jueves 29 de febrero de 2024
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Una mirada desde la alcantarilla

Anotaciones sobre las esquinas

Unos rincones más

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Los descuidos de antes suelen presentarse metidos en la memoria de momentos felices: muchos niños sueltos en un auto o en un colectivo haciendo coreografías en el pasillo, aprendiendo a manipular algo con filo, caminando por los tapiales, subidos a los techos. Una sucesión interminable de cruzadas de la infancia que desde la adultez son todas peligrosas. De chicas nos gustaba sentarnos en los cordones, las esquinas tenían esa bisagra de dejarnos ver quiénes venían de uno u otro lado, ampliaban nuestra óptica y nos exponían a ser vistas, no se nos cruzó nunca el riesgo de que un auto viniera despistando, que arrasara con nuestros cuerpos. Ser vistas en un pueblo donde nada dejaba de estar a la vista, no era necesario pero la juventud resalta las urgencias. Ser vistas era entonces existir en el deseo de que otros nos reconozcan y vean, aún en un cordón de pueblo, sentadas e inalcanzables tan al ras del suelo, con el pelo revuelto de tierra seca y viento, con las rodillas ardidas de cemento. Nosotras guardábamos una estampida de bisontes en nuestros pechos, el tamaño del jilguero en la imagen y la combustión de todo lo que podría ser el futuro si nos arrancaban de la esquina.

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De a uno nuestros amigos frenaban sus bicicletas, la que estaba más cerca de la casa corría a preparar un termo grande con hielos y jugo de sobre, otros rolitos en el mate, poca yerba, rodajas finas de limón. Tomábamos en ronda la única cosa fresca durante esas siestas. Una bombilla sudada de frío, las frentes lustradas de sol, los dientes conteniendo todo lo que no sabíamos ni siquiera nombrar. La juventud tiene muchas esquinas guardadas, los nombres ciertos de las calles, la posición de las piernas, los juegos que empujábamos hacia el cielo con la fuerza animal que después quizás olvidaríamos.

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El perfume de los árboles siempre estuvo sobre nosotras. Frente a la casa de Gisela había un bosque de eucaliptos, mentira, no era un bosque, era una hilera de árboles viejos y hermosos, un poco deslucidos por el paisaje, para nosotras caminar hasta el polideportivo por ahí era cruzar el tramo mágico. El aire se abría en la punta de la nariz y recorría los vellos de nuestros brazos, algunas veces nos erizábamos, decíamos “piel de gallina”, entre nosotras cacareábamos todo lo que podíamos, vamos a hablar de tal cosa y de tal otra: pensábamos en hablar hablando en el futuro. Hablar y hablar, ahora escribir. Hace pocos días Gi me escribió y charlamos con esa forma que no necesita enhebrarse. Una conversación que permanece más allá de los caminos y de las esquinas, el cruce con la amistad duradera es otra forma de volver a sentarnos descalzas con los ojos finos de polvo sobre nuestras caras. Las chicharras en el fondo claro. La luminosidad de saber que aún alguien está al lado, pese a toda la vida, pese a toda la distancia. La insistencia silenciosa.

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Cuando llegaba a lo de la Yoyi y miraba hacia el centro veía la plaza, si entornaba hacia el otro lado estaba el campo de lo Chiardola, un trazo ancho de la municipalidad, unas piletas inmensas con caca. Antes, las cloacas, me habían dicho, eran éstas y nunca pude dejar de mirar sin asco. Esos huecos profundos que veía asomar desde lejos (pero cerca) eran piletas de caca. Cuando fuimos a Scout en el grupo de la iglesia salimos de travesía por ese tramo. Unos toros dijimos que nos corrieron, después supimos que era el mugido de unas vacas. En nuestra lengua fuimos acechadas por unos toros furiosos y nosotras seguro estábamos vestidas de rojo como en una película de Almodóvar.

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Antes de cruzar la última calle, estaba la carpintería de Martincho Schlund que supe que murió hace poco, en mi casa mis hermanos tenían el hábito de nombrarlo, cuando en artesanías de la escuela pedían maderitas iban hasta su galpón y él los dejaba elegir. Otras veces llevaban cañas para cortar parejas, cosas que en casa no había, estaban ahí. El olor a aserrín, las zetas pronunciadas de Martincho, la cara casi roja, los ojos celestes, la boina, un alarido de paisano que solía gritar al salir, los pies siempre flotando sobre una mata de madera deshecha. Hace un tiempo, operaron (en esa misma manzana de mi casa) a cuatro personas de lo mismo, una de ellas es mi mamá, la primera creo que fue la Yoyi, después la Lela que es modista y vive pegada al taller de carpintería, el tercero Martín y última mamá. A todos les dicen los sin estómago, les dicen se reduce a mi modo de hablar de ese fenómeno que a nadie le interesaría como tema de investigación, ni siquiera a mí que solo gustan de las coincidencias. Una manzana sin estómagos o con menos, cosas que no se pueden tragar, historias a medio digerir. Las esquinas, repito y vuelvo al barrio.

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Facebook: Belén Zavallo

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