viernes 3 de febrero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Las arpías

Águilas con cara de mujer

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De chica le tenía miedo a los gitanos, había una leyenda popular incuestionable: robaban niñas y las hacían casar. En Viale la familia gitana tenía su local de venta de autos que por supuesto todos sugerían que eran robados o con papeles truchos. Para visitar a mi amiga M. tenía que cruzar por su vereda así que me llevaban en auto, una vez nos peleamos y volví corriendo a casa. Me acuerdo de haber cruzado la ruta para no pisar su frente. De grande en la televisión había un caso llamativo de la gitana Maru, la mujer lloraba en Crónica tv por una hija que la había dejado por un amor. Cuando aparecía asustaba a mi sobrina que era chiquita. Crecí con la gracia de creer en el relato. Las polleras de las gitanas eran amplias y podías caer adentro y adormecerte porque no se bañaban. No busco amortiguar los detalles, los prejuicios en mi época eran además de fuertes, aceptados socialmente, hoy hay un mantito de neblina que los cuestiona aunque les dé tregua para que permanezcan. Hace unos diez años una gitana me frenó en la peatonal, quería leerme las líneas de la mano, le agradecí y seguí. De espaldas me gritó que me maldecía mis genitales. Justicia poética.

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En la película La casa Gucci se cuenta la historia de la marca desde que Maurizio se enamora de Patrizia Reggiani. Lady Gaga encarna este personaje que pasa a ser central e incluso desplaza a los Gucci. Patrizia es movida por la ambición, pero sería injusto reducirla solo a eso. Patrizia es la mujer que molesta más porque tiene un propósito masculino pero siempre le recuerdan que es “la mujer de”, por ende la arpía. Me gustó que Patrizia para colar sus inseguridades recurriese a una adivina. Salma Hayek es la bruja que le pronostica el futuro y la ayuda a hacer maleficios. La película no es genial y quizás por eso yo pude soportarla sin dormirme, es una de mis capacidades limitadas, cuando algo fílmico es demasiado bueno, suelo distraerme. En pandemia con mi hermana nos juntábamos a ver la serie Súbete a mi moto, era horrible pero necesaria porque nos brindaba las posibilidades de la risa y del ridículo.

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Solía caminar por el Parque Varisco, sacaba fotos de las brujerías que encontraba en el camino. Era como hacer un vía crucis inverso, una redención marcha atrás. Había cajas rojas con granos de maíz, plumas de gallinas, huevos y naranjas. En algunos árboles estaban crucificadas cosas incomprensibles, como artesanías rabiosas. Charlando de eso con una amiga me dijo que borrara las imágenes porque el mal se expandía. No me acuerdo de haberlas eliminado pero tampoco me dan ganas de buscarlas. El mal existe, las energías que te fusilan con cefaleas, las pesadillas que anticipan cosas que después vemos. Una chica me contó que se había limpiado con huevo. No entendí primero y después recordé ese ritual de frotarlo por la cabeza, romperlo en agua y verlo turbio. Después tirarlo al inodoro. En 2013 una mujer que trabajaba en mi casa me vio mal, me dijo sentate y trajo un vaso. Me pasó pan por la frente y mientras decía algo inaudible tiraba las pelotas de migas en el agua. Yo vi la efervescencia y después me caí desmayada. Realismo mágico a domicilio.

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Cada vez que juega Argentina en tuiter van mandando círculos de poder y los nombres a meter en el freezer. Las cábalas personales. Los rezos. El otro día durante los penales me atropelló la imagen de mamá cuando mi hermano Tavi jugaba al fútbol en Arsenal de Viale. La cancha tenía tablones que se tambaleaban en la tribuna. Nosotras llevábamos canastas de mimbre con mate y budines o algo que ella preparaba antes. Nos quedábamos sentadas en el auto durante el invierno, éramos el parabrisas, el alambrado de la cancha y nosotras tres con mi hermana. Los varones bajaban y charlaban con otros que escupían cáscaras de girasoles. Mamá apretaba fuerte el rosario, parecía que iba a comer las cuentas cuando mi hermano pateaba al arco. En mi memoria siempre que ella mordió las cuentas benditas, Tavi hizo gol.

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