilla.

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Volvemos siempre subiendo por la calle del Rowing, miramos las palmeras del balneario municipal que tienen desde la barranca nuestra misma altura, a nuestro costado el yaguareté toma el brillo rojo del sol que se incendia todas las tardes. Antes esa calle tenía doble circulación pero desde que se creó la errática ciclovía, con sus escarbadientes metálicos, dibujos de pelotas de fútbol incomprensibles, flechas en todas las direcciones y ausencia de personal de tránsito indicando cómo seguir, todo se congestiona como las narices con las flores hermosas de los aromitos.

Recorrer Paraná tiene un vértigo nuevo. Con Varisco era como pisar la luna. Con Bahl es como jugar al buscaminas. Siempre hay una obra en construcción en estado de destrucción. Cuando las terminan, realmente las elogio pero siempre quedan los obradores sin levantar como en la plaza Alvear a la que me encanta ir los sábados de mañana porque los juegos están sobre caucho y los chicxs no se lastiman las rodillas, los montones de escombros cubiertos por mallas verdes o naranjas, las chapas haciendo de pared solo esconden lo que así se ve aún más.

Es como vivir en una casa que se está construyendo y que siempre tenés que lidiar con el polvo, con el albañil que falta, con el material que no alcanza. Me quejo porque estoy grande o porque en realidad siento que el tiempo de las obras públicas me come los años.

*

Un pelotudo que además es ciclista sube a contramano mientras volvemos con Cari al atardecer, nos rascamos las mordidas de los jejenes. Alcanzo a verlo antes de que mi hermana apoye el pie en la calle, después de verificar que desde la mano que debía observar no viene nadie. La sostengo y le digo: cuidado con este pelotudo.

El pelotudo además es un forro, nunca atina a bajar la velocidad ni a moverse. Instintivamente si no sigo con mi brazo impidiendo el ademán de mi hermana, la choca. Como soy fatalista, vislumbro la escena que estoy evitando.

Un flaco peludo con casco de pelotudo y calza de pelotudo que me mira con su cara de pelotudo que se cree mil. Se da vuelta y en vez de pedir disculpas me grita maleducada. Le respondo con la furia que solo los pelotudos soberbios me alimentan. Se pierde en la rotonda frente al Marán con su bicicleta de pelotudo, infeliz y anónimo.

Si me estás leyendo, soy Belén Zavallo, firmo lo que escribo y lo que digo, estoy embarazada de trece semanas, querido pelotudo, podrías haberme hecho perder lo que hoy más quiero con tus buenos modales.

*

En el Congreso de la Lengua que se hizo en Rosario en el 2004 fuimos con mis compañerxs de la facultad pero a la versión progresista que se desarrollaba en simultáneo, nuestras profesoras sí tenían ingreso al que abría la gente de la RAE. El nuestro, tenía una visión vanguardista sobre las lenguas originarias y algunas teorías feministas. El congreso posta, el oficial, esa vez al ser en Rosario también tenía algo que permanece actual y es el discurso de Fontanarrosa que tituló Sobre las malas palabras.

Dice: “La pregunta es por qué son malas las malas palabras, ¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?”

Fontanarrosa sigue siendo genial. Hay algo en el lenguaje que siempre nos preocupa, pero las acciones pueden ser mucho más peligrosas que las palabras.

Retomo el discurso: “a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”. Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece. Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física. No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo. Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo” - que no sé si está en el Diccionario de Dudas - está en la letra “t”.”

El texto está completo en las redes, el pelotudo atropellador sigue dando vueltas en nuestras calles. Y espera que las mujeres tengamos buenos modales.

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Twitter: @MBelenzavallo

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