viernes 27 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Fuga constante y silenciosa

La búsqueda de la luz junto a May Sarton y la gentileza de los actos inesperados

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Siempre me parecieron inútiles los balances de cierre de año y como he consumido todo lo que no sirve para nada, también he hecho los míos. No sé si alcancé la exposición pública en mis redes, no lo recuerdo o quizás reprimí el bochorno, pero creo que como todo lo inútil áun guardan una belleza íntima: la de ponernos a escribir, la disposición necesaria de traducir la vida en palabras, enfrentar la imposibilidad de reducir los días más importantes a frases que los contengan. Hace unos meses mi amigo Washi me regaló Anhelo de raíces de May Sarton porque me escuchó unos días antes que andaba buscando ese libro. Mientras escribo miro de reojo una esquela con su letra pegada en el borde de la biblioteca desde donde asoman unas hojas nuevas de potus en agua. Dice lo que necesito saber de él. Todos los espacios se componen con eso: registros del amor que pasa en una fuga constante y silenciosa.

*

En un fragmento del libro la narradora va contando cómo perseguía la luz en esa casa nueva que habita en el campo, una casa que reconstruye de un estado de ruinas, como a un sueño en la obra, en la escritura de la obra levanta esa arena para hacerla realidad. En medio de ese proceso, aparece la contemplación.

“Era para lo que había ido. El silencio era el alimento que buscaba, silencio y solo campo --árboles, prados, colinas, aire libre-. Había ido buscando aire, luz, espacio y ahora veía que era exactamente lo que la casa tenía para darme. La luz era mágica. Incluso después de todos estos años, todavía me sorprende que la luz cambie con cada hora del día y cada estación.

Durante todos aquellos días me parecía una verdadera revelación el hecho de que la luz del sol rozara un ramo de flores o un mueble y después continuara su camino. Por la mañana temprano veía revivir a vista de pájaro el gris-bronce del arce en el escritorio de mi madre en el estudio y hacer que las flores de las coronas brillaran de repente. Por la tarde, mientras me echaba una hora en la habitación acogedora, la veía motear la repisa blanca de la chimenea y fluir en oleadas por la pared.

Y cuando iba a la cocina a preparar el té, allí estaba otra vez, formando largos y deslumbrantes rectángulos en el suelo amarillo. Esa luz cambiante y fluida interpretaba una fuga constante y silenciosa, pero en aquellos primeros días todavía tenía que aprender lo diferente que era su melodía según iban y venían las estaciones. En enero y febrero la luz brillaba como nieve reflejada en las paredes blancas. En verano la luz se vuelve verde; las sombras se tornan difusas. Mi primera experiencia de aquello, por supuesto, fue en octubre y en octubre una tenía la vista puesta fuera, para mirar arriba las copas abrasadas de los arces dorados, por la mañana temprano, por entre los prados cubiertos de escarcha.

Dentro y fuera, me sentía en un mundo que me mantenía en un estado de perpetua alegría mozartiana. Todavía puedo recordar la primera vez que contemplé las ventanas del granero iluminadas por el rojo intenso de la luz crepuscular y la primera vez que el mismo resplandor inundó las colinas bajas que rodean el pueblo, y aunque ya estuviera oscuro, sumiera al pueblo en un pocillo luminoso de color púrpura, y la primera vez que vi el campanario de la iglesia iluminado, deslumbrante blanco contra las nubes de oscuro viento.

Todos aquellos días la luz dijo: «Sal fuera!». Pero también decía: «¡Quédate dentro!». Y, desde entonces, me han desgarrado todas las vidas que vivo aquí y la dificultad de elegir algo en un momento dado. Aquellos primeros días a menudo elegía «dentro»; la casa tenía que ser reconstruida primero como un ser fisico --ahora ese trabajo estaba casi cumplido-, pero igual de importante era la estructura intangible, la forma en que las cosas decidieron suceder día tras día, o la forma en que elegí hacer que sucedieran, cuando comencé, conscientemente, a construir el marco metafísico.

Lo que poseía era todo mío, cuando nada debía poseer; ni casa, ni chimenea, jamás muro protector.

Allí la soledad se convirtió en mi labor, sin refugio, a pesar de una grave exigencia, y había de responder, sin preguntar, tomando al esposo de la mano.”

*

Escribo sobre una mesa de roble que conseguí en una casa de antiguedades, esta mesa fue seguramente, usada para apoyar utensilios, platos, tazas de té. Aquí reposaron codos huesudos que sostuvieron otras cabezas. Me gusta la madera que viene más cerca del árbol que la llena de fibras, las placas lisas modernas que son limpias desde la lejanía. Esta madera conserva las vetas del tronco. La elegí con otra amiga que estaba de visita y fue un regalo que recibí de quien más amo. Algunas mañanas encuentro hormigas diminutas que buscan migas del día anterior. Hay alrededor portaretratos: mis hijas, Tizi, mi perro, mi pareja, Don quijote, Borges con su gato Beppo, cuadros de Loreta y dibujos de Rep, cajas de té con saquitos viejos, un florero con hojas de eucalipto y rosas secas que me trajo mi hermana hace un tiempo, el calentador de mamaderas y el termo eléctrico, los libros que me acompañan con sus lomos tensos y sus páginas frágiles, mi mamá y sus padres, una boina de un viaje y el recuerdo de ese tramo hacia Reconquista. En las fotos todas las caras fuera de ellas ya son otras con los huesos más escondidos o marcados pero hay una resina que corre por la piel y alimenta el mismo sentimiento que crece como las ramas que asoman. Desde la única ventana todos los días un árbol de nísperos, uno de mora, un jacarandá, siete palmeras, un limonero y un techo cubierto de maracuyá frotan sus hojas contra el cielo o entre sí. Aprendo a escribir leyendo y mirando la transformación sutil del mismo escenario en el que paso las primeras horas del día con las interrupciones de Francisquita que se trepa desde el respaldo de mi silla y pide lápices para pintar. Tengo velas aromáticas y cuadernos sin usar que me han regalado para que escriba. Durante mucho tiempo solo podía hacerlo en hojas sin renglones, así que tengo, de quienes me conocen las obsesiones, esas gentilezas. Ayer mi vecino Car, que es artista y toma clases en el taller, me trajo una caja de almendras bañadas en chocolate. Mi maestra de jardín escribe por facebook un abrazo lleno de ternura. En esos actos mínimos agujereo mis días, les pongo un tarugo que sostenga las pequeñas escenas y las cuelgo en la mirada que proyecto.

*

En El trabajo de la felicidad, un poema de May Sarton dice:

Pensé en la felicidad, en cómo se teje a diario

con el silencio de la casa vacía

y en que no es súbita ni gratuita

sino una creación, como el crecimiento de un árbol.

Nadie lo ve, pero detrás de la corteza

crece otro círculo en anillos que se expanden.

Nadie oyó a la raíz cavar más hondo en lo oscuro,

pero por ese trabajo hacia adentro el árbol se eleva

y sus penachos brillan, y sus hojas destellan.

Así, la felicidad se teje con la paz de las horas

y hunde sus raíces en lo profundo de la casa sola:

en el rincón, el busto antiguo; los frescos pisos encerados,

blancas cortinas que ondulan suave y continuamente

cuando libre se mueve el viento silencioso por el cuarto;

una biblioteca, una mesa y la pared blanqueada—

esos son los dioses de la casa, queridos y familiares,

aquí el trabajo de la fe puede hacerse mejor

y el árbol que crece es musical y verde.

Porque ¿qué es la felicidad sino crecer en paz,

el sentido atemporal del tiempo cuando los muebles

pasaron toda una vida en el mismo lugar

y los viejos sueños, así como el viento al moverse, agitan

las hojas de la felicidad presente?

Nadie ha oído una mente ni escuchado un pensamiento

pero donde alguien vivió en introspección

el aire queda cargado de bendiciones, y bendice;

las ventanas miran a las montañas y las paredes son amables.

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