domingo 22 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

La ilusión de los niños es la ilusión del pueblo

Jugadas poéticas

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Durante mucho tiempo remojé mi lengua en vinagreta. Repetí frases borgeanas anti fútbol, me quejé en las redes como lanzando flechazos al viento. Todos estaban en la expansión de la alegría menos yo y eso me enfurecía más.

No me empezó a gustar el fútbol ahora. No lo entiendo. No sé nada. Tampoco quiero aprenderlo. Pero este mundial me permitió sentir la emoción de lxs niñxs. Tengo una hija de dos años que todos los días baila y canta olé olé y dale campeón. Se pone la camiseta argentina de dudosa procedencia. Sabe que el número 10 es de Messi. Busca en Spotify las canciones de hinchada, señala cada bandera, identifica cosas mínimas que le llaman la atención como ver el logo de Adidas y gritar “eso es de Argentina”. Después y por ella supe que esa es la marca auspiciante de la ropa.

No sé cómo se llaman las jugadas, reconozco a Messi, al arquero, al novio de Tini, al DT, al jovencito que hizo el gol ayer y a Di María porque me genera simpatía. No mucho más. No me jacto de mi ignorancia como un recurso penoso, pero siempre en todo siento que no alcanzo. Ni siquiera en lo que me apasiona que es la literatura. Mi amigo Ferny me dijo “yo escucho cada partido por radio y con el relato de Víctor Hugo porque es poesía”. Ahí refulgió una explicación posible: yo miro la Scaloneta porque desde la pantalla hay destellos poéticos.

*

Ayer, caminé con mi hija la plaza después del partido. Vi su cara y los gestos que asimilaban el asombro. Miré con sus ojos y señalé con el índice: las vinchas con banderas de dos hermanitas, el hombre subido al mástil, los chicos con la cara pintada, la pareja de abuelos bailando, la camioneta estallada de gente, la nena que juntaba los papeles del piso y volvía a juntarlos en un loop interminable, me puse en puntas de pie para ver el pogo y me hinqué a sacar fotos, tuve otras alturas y dimensiones. Instintivamente, miré como mira ella. Vi que las cúpulas de la catedral parecían turquesa, las nubes brillaban como enfocadas de atrás con un reflector para el escenario y las palomas cronometraban su vuelo que dejaba de ser torpe. Todo era una fiesta y las caras desconocidas entendían el mismo idioma: el de compartir una ilusión.

*

Hoy leí un texto emocionante de Leila Guerrero. Habla de su padre, de sus hermanos, de la fe puesta en otro cuerpo, de la construcción de un triunfo que crece en una misma familia. Y de cómo nos hacemos bien por amor. El texto increíble dice:

“No sé cuál fue el resultado de este martes entre Argentina y.Croacia en el Mundial de Qatar debo entregar esta columna antes- pero tengo una certeza: sé que, a la hora del partido, había un hombre caminando por un parque en una ciudad pampeana, al rayo del sol, acompañado por dos perras. El asunto es así: mis dos hermanos transformaron a mi padre en la Anticábala: le prohibieron mirar los partidos de la selección. Es su aporte supersticioso para que la Argentina gane. A mi padre no le interesa el fútbol, de modo que no verlos no le molesta. El viernes pasado, cuando la selección argentina enfrentó a Países Bajos, él estaba mirando El Padrino II, en Netflix. En un momento, porque no salían los subtítulos, manipuló el control remoto -es ingeniero químico, pero no entiende ese aparato-salió de Netflix sin querer y el partido se presentó de súbito ante sus ojos. En ese minuto, Países Bajos hizo su segundo gol. Uno de mis hermanos apareció como una tromba, seguro de que el desastre era consecuencia de que mi padre estaba mirando el encuentro. Y, en efecto, estaba. Así que, para evitar problemas, lo echó: lo mandó a caminar al parque. Y ese hombre que se escapó de su casa para ir a buscar oro a Brasil a los 17, que nos hizo conocer la Argentina en un vehículo cargado de armas en plena dictadura, que aguantó la agonía de mi madre absorbiendo el horror para que no lo tragáramos nosotros, subió a las perras a su camioneta y se fue. No calculó que el partido duraría tanto: 10 minutos de alargue, más media hora, más los penales. Estuvo caminando bajo el sol -hacían 40 grados- hasta agotarse. Pero logró que ganaran. Así que esta es mi única certeza: ayer martes, a la hora del partido, un hombre salió a caminar con sus perras, a pleno sol, porque sus hijos todavía creen que él puede cambiar el mundo. Eso es un padre.

Alguien que no duda en cumplir, en nombre de un amor que jamás confesará, la absurda extravagancia.”

*

Vi muchas fotos por las redes, algunas saturadas de lo mismo hasta agotarse en un blanco, otras hermosas llenas de tonalidades en los espacios y los cuerpos. El retrato futbolero parecía siempre agrandarse aunque fuera de lugares distintos, como las fotos de la comunión cuando se comparten o el hilo de los vestidos de quince que siempre es bueno volver a mirar en tuiter. Hay un poder en la ilusión argentina con este mundial. Un poeta siempre repite que a la poesía no se la explica, se la reconoce. Hay algo así que se cuela en el fútbol o en Messi o en este mundial particular o en mi disponibilidad sensitiva que solo afirma cosas desde la subjetividad de una madre o de una mujer que quiere sentir más allá de ella misma. Mi amiga Manu me escribe “la ilusión de los niños es la ilusión del pueblo”, yo elijo creer.

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