viernes 27 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Cuadernos blancos

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“Las colinas cotidianas” llama Mary Oliver a los días comunes en un poema. Me gusta esa forma de nombrarlos, son días sin nada extraño que en una mirada con perspectiva y por acumulación empiezan a tener un sentido. “La época en la que” está llena de esas colinas cotidianas que transitamos como por inercia. Me gusta pensar en las fiestas después de que pasan, antes me cargan ciertas ansiedades, cómo organizamos el menú, reviso la forma en que la casa puede ofrecer mejor las comodidades para quienes vienen, me mortifico porque pasé un año más sin las copas de cristal para champagne, sin el mantel nuevo, sin las cucharitas de postre todas del mismo juego. Me encantaría una mesa estilo Juliana Awada aunque a ella no la soporte. Me gustan las cosas lindas e inútiles, la faja que ajusta las servilletas, las borlas que penden en las puntas de los manteles para que no se vuelen, las flores recién cortadas en floreros antiguos, los platos de sitio, los cubiertos para entrada y postre, el platito del pan y su untador, siempre quise un cosito para poner un huevo solo y volver a vaciar su interior con cucharita como me lo servía mamá crudito adentro y la clara cocida, tirar la cáscara casi completa. Cosas inútiles que odiaría lavar y guardar, encontrarlas una vez al año con algún resto seco y pegado, o escuchar la cerámica rompiéndose contra el piso y ver a Francisca con la cara de hacer destrozos, pero que a su vez serían cosas que inaugurarían una anécdota "te acordás cuando rompiste la jarra que era de tu abuela". El día común con un brillo especial.

Mi madre siempre tuvo un juego completo de cerámica, todo el conjunto de cosas con un fondo blanco, ribetes azules y bordes dorados: platos, tazas, tetera, fuentes, todos los tamaños para cada cosa. Creo que aún lo conserva, las últimas navidades que fui a su casa, estaban y al sacarlos siempre había que lavar todo de nuevo antes de usarlo. Lo innecesario llenando el tiempo de detalles. El registro de lo inútil que conforma la vida y sus colinas.

Hace unos meses me regalaron dos cuadernos blancos, aún los tengo con el plástico fino que los envuelve. Quiero usarlos este verano para anotar los sucesos insignificantes. El color más azul de las venas de la panza, la forma de la luna en el campo, el camino que surcan las hormigas antes de la lluvia, buscar la forma de encontrar el fuego.

*

EL AMANECER

Podés morir

por un amanecer -

una idea

o el mundo. La gente

así lo ha hecho

con esplendor

entregando

sus pequeños cuerpos

a la hoguera,

creando

una inolvidable

furia de luz. Pero

esta mañana,

mientras trepaba las colinas cotidianas

bajo la maquinaria cotidiana

del amanecer, pensé

en China

en India

en Europa, y pensé

en cómo el sol

resplandece

para todos y tan

alegremente

cuando sube

Bajo las pestañas

de mis propios ojos, y pensé

¡Soy tantas!

¿Cuál es mi nombre?

Cual es el nombre

de este aire que respiraría

una y otra vez

por todos nosotros. Llamalo

como quieras, es

la felicidad, una

de las formas de entrar

al fuego.

Mary Oliver

(publicado en El trabajo y el sueño por Caleta Olivia)

*

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