jueves 1 de diciembre de 2022
Ahora

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Una mirada desde la alcantarilla

Desechados: cuerpos en la basura

La infancia huyó

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Nika Turbiná fue una poeta rusa que conocí hace unos años gracias a Llantén, una editorial independiente que traduce a poetas de distintos orígenes. Pero esta poeta particularmente, me había llamado la atención porque reunía textos escritos desde los siete años. Además tenía una historia de vida atractiva, ella le decía a su madre y abuela, las mujeres que la criaron, que había una voz que le dictaba qué escribir y eso tenía un dejo de horror que iba creciendo cuando te adentrabas a su obra y a su vida. Se convirtió en una estrella precoz que recitaba por canales europeos sus poemas, a los nueve años publicó su primer libro, Cuaderno borrador, y a los once recibió el Premio León de Oro, (sólo recibido antes por la poeta Anna Ajmátova a sus 65 años). A los veintisiete años Nika se suicidó después de una intensa trama personal que la hizo transitar adicciones, hospitales psiquiátricos y hasta un romance en el nosocomio con un médico mucho mayor.

La sensibilidad de una nena de nueve años que escribe un poema como este que se titula Un niño ciego es algo que siempre me impacta:

sobre un montón de basura

juega con fragmentos de vidrio.

Y en sus ojos muertos

irradia el sol.

que él desconoce.

La luz brilla

en los vidrios cortantes,

sus dedos temblorosos

revuelven la basura

creyendo que son flores

que brotan

bajo el cielo

del paraíso.

El niño ciego

recibe feliz cada mañana

sin saber que detrás

de su pequeña espalda

siempre está la noche.

*

Estábamos con mi hija en Buenos Aires una noche saliendo de comprar una hamburguesa para ella que se había antojado, yo estaba fastidiada por el cansancio y le dije que la comiera en el auto mientras volvíamos al hotel. Pipi que en ese entonces habrá tenido ocho años quedó quieta en la vereda y me hizo agachar hasta su cara: “No puedo comer”, me dijo y más me enojé, le pregunté por qué y ahí señaló a un viejo que revolvía la basura. La dejé que se acerque a ofrecerle la hamburguesa pero el hombre la miró mal y ahí notamos que su pulso inquieto lo tenía queriendo tirar algo y que no estaba revolviendo nada. Nos reímos todo el regreso, pero pienso en que en la infancia hay una resistencia al desgaste que los adultxs tenemos. Hay pobres y hay basura. A nosotros a veces se nos confunden y son tratados como lo mismo.

*

Anoche no pude dormir, se me acalambran brazos y piernas alternadamente, solo puedo sostener una pose de ballena siempre asomada sobre la superficie de las sábanas con la panza mirando el techo, Francisquita me pide los abrazos contra el miedo o a favor de un último tiempo juntas, tan juntas y apretadas sin nadie más. Por costumbre entré a instagram y ahí entre fotos de paisajes lindos, leí la noticia del nenito que se mató al caerse de un camión de residuos municipal. Quedé con la sensación espantosa de la escena. Sebastián acostumbrado a jugar en el Volcadero, trepado al camión como una hazaña más de sus días entre moscas y tierra flotando. Sebastián aplastado por una rueda. Los municipales habituados al traqueteo, al olor, al descuido. Hoy, una notera le preguntaba al subcomisario que respondía con el registro propio un masculino, menor, un conductor que no se percató, ella insistía en saber dónde estaba la madre del chico, después preguntó por el padre y ahí le dijeron que no tenía. Un guacho hija de una hembra que nació al borde de la podredumbre y que muere aplastado como un insecto. Nadie dice más nada.

*

El hilván puede ser el vaho, el dolor, el olvido forzoso por no mirar cuando cruzamos cerca de donde están revolviendo los restos que tiramos. Una vez iba caminando por calle Corrientes apurada y de adentro de un container se asomó un tipo a decirme qué linda sos. Me reí después del susto, y después volví a pensar en cómo es posible que te den ganas de encontrar un elogio mientras tenés la cara enterrada en la mugre. No soy más buena ni mejor por pensar, yo sigo caminando y tramando cómo sostener los estantes que se aflojan en mi casa, mi trabajo, mis hijas, mi vida. No hago nada más que escribir recuerdos y tratar de encontrar una línea que me lleve a más preguntas. Porque solo el discurso publicitario está completo, el que se autoproclama suficiente para entender el mundo, y el mío es una calle más de esta ciudad llena de pozos y de vallas que me hacen dar otra vuelta más y confundir el camino.

*

Dice otro poema de Nika Turbiná siendo niña:

¿Con los ojos de quién miro este mundo,

a los amigos, los parientes, los animales,

los árboles, los pájaros?

¿Con los labios de quién libo el rocío

de la hoja caída en la vereda?

¿Con los brazos de quién rodeo esta tierra

tan indefensa y frágil?

Pierdo mi voz entre las voces de los bosques,

los campos, las lluvias, la ventisca, la noche...

¿Entonces, quién soy?

¿En quién debo buscarme?

¿Cómo responder a todos

con la voz de la naturaleza?

Para seguir a Belén Zavallo en redes sociales:

Instagram: @belenzavallo

Facebook: Belén Zavallo

Twitter: @MBelenzavallo

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar