martes 24 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

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Las bienaventuranzas opacas

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María habla poco pero si estamos solas, desenfunda sus historias mientras limpia. Es bajita y tiene una mordida como de carpincho o de nutria, una mujer que no hace nunca ruido, que limpia sin azotar cosas, sin el movimiento exagerado del agobio. Tiene una predisposición que yo admiro en quienes limpian las cosas de otros: una taza, un inodoro, un vidrio lleno de huellas digitales ajenas y su calma. María parece que nunca se preguntó si le hubiese gustado hacer otra cosa, pero se ilumina cuando habla de sus tres hijos o de Francisca que la persigue los días que viene a casa y que la llama los días que no está. Hoy me desperté y leí un fragmento de las Bienaventuranzas porque tenía que menguar el enojo. Me molesta no poder dormir. Me punzan los miedos, los calambres, la soledad del insomnio. Leo como una transacción del lenguaje. Cambio puteadas por mantras. Un trueque íntimo que me recupera. En Fragmentos de un evangelio apócrifo, Borges escribe una lista que comienza empezada y que así da la sensación de algo que nos viene incompleto, un hallazgo y una estrategia para afianzar lo verosímil. María me escucha bajar la escalera quejándome de la descarga que me dio la baranda y me cuenta que el chiquito de ella el otro día la esperó con las manos quemadas, le pregunto más para que amplíe el relato y dice que estaba jugando con un chico que lo cuidaba mientras ella trabajaba en otra casa y que tocó un cable suelto de un palo, que le dio una patada tan fuerte que el nene de dos años empezó a correr en círculos sin parar, que las yemas de los dedos le quedaron marrones. En la calle, le pregunto como exclamando y me dice sí, que era sobre un palo que ella ya le había dicho yo a su marido que arreglara, porque ahí no entra nadie más a hacer nada, ni la municipalidad, ni policía, ni nada. María sacude el trapo en el agua para que suelte la mugre y lo extiende como el lomo de una raya sobre el palo del piso, limpia con prolijidad, y repite el movimiento. Mi hijo es terrible, dice, se manda cada macana. Yo le digo que más descuidados son los que dejan así el alumbrado público, que es chiquito y como con toda criatura el peligro siempre anda en sus bordes. Y sigo escribiendo sentada de espaldas a ella que saca las cosas del secaplatos sin chocar nunca un cubierto con otro, acostando los platos como si fuesen blandos.

Me acuerdo de pequeñas descargas que me daba un velador de chica, de las puntas de los dedos apretando chispazos invisibles, de un cuento del campo con uno a caballo estaqueado por un rayo en un regreso con tormenta. Me acuerdo de una mujer tan mala que cada vez que la cruzaba sentía una vibración extraña, como una electricidad en la sien, en un cumpleaños la escuché preguntar qué hace acá lazavallo, con la fuerza en la lengua para que todos se enteren de su indignación. Me acuerdo de cruzar en auto por el costado de un accidente en el acceso norte, de ver de cerca un cadáver, de la discusión en suspenso con mi hija que quería llegar rápido, del silencio posterior en el viaje. Me acuerdo de una invasión de aguas vivas y de sus ronchas en la pierna. Me acuerdo de la primera vez que entré al mar. Me acuerdo de los filos contra la piedra, el corte sobre la carne, el hueso despegándose. Me acuerdo de los coletazos en mi panza, del terror de romper bolsa a la madrugada, de la imagen del cuerpo como jaula en un sueño.

Hoy temprano leí la noticia de la nena de doce años que murió electrocutada por tocar un poste de luz en su calle. El llamado a la policía. La foto de la ambulancia. En todos los sitios ilustran la noticia con dos hombres agachados contra una pared en la oscuridad. Las Bienaventuranzas se apagan en la letra. Una nena que podría haber sido otra, el hijo de María, una mujer adulta, un joven, un borracho o el cana que ahora se hinca sobre el cemento.

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