lunes 30 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Conservar el dolor

La potencia de la fragilidad

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En todos los canales de noticias están los padres de Fernando Báez Sosa. El juicio empezó ayer en Dolores, hay un pantano de horror en las imágenes de las cámaras de la calle de esa noche de fin de año. El fin de un año y de una vida que coinciden en el estruendo de lo que se destruye como con pólvora. En twitter alguien escribe que mirando de nuevo ese video, vio a uno de los rugbiers lamiéndose la sangre de Fernando para limpiarse. Estoy en el campo entre animales y esos jóvenes no son de esta fauna. Son la especie de perversos que crecen sostenidos por la fuerza del privilegio: ser varones, de clase media alta, forzudos, de familias “bien” y que practican un deporte que, mal entendido, los entrena para matar.

Escucho a los padres el día antes del juicio y dicen que, desde ese día, son dos infelices, muertos en vida, que viven solo para hacer justicia por su hijo.

Escucho a los padres después de la primera audiencia dicen que se pusieron la misma ropa que usaron la última vez que estuvieron juntos los tres cenando, antes del horror.

Apago el televisor porque estoy con contracciones y el dolor me punza como una lanza.

Pienso que hay veces que nos revestimos de fuertes con la mayor fragilidad que hayamos conocido. La misma ropa de una noche feliz es ahora un escudo para enfrentar las caras que le arruinaron la vida.

El primer libro que leí este año es La otra hija de Annie Ernaux y ahí está la historia, escrita en forma de larga carta dirigida a la hermana muerta, de los padres de la narradora que se han encargado de ocultarle la historia de la hija que nació antes y que murió de una enfermedad. Padres que eligen hacer más intima la muerte, incluso de su otra hija. Sobreviven, siempre pienso que los padres de hijxs muertxs son sobrevivientes, metiendo a la nueva hija en una burbuja como para que el dolor que se extiende como un pulpo, no la alcance. No es la voz sufriente de los padres quien narra el relato, es la otra hija preservada del dolor. Pero pienso que las formas de resguardo son todas válidas y que así como no puede cuestionarse la elección sexual, tampoco se puede calificar cómo cada persona elige asumir la muerte menos querida.

Hay unos versos de Silvina Giaganti que dicen “siento que estoy llena de vida y también que no la soporto” y otros que dicen “volver a pasar por el mismo lugar sin hacerse tanto daño”.

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