jueves 26 de enero de 2023
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Una mirada desde la alcantarilla

Ama de casa 

Otro tipo de piel

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Algunas mujeres contraen matrimonio con casas.

Es otro tipo de piel; tiene corazón, boca, hígado y movimientos intestinales.

Los muros son permanentes y rosados.

Vean cómo se sienta sobre sus rodillas el día entero, limpiándose abnegadamente.

Los hombres entran a la fuerza, succionados como Jonás dentro de sus madres carnosas.

Una muier es su madre.

Eso es lo más importante.

Abro un libro al azar y se me aparece este poema de Anne Sexton. Para escribir todos los días tanteo la punta de la lengua, hoy pensé en qué tenía para decir sobre el Poema sucio de Ferreira Gullar porque lo vamos a dar en el taller de esta tarde, después pasé a Apegos feroces y en cómo se puede narrar una vida y las que se van cruzando con ella a través de paseos en una ciudad, pero vivo adentro de mi casa hace bastante tiempo. Meses en que mi casa es mi ciudad, mi país, mi continente. Entonces capturo escenas domésticas, Francisca dejó de tomar la teta después de una lucha feroz hace seis meses cuando supe que estaba esperando otro bebé, sin embargo cada día, mientras estamos juntas acostadas busca el pezón derecho, lo agarra y aprieta como a una hornalla que quiere encender. Nos reímos mientras trato de escurrirme de sus manos y escapo a su boca que se acerca como una ola que crece. Eso es apego y es feroz, digo, ahí puedo encontrar el postigo para abrir un buen texto y al instante me distraigo con otra cosa. En el piso hay un camisón sucio y la toalla húmeda cuelga de la ventana. La sostengo cerca de la cara para percibir cuánto tiempo de secado le falta, mismo gesto de apoyar la mamadera para medir su temperatura.

El cuerpo me crece y me queda lejos del escritorio. El bebé estira las costillas como un arco se aleja de la flecha quiero que despegue, que nazca él o irme yo de estos huesos para poder maravillarme desde afuera sin dolores de columna, ni ahogos, sin la persiana cayendo sobre el tórax. En mi casa de la infancia, cada vez que se soltaba la cortina de cedro que cubría una ventana mamá le pedía a mi hermano Fernando que arreglara el desastre. Las tablas de madera oscura se plegaban entre sí como un acordeón desvencijado, Fer trepaba y exhibía sus músculos hasta cambiar la cinta de los bordes que enrollaba el sistema de persiana. Siempre que pienso en mi hermano mayor me río, hay una pequeña alegría inusitada que se despierta porque me parece un personaje cómico, agrego detalles a sus actos, después de arreglar la ventana seguro que el resto de la grasa oscura de las correas pegada en las manos fue usada por él como una crema hidratante. Cuando terminábamos de comer, en esa misma casa, la que construyeron mis padres hace como cincuenta años, él se ocupaba de quitarle el resto de comida a cada plato antes que mamá, mi hermana o yo los lavara. Sacaba toda la grasa con las manos y se frotaba para que el poder humectante le entrara a la piel. Nosotras lo retábamos y nos escandalizamos del asco con gritos que se repiten en las bocas de nuestras hijas cuando lo ven en navidad o en alguna celebración familiar. Siempre nos terminamos tentando de risa con sus ocurrencias. Ayer lo vi en una foto, estaba en una casa desconocida para mí, rodeado de personas de más de ochenta años y en el centro de la mesa había una torta con decoración de Boca. Dije para adentro se ha metido en un geriátrico random a celebrar y a comer, después seguro junta la mesa y hace el show de las manos mágicas. En mi casa cuando mi pareja lava los platos hace un charco que salpica el piso y la mesada, entonces lo corro de un caderazo. Me gusta mi cocina, manipular mis cosas, saber dónde están guardadas las provisiones. Soy una mujer que ama su casa y que la cela como si fuera una hija más. La única que puede saber qué necesita hacerse aparte de mí es Marcela, que vendría a ser como la niñera de la casa. A Francisca la cuida desde que nació Tizi y yo ando cerca o a veces la cuido yo mientras ella hace un mandado, yo de casa no salgo. A la tarde viene Caro unos días y la hace jugar afuera, van al shopping y se meten en la sala blanda o a su casa que es cerca y ahí encuentra a las vecinitas que son “amigas del barrio” como las llama Franci. Yo escribo en mi casa, leo en mi casa, hablo por teléfono y me conecto a los talleres desde las mismas paredes que conservo limpias de telas de araña y de polvo. Negocio no estar acá solo si voy a otro lugar que conozca bien y que me guste, no me aventuro en ningún viaje aunque sea tentador. En invierno iba a conocer Tafí del Valle pero desistí porque por el embarazo vivía vomitando, tampoco quise ir a Uruguay a principio de mes porque me daba temor parir en otro país, ahora me insisten con moverme una hora hasta el campo pero encuentro excusas. Se me desacomodan más las caderas, ahí se escucha más a Lolo que ronca mucho, me canso de moverme. Si a mi cuerpo lo siento cada vez más ajeno, a mi casa la quiero sobre mí, con sus cosas bien elegidas entre mi boca y el tacto, con su olor siempre limpiándose de otros olores, con su aislamiento del peligro, con el acceso a los sonidos del viento entre los árboles, con la luz del sol del lado de afuera, con la leve oscuridad fresca, con el bostezo de la heladera, con las plantas de los pies blancos, con las polillas siempre muriendo.

Una casa puede ser un escudo, la forma de espantar las larvas de todos los miedos. Una forma del amor profesado por una mujer,

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