domingo 11 de febrero de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Libre soy

Cuidar

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Por Belén Zavallo

Hace unos días bajé una aplicación de juegos para que Francisca no le aplaste la cabeza al bebé mientras lo amamanto, es la forma del chupete virtual que encuentro útil para no enloquecer, no me interesa dar explicaciones a nadie sobre la crianza, me nutro de quienes considero valiosos en palabras y cautos en consejos, y hago después lo que puedo sin culpa. La cuestión es que, de manera inconsciente, le elegí una gatita a la que ella puede bañar, vestir, hacer bailar, dormir y maquillar, es decir, casi lo mismo que lo que me dedico a hacerles yo todo el día a ella y a su hermanito, cuidar que estén bien atendidos, limpios y alimentados. Cuando era chica mamá me compraba libros y revistas, muy pocos juguetes porque ya le parecían porquería que no servía para nada, golosinas porque siempre fui una adicta a lo dulce y poquísima ropa, el porcentaje opuesto del presupuesto que después le destinaría yo. En las revistas venían unas siluetas de niñas y niños para recortar y las prendas que se doblanban en los bordes para que quedasen sostenidas, así las figuras podían cambiarse de ropa. Me encantaba recortar prolijo y pensar cómo cambiar atuendos. Después heredé unas barbies y también las vestí y desvestí incansablemente. Después elegí a mamá como modelo y me hice su estilista, la peinaba y pintaba antes de que saliera para la escuela, le elegía qué ponerse y con qué zapatos combinar, en eso no siempre me hacía caso, muchas veces me decía: “No, esos no, tengo que cruzar la canchita cómoda”. Me encanta tener hijas mujeres y la de la ropa es una de las razones, ni bien entrás a un negocio las posibilidades son mucho más atractivas que la de la sección nenes que se limita a vestirlos de comerciantes aburridos o de militares deportivos. Con mi hija mayor, que ya tiene veintiún años, podemos compartir muchas prendas y eso nos reconforta, nos mantiene cómplices en un placer íntimo: “mirá, ma, este es lindo para vos”. Lamentamos siempre mi talla de pie, los zapatos son de uso exclusivo de cada una porque yo soy patona. Mi hija de dos años, en cambio, desviste a todas sus muñecas, ama andar desnuda y sin peinarse, sólo disfruta de maquillarse y usar un rato un vestido de Frozen para bailar, pero al instante le da calor y sigue la coreografía libremente aprendida en bombacha. Me doy cuenta que hace lo mismo con la gatita virtual, prefiere que esté con un pañal a vestirla pero sí le dibuja la cara y pasa rubor por los cachetes. Quizás en sus formas de cuidar esté la piel al aire por encima de todo, un anticipo de la liberación femenina próxima, un salvajismo que corta con la tradición al son de “libre soy, libre soy”.

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