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Una mirada desde la alcantarilla

Guardián del hielo y del fuego

Fugit tempus

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5 de septiembre de 2022 - 09:47

La fugacidad del tiempo es un tópico de la literatura decía con voz baja el profesor Alejandro Ballesteros en la cátedra Literatura Española. Al tiempo se fue a vivir a Córdoba, digo Córdoba como podría decir La Rioja. Ni idea quién fue el que tiró esa provincia y nunca más lo vimos: se fugó. No digo nunca más lo escuchamos porque era muy difícil oírlo, me pasaba lo mismo con Arturo Firpo. También tenía la fama de ser extraordinario pero yo la única vez que lo escuché y le entendí fue en una conferencia sobre Borges en el museo Martiniano Leguizamón en la que hablaba con micrófono. No había muchos profesores en la facultad, la docencia siempre fue más bien femenina, estos dos docentes me atrevería a pensar que eran (o son gays), no es lo importante. Del varón que me acuerdo era uno que daba una materia de tronco común, aburrida y burocrática del tipo Análisis Institucional. (Insertaría emoji de carita verde). Y lo recuerdo porque daba su clase en el último horario del lunes y, fundamentalmente, porque una vez una compañera que no aprobaba nada pero que iba siempre, se le acercó y dio un papel. Al rato vimos que él se levantó, hizo un bollo la hoja y la tiró al basurero. Con mis amigxs (creo que eran Ferny, Zoe y Sonia) salimos también del aula, esperamos en una esquina de la gélida Normal, dimos la vuelta y volvimos al aula y, obviamente, a revisar el basurero.

Deshicimos el bollo y planchamos la esquela sobre nuestros pechos. Leímos un fragmento de un rudimentario discurso amoroso. Ella iba a la facultad para verlo, él no le daba más bola. Su texto con errores ortográficos y grafía dura como de tallar sobre una corteza nos dio risa. ¿Nos burlamos del amor? ¿Nos incomoda o divierte ser testigos del desgarro amoroso? Morbo y juventud. Combinación inolvidable ante lo fugaz.

*

Ayer empecé un seminario de filosofía con Miguel Wiñazki. Hace poco supe que era la pareja de la escritora Ángeles Salvador. Me asombró mucho enterarme que ella había muerto, estábamos al mediodía en casa y leí un tuit. Me levanté y busqué El papel preponderante del oxígeno, su primera novela. La había leído en 2017, ni bien se publicó porque yo quería leer y aprender a escribir así y no como te hacen escribir en la facultad con “por tal motivo” y todas esas fórmulas horrendas del discurso académico que siento igual a un disfraz de reina hecho en casa con cartulina. Busqué los fragmentos subrayados, le avisé a Manu esa fue la primera novela que ella siempre cuenta que leyó y que fue porque yo le presté el libro. Hay una historia de amor ahí entre nosotras que somos amigas.

Lo importante es esto: cuando ella muere hacen una despedida coral entre otros escritores y escritoras, y al final cierra su hija Francisca. Lo publicó La Agenda, si lo leen van a llorar. Miguel también le escribió algo hermoso El Diario AR. También leerlo es para quedar herido de amor. La gente que ama te puede hacer sentir su amor. Te hace temblar. Porque lo escrito se va quebrando adentro y vos sentís que descifrás palabras y que pisás palitos en un bosque, pero es la garganta que se cierra y escarcha y son los ojos que se inundan. Algo hermoso y terrible.

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Cuando entendí la novela familiar, atrás de la escritora que admiraba, había una mujer repetidas veces amada. La hijastra contaba que se entendían al punto de solo comunicarse por emojis en whatsapp. La ruta del amor tiene una especie de imán. Leer atrás de la vida de quienes escriben, es como meterse por la ventana. A partir de esto me permito hacer otra declaración: amo descubrir el amor, espiarlo y armar un rompecabezas que termina formando un corazón.

La exhibición del amor no es el amor, dijo anoche Miguel en el seminario de Barthes. Y todo eso que escribo arriba fueron retazos que se le escaparon a la muerte, como un rastro de plumas hasta la olla. El amor solo puede decirse en fragmentos, no puede ser lineal, no puede ser explicado, el amor se desvanece en nuestra lengua, no nos alcanza el lenguaje para lo que el cuerpo quiere decir que experimenta.

Hay un poema del peruano Watanabe que se llama El guardián del hielo.

Y coincidimos en el terral

el heladero con su carretilla averiada

y yo

que corría tras los pájaros huidos del fuego

de la zafra.

También coincidió el sol.

En esa situación cómo negarse a un favor llano:

el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse

bajo mi sombra, tan desesperada

como inútil

Diluyéndose

dibujaba seres esbeltos y primordiales

que sólo un instante tenían firmeza

de cristal de cuarzo

y enseguida eran formas puras

como de montaña o planeta

que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.

Ama rápido, me dijo el sol.

Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,

a cumplir con la vida:

Yo soy el guardián del hielo.

Un maestro al que suelo recurrir es el gran poeta Daniel Durand. En sus seminarios es frecuente escucharlo leyendo este poema. Daniel habla de la construcción, de la arquitectura de la imagen poética para que sea transferible de un modo claro al lector y que llegue lo más parecida posible hasta quien le clave los ojos. Cita a Ezra Pound que a mí no me conmueve pero me inquieta. Era muy genio sin dudas pero a mí me falta lo que Alicia Genovese nombra como el Affectus: una línea de fuerza invisible que impulsa, sostiene y alimenta el sentido. La subjetividad colándose en forma de emoción.

Sabemos que la lectura es una operación que deja afuera al autor. Barthes también lo mata. Pero Watanabe al lector le saca una letra y lo ata. Cuidar el hielo en una playa ardiente es como cuidar el amor: imposible. ¿No se cuida el amor? ¿Se ama y punto?

Mi hija de dos años, la Francisquita, me despierta y dice hola, te amo. Yo le digo holateamomiamor no separo las letras, no mido la extensión de la frase, podría seguir sin respirar respondiéndole el saludo hasta el mediodía que tengamos hambre.

Sí, se cuida el amor. Ese saludo de medio segundo dura una eternidad. Lo fugaz permanece. Me digo y escribo mientras pienso en qué le gustaría comer hoy a quienes amo y tengo en fotos alrededor de mi escritorio como una guardiana del fuego.

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