lunes 28 de noviembre de 2022
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Una mirada desde la alcantarilla

Apuntes perdidos

El deslizamiento de la escritura

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Tengo las tripas enmarañadas. Me duele estirar el torso porque los nudos se ajustan más. El lenguaje me desovilla. Escribo para decirme qué me tiene atada a la garganta. Cuando hablo de escribir pienso en la postura física. Me siento y de a poco las rodillas se van bajando, se distancian del ombligo a medida que las palabras me dictan qué tengo que decirme. Ese es mi primer pensamiento: escribo para descubrir. Por eso las piernas se estiran hacia el suelo, para pisar y saber cómo es lo que hay debajo de sus plantas, delante de sus músculos.

Los viajeros llevan su libreta de bitácora. Guardan ahí lo que van viendo por primera vez. Se asombraban nombrándolo todo. Un jinete tenía cuerpo de bestia. Cuando escribo puedo ver mis patas, una transformación animal que me va enseñando la letra que sale sin saber si en realidad viene de mí o si llega hasta el margen donde me encuentro.

II

Se produce en los márgenes. Tú eres tú y tu decepción. La descomposición de la luz. En gran copia. Tú y tu sombra. Tú y tu dejar libre. Tú eres tu y tu descaro, desde donde das órdenes. Tú y la construcción de la torre donde me señalas o me vigilas. Se produce en los márgenes. Acción de descomprimir, desaliño. Tú eres tú y la velocidad con la que te trasladas de un pensamiento a otro. Hacer es deshacer. Tú y tu repetición en otra boca. En la boca de la sociedad que se abre para adorarte. Tú eres tú y tu máscara. Perder. Perderla toda.

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Dolores Dorante

III

Durante un tiempo usé anteojos de aumento. El oftalmólogo que me revisó me había diagnosticado astigmatismo. Una distorsión en la visión. Ver bien de cerca, el detalle mínimo desplegado y la distancia perdiéndose. Trataba de usar los anteojos. Cuando escribo el pasado adquiere nitidez. Miro cómo la ruta se derrite y flota un agua encima del cemento. Viajábamos con mi madre hasta el aeropuerto. Ella me dejaba faltar a clases.

Mamá miraba levantando el mentón, como si una soberbia se estrenara en ella cuando sostenía el volante. Nunca en otras ocasiones su cuerpo adoptaba esa postura, mamá siempre se inclinó para vernos, puso su cara delante de la nuestra, pero cuando manejaba la frente se le iba hacia atrás como una reina con corona pesada.

Solo por eso acepté hacerme los anteojos horribles de aumento. Los usé hasta que no los necesité más. Es como si las ganas de sentirme conocedora de un camino, dueña de un tiempo y un manubrio me bendijeran con una libertad que no solía sentir. Lo mismo hubiese sido un caballo, unas riendas y el pelo apoyado sobre el viento.

IV

Quiero escribir el camino del salmón pero en mi casa nunca comimos más que pacú, dorados y bogas. Milanesas de tarariras. Mojarritas fritas en las ollas al fuego las noches de pescas y de mosquitos. El olor en las manos engrasadas y las espinas como ramas secas sobre el borde del plato.

V

¿Cómo se hace para vivir y al mismo tiempo tener una amante muy exigente, como la escritura? Una amante casi tiránica muchas veces. En el libro menciono una frase que creo que es Edmond Jabès, que dice: “Cuántas páginas tiene el libro: tantas páginas de soledad”. La escritura es muy exigente.

María Negroni

VI

En el agua del texto no hay tiempo para boquear aire. Hay que sumergirse al fondo, lamer el moho de las piedras, alimentarse de lo que crece mientras se pudre.

VII

Tengo la cara contra un espejo ennegrecido. En mi casa el baño tenía un botiquín que se plegaba. Tres hojas que encerraban mis gestos. Nunca me parecieron iguales mis perfiles, había algo corrido en la mitad derecha que cubrí desde que un peluquero me hizo un corte y puso la raya al costado. Los peces tienen la cara igual en los dos lados. Un frente que se ajusta como un cinto en la cintura de mamá bajo su falda. En mi adolescencia nos prendíamos al centímetro del costurero, contábamos cuál era la más fina. Nos habían dicho noventa sesenta noventa. Siempre mis caderas pasaron los números, mis pechos jamás lo superaron, mi cintura fue la más obediente pero los embarazos la fueron inflando. Cuerpo de botella abandonada al sol. Una cara en la cara de la madre. La hija en la cara que no ha sido.

VIII

Crecen escamas en el cuello.

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