lunes 5 de diciembre de 2022
Ahora

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Una mirada desde la alcantarilla

Árbol de cabras

Descolgar los días comunes

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Ahora. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Ayer volví a cruzarme con una imagen que, siempre que la veo, me capta. Son cabras turcas que se montan a los árboles de argán para comer los frutos. Parecen, como en las navidades, esos cocoliches de cosas que se montan para generar una tendencia. Hubo una época de pinos blancos en las casas de decoración, otra de estructuras metálicas, durante un tiempo se adornaban con bolas y figuras distintas, lo único que cambiaba era que se le sumaban más porquerías nuevas de esa edición navideña. En mi casa el árbol flaco era verde y había que envolverle con guirnalda las ramas para darle cuerpo. No seguía un criterio estético, era lo que se sacaba de la caja el 8 de diciembre y se le ponía. También fue así con la ropa de mi infancia, se reflotaban prendas de otras épocas que me vestían, algunas habían sido de primas, otras incluso las había usado mi hermana que me llevaba más de diez años. Me parecían espantosos esos vestidos estilo Sara Kay, mamá insistía que era hermosos y caros, de la tienda de antaño que vendía ropa de calidad, las costuras sofisticadas con nido de abejas y puntillas bordadas. Todo lo que me parecía incómodo y horrendo en ese entonces, ahora lo miro y me gusta. No visto así a mi hija, tiendo a lo cómodo. Lo mismo con las navidades, no adorno la casa, me parece una costumbre que no tiene que ver conmigo. Enciendo más luces en el patio, eso sí, una guirnalda de foquitos que iluminen sin ocasionar migrañas. Me gusta el destello suave. Las tuca pan tuca pan que perseguíamos en la canchita frente a la casa de mis padres, parecían estrellas fosforescentes que jugaban sobre nuestras cabezas. Después los bichitos de luz que, si estábamos sádicos, raspábamos contra el cemento para que el trazo permanezca unos segundos brillando. Un truco de mágico de la naturaleza. Cosas que aún me alucinan.

*

Digo, las cabras se trepan al árbol y se instalan a comer, así sobreviven. Mi hija Francisca está en un permanente aullido, a todo lo que quiere lo antecede la palabra mamá. Me invoca, convoca y asfixia con las cuatro letras que se estiran. Hasta estando encima mío dice “quiero con mamá”. Tengo la panza que va asumiendo su forma. De noche se empina una punta y, al rato, el movimiento brusco del salto. Un salmón a contramano en la cascada. Otro hijo que hace visible su presencia. Siento que la única que se sienta en el tronco y espera es la mayor, pero enseguida necesita plata para viajar a estudiar, plata para la ferretería, la clase de apoyo en la materia que no entiende, el horario de regreso para que la busque o la lleve a la terminal. El árbol con las cabras encima tiene el aspecto maternal que me va secando la paciencia. Pienso en otras mujeres y en cómo lidian con el tormento de los días.

*

Un poema de Jaz Hollman, publicado en Los días comunes, se llama Pitucón y dice:

Coso un pitucón

en las rodillas

del uniforme escolar de Felipe.

Es la tercera o cuarta vez que lo hago.

Podría comprar un pantalón nuevo

pero remiendo este.

No sé por qué

me empecino

en tratar de arreglar,

una y otra vez,

lo que ya está roto.

*

El libro se desliza por la vida cotidiana de una mujer que además de trabajar es madre y poeta.

Espero mientras el Kohinoor centrifuga

uniformes de colegio,

joggins y remeras.

El agua cae

en un recipiente azul

Los restos de espuma

dibujan una vibora,

después un dragón y al final

un animal parecido a un perro

que tiene la boca abierta.

El hilo de agua se apoca

y la figura se deforma

hasta desaparecer.

A veces, lo que me salva

es simplemente esto.

*

Jaz es una amiga en la distancia que sostiene esa soga de colgar los trapos al sol. Somos entre poetas una comunidad que ayuda a bajar las cabras con el diálogo, la recomendación de libros, el tráfico de ebooks. No me gustan los espacios con nombres que enjaulen, entonces entre algunas nos hacemos “socias” del club de las flores. Mantenemos un jardín virtual de brotes y plantas que nos quitan el tedio, que nos involucra en la mirada de las calles que vamos recorriendo. No sabemos mucho de la vida de la otra, no cortamos gajos sin permiso, vamos sin invadirnos como diciéndonos acá ando, descolgando cabras.

*

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar