martes 24 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

La fiesta en el paladar

Menúes en el recuerdo

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Si hay un factor que arruina una celebración o que la vuelve la dicha es la comida. El menú de un festejo es determinante para que la reunión familiar, la juntada entre amigos, la despedida del año laboral o lo que fuera, sea vivida y recordada como buena o mala está sujeta a los platos que se ofrezcan. Pienso, en general, que la vida mejora con buena comida. Tampoco vivo enfrascada en una utopía glotona, sé que se hace la magia con lo que se puede, lo que se tiene, con lo que alcanza, pero hay una alquimia en esa búsqueda íntima de quien cocina y llena sus propias alacenas. Algo que el cuerpo transfiere como en la novela Como agua para chocolate que logra hacer de lo cocido una extensión de su espíritu.

Recuerdo que de chica había una compañera que siempre hacía fiesta de cumpleaños, yo iba con mala disposición porque anualmente la madre ponía una bandeja sobre una mesa baja con mantel de plástico unas galletitas duras untadas con picadillo. Para mí, que conocía a L, desde jardín, eso era una demostración de desamor. ¿Cómo iba la madre a creer que raspar criollitas con una crema marrón era un buen gesto para la hija y sus amigas? Nunca pude superar esa angustia ajena.

Durante un tiempo, ya de grande descubrí una moda que proponía festejos post medianoche así todos los invitados iban comidos. La frase verbal ya de por sí es espantosa, pero asumir que es una idea magnífica salir después de cenar, con la ropa que ya no queda tan bien como antes de ingerir nada, para bailar con el estómago lleno y encima no tener en cuenta que algunas personas no tomamos nada de alcohol porque somos abstemias y que estar encerrados sin un aliciente sabroso es un modo de tortura, me parece una muestra de la miseria.

Cuando los jugadores de la selección terminaron el último partido, con la Copa entre sus manos, con la caricia de Messi sobre ella como si tocara la cabeza de un recién nacido, se fueron a comer. Hay un video de un abrazo que al principio circuló como el encuentro con su madre, pero en realidad se trataba de la cocinera de la selección argentina. La mujer rubia envuelve a Lionel y él enrosca sus brazos sobre ella. Después les prepara milanesas napolitanas con papas. El amor hecho plato.

Pablo Neruda que tenía una composición corporal que sostener, le escribe muchos poemas a la comida, toda la literatura está plagada de sabores y de olores que nacen con un alimento y un fuego, un modo de morderlos, una emoción sujeta a ello, como las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández en la cárcel y su hijo en la pobreza de los pechos que solo podían comer lo más barato.

En No me acuerdo de nada Nora Ephron dice que odia las modas francesas porque empezaron a servir el postre con cuchara grande y que ese momento de dulzura distendida se termina tan rápido que una no se alcanza a dar el tiempo del placer, también en ese libro incluso escribe recetas completas con indicaciones precisas como si fuera una cocinera.

En mis libros de cocina tengo la letra de mi madre, su trazo, los pegotes de harina con huevo salpicados en formas de islas o lunares. Pienso en esos cuadernos cuando hay una fiesta, qué cocino, qué compro, con cuánto tiempo de anticipación. Sé qué carne debe reposar hasta enfriarse antes de cortarla en rodajas finas. Cómo los pickles trozados chiquitos mejoran la salsa. Tengo el recuerdo de los matambres enhebrados como si le estuviera tejiendo un chaleco o un capullo. Hay en la cocina una sensibilidad que no se evapora. Una fiesta que perdura en el paladar.

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