domingo 5 de febrero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Cajonear

Ley de prioridad: yo (ni) te conozco

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Lxs editores siempre dicen que ordenar en géneros los libros sirve para las editoriales. Lxs poetas dicen que meter en cajas con etiquetas, en carpetas de drive, en estantes de biblioteca sirve para calmar la neurosis. En un supermercado el orden nos traza un mapa.

Voy a hacer las compras siempre que puedo porque el embarazo no me permite soportar tiempo parada ni lejos de casa, busco lo indispensable y me recreo porque estar muy adentro también me embota. Ayer fui al súper que elijo por menor distancia, me perfilé con Francisquita hacia la caja de “Prioridad: embarazadas, adultxs y discapacitadxs”. La fila era larga y se anteponían a mi lugar en el fondo unos nueve hombres que sostenían el entusiasmo en una charla sobre inflación, fútbol, las elecciones sobre las botellas cargadas para las fiestas y el estado del clima. Los varones bien vestidos estaban en la fila de la prioridad pero ninguno parecía más que canoso. Ante la duda, dejé mi puesto con el carrito y recurrí a la cajera para consultarle si había caja para embarazada o era solo esa de hombres conversando sobre sidras la que debía ocupar, me dijo que volviera al final de la cola. A mi hija la entretiene ver cosas y hablar de ellas, miramos las tinturas y las caras, los colores del pelo, los bebés en los paquetes de pañales, olimos las cajas de cremas desde afuera, revisamos que no faltaran cosas y que no sobraran otras que suele meter de las góndolas. Efectivamente había un Papá Noel colado que quedó entre champúes.

En la panza “El Puchi” como bautizó Francisca a su hermano, me pateaba las costillas. En esta semana veintinueve siento que el espacio entre el comienzo de la panza y la caja toráxica están en fricción permanente. Chocan de manera que respiro profundo para guardar más aire y al segundo siento como si viviera con un globo pinchado. Para sostener la ansiedad pensé en un poema de Allen Ginsberg que hace poco releí:

Qué de imágenes tuyas me vienen a la mente esta noche, Walt Whitman, hoy que fui caminando por calles laterales debajo de los árboles con dolor de cabeza, mirando con pudor la luna llena.

En mi hambriento cansancio, salí a comprar imágenes y entré al supermercado de frutas de neón, soñando con tus enumeraciones.

¡Duraznos y penumbras! ¡Y familias enteras de compras por la noche! ¡Pasillos llenos de maridos! ¡Mujeres en las paltas, bebés en los tomates! Y vos, García Lorca, ¿qué hacías ahí, entre las sandías?

Walt Whitman, yo te vi sin descendencia, anciano y solitario excavador, hurgando entre la carne en la heladera, y mirando a los chicos de la verdulería.

Te escuché hacer preguntas acerca de cada una de esas cosas: ¿Quién mató a las costillas de cerdo? ¿Cuánto cuestan las bananas? ¿Sos mi Ángel?

Deambulé entre las pilas de latas relucientes persiguiéndote, y en mi imaginación me persiguió el vigilante del supermercado.

Fuimos por los pasillos desolados, a nuestra usanza solitaria, degustando alcauciles, poseyendo todos y cada uno de los manjares congelados, y sin pasar jamás por caja.

Walt Whitman, ¿dónde vamos? Cierran en una hora. ¿Hacia dónde señala esta noche tu barba?

(Toco tu libro y sueño nuestra odisea en el supermercado, y me siento ridículo).

¿Vamos a caminar toda la noche por calles solitarias? Los árboles añaden otra sombra a la sombra, en las casas las luces se apagaron, nos vamos a sentir solos los dos.

¿Iremos caminando, soñando con la América perdida del amor, pasando autos azules en estacionamientos, hasta llegar a nuestro silencioso chalet?

Querido padre, barba gris, solitario maestro del coraje, ¿a cuál América llegaste, cuando dejó Caronte de remar y te bajaste en una orilla llena de humo, y te quedaste ahí mirando cómo el bote se perdía en las oscuras aguas del Leteo?

El problema del tiempo cuando estás embarazada es que no es el tiempo del cuerpo en estado de soledad. Es un encimamiento de taquicardias y de vejigas, un juego de cajas chinas superpuestas que pelean por salirse de la otra. Una violencia íntima y sutil que se hace evidente en los tobillos y en la vena de la ingle que va enroscándose como una cinta navideña que sube hasta ahorcar la estrella del árbol.

Volví al inicio. ¿De verdad esta es la fila de la prioridad? La cara imperturbable de la cajera 13 me indicó con los ojos de rayo láser que marchara al final. Los hombres ya estaban en el brindis de su charla. Mi fastidio rompía sus burbujas con resoplidos de vaca.

Vi una caja con menos gente. Ningún ancianx. Ninguna conversación grupal. Nos ubicamos ahí con la panza chocando el carrito. Un hombre joven me dijo que tenía que ponerme en la fila de la prioridad pero cuando le expliqué se dio vuelta y siguió instalado delante nuestro. Me pareció gracioso. “Qué barbaridad” dijo “esos viejos vienen a hablar al pedo”. Pasada la media hora llegó mi momento. Saqué de a una las galletitas, la leche, harina y salsa de tomate. Tenía pensado hacer pizzas para mis hermanxs en la noche. Después de los pippp le pregunté al cajero por qué no abrían otra caja prioridad. Me respondió que yo tenía que avisar a la chica de la trece. Le conté que lo hice dos veces. Pagué y en la salida hacia el estacionamiento me detuve a pedir el libro de quejas. No escribí un poema pero dejé constancia del atropello. La chica que tenía que entregarme el libro preguntó por qué y dijo “ah porque siempre la ocupan esos viejSEÑORES”. No me reí. La escritura siempre es poderosa. Talla verdades. Ensarta algo imerecedero que puede transformar lo injusto.

Ya en mi casa entré al sitio de defensa al consumidor. Escribí la misma historia. Adjunté imágenes. Destiné media hora más al súper. Cuando subí a Francisca a dormir la siesta mi celular empezó a encenderse interminablemente. Después llegó un audio de un número desconocido. La voz se presentaba como el gerente del supermercado que dice conocerte. Quería disculparse. Hay estipulada una multa de un valor elevado en estos casos. Ahora la que no tiene urgencia en responder soy yo.

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