miércoles 28 de septiembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

La primavera se abre como una cuchilla

Esperaba que llegaras

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Me gusta más la idea de la primavera que la palabra. Hace días que mi hija mayor estornuda sin parar. Una de mis amigas también siempre fue alérgica y en esta época se le ponía la nariz más rosada y los ojos más brillantes. Pero la idea de los canteros llenos de pensamientos abiertos con sus rayas blancas sobre violeta, el perfume de las fresias y los jazmines en las esquinas que se desparraman desde las canastas llenas de ramos, los atardeceres con los cielos interrumpidos por líneas de pájaros, los escotes con los hombros apenas bronceados, los pies asomando de las sandalias, el césped brotando, las parejas exhibiendo el alboroto debo confesar que esa idea me alucina. Hay un poema de Hilda Hilst, la poeta brasileña, que dice:

Las cosas no existen.

Lo que existe es la idea

melancólica y suave

que nos hacemos de las cosas.

*

De chicos celebrábamos el día del estudiante y de la primavera. Teníamos una semana en que los días se iban sucediendo en distintas actividades: la noche de la colecta, el desfile de carrozas, el campeonato de deportes y el bailable. Todos los quintos años (en mi época la secundaria tenía cinco años y la primaria siete) las escuelas de todo Viale hacían una junta organizadora y competían. Nosotros éramos del instituto comercial, estaba la normal y la técnica. El resto me parecía invisible. La mirada adolescente puede ser muy cruel y hacer desaparecer a quienes no tienen importancia en tu radar de cosas interesantes, que es siempre reducido pero en los pueblos se nota más. A mí me importaba lo que pasaba con los cursos de mi escuela porque la sentí siempre la más atractiva y por todo: quiénes iban, qué hacían, las historias que circulaban de quienes habían sido antes alumnos, el uniforme que nos diferenciaba, los docentes que teníamos, el rector que era icónico. Me gustaba también que teníamos la iglesia pegada, aunque no por devota, más bien por prestigio. Esos conceptos que hoy puedo desmitificar idealizaron mi noción de espacio durante mi secundaria. Pasé mis horas más felices y más dramáticas en torno al ICVM.

*

Nelson, Chuna o Tordi prendían el fuego. Nosotras organizábamos juntar la plata y comprar los chorizos o bien, algunos preferían llevarse sus porciones de la casa. La parrilla transpiraba una grasa siempre negra, los chicos limpiaban con diarios, juntaban palos y piñas del polideportivo, cada grupo guardaba un quincho. Las mujeres jugábamos al voley en la canchita con arena, íbamos a la cantina, coqueteábamos con nuestra simpatía con Carni (que era Cargnel, el hombre que tenía la prestación municipal y manejaba la proveeduría) para que nos regalara fichas y jugábamos al pool con short y las partes de arriba de las bikinis.

Tomábamos sol desde septiembre, nos juntábamos en nuestras casas y untábamos con aceites, coca cola, jugo de zanahoria, vaselina y lo que nos dijeran que aceleraba el bronceado. Siempre la piel dorada me parece hermosa y es otra idea que asocio a la primavera. El cuerpo desnudo roído por los rayos que chamuscan la piel. Hoy fuera de todo lo aceptable en tema de salud y cuidados contra enfermedades. Los chicos nos avisaban si estaba cocida la carne y armábamos choripanes, nos sentábamos todos juntos y siempre se volcaba un vaso. Había alguno dormido por la resaca de la noche anterior, alguno descompuesto, alguna cara desahuciada por el desencuentro amoroso, algún chisme con versiones que variaban y lo hacían más jugoso. El bailable nos dejaba con ampollas en los pies así que nos descalzábamos y hundíamos las plantas en el pasto.

El otro que atendía la cantina era Nuba, le decían así por nubarrón, porque era bien morocho y flaco. Hace poco me enteré que murió y que había tenido una historia triste de chico, nunca me hubiese imaginado que ese varón tan amable había sufrido en su infancia, ni sé si es cierto lo que supe. Nuba nos agregaba un chicle o nos llenaba de hielo gratis la jarra para el tereré. La muerte me devuelve nombres olvidados, caras que creía haber perdido sin darme cuenta como una navaja que se inserta en la lata y de golpe el olor de lo que contiene.

*

La primavera se abre una cuchilla allí, dicen los versos de Anne Carson en un poema sobre sus visitas a la casa de la madre. Cuando cruza la puerta de la cocina la aparente transformación de esa mujer se desvanece. Se aferra a sus libros y a su autora favorita Emily Brontë que según mi sobrina influenció demasiado a mi madre.

*

Mi papá cantaba Bienvenido amor de Palito Ortega y agarraba las manos de mi mamá. Los dos se reían y bailaban mientras yo los veía o soñaba. Me acuerdo del piso de mi casa y de las formas que encontraba en el granito. Me acuerdo de las violetas en el rectángulo oscuro del frente. Me acuerdo del vaho que llegaba con el calor de la casa vecina cuando criaban algún animal. Me acuerdo de Pichón que salía a mear en los árboles de su frente. Me acuerdo del limonero del patio abriendo azahares y de mi nariz apoyada en sus centros.

*

El final del poema de Hilda Hilst dice:

Las cosas no existen.

La idea, sí.

La idea es infinita

igual que los sueños de los niños.

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