*Por Gustavo Tarragona. Politólogo gptarragona@gmail.com

Se dice que la idea de una suerte de idilio o luna de miel política entre el gobernante que asume y los ciudadanos dura unos 100 días. Los orígenes de esta situación se remontan a cuando el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, en 1933, en medio de una grave crisis económica que amenazaba la democracia y la unidad de los Estados Unidos, planteó ese plazo para lograr el consenso entre el Poder Ejecutivo y el Congreso.

En esos 100 días, en el contexto de la Gran Depresión, el Congreso norteamericano aprobó 15 leyes que contuvieron el pánico bancario, dieron trabajo público a cientos de miles de desempleados y fundaron las bases del llamado New Deal.(Nuevo Trato o Acuerdo).

El próximo martes 10 de diciembre, asumirá el presidente electo Alberto Fernández. Ahora, ¿es cierto que la suerte de su gobierno se juega en los siguientes 100 días? ¿o más bien esa “eventual luna de miel política” es más una cuestión de la práctica política y de cierto periodismo?

En política, las cosas nos son totalmente blancas o negras, sobresalen más bien los matices. Un buen comienzo por parte de un gobierno puede ser un punto de partida interesante, pero no es determinante para saber cómo será y seguirá el futuro. Sino que lo digan Duhalde y Menem. El primero no acertó en el rumbo hasta la llegada Lavagna, el segundo hasta la designación de Cavallo y la convertibilidad.

Generalmente los tiempos en política no coinciden con las expectativas de la sociedad, con los cual, más que hablar de sincronías, deberíamos prestar atención a los desajustes, Por ello, el timing es fundamental.

Por otro lado, si bien la cultura política argentina pareciera conocer solamente el corto plazo, no debemos olvidar que, metafóricamente hablando, la película es larga y que es mejor un buen final que solo un buen principio.

Por último, quizá el mito de los primeros 100 días de gobierno se relacione con la idea de legitimidad (esto es el derecho a mandar y a encontrar obediencia a esa orden o mandato) de origen de un gobierno democrático, que emana de las urnas. Pero junto a esta concepción más estática de la legitimidad, está también la legitimidad de ejercicio del poder, aquélla que un gobierno gana o pierde todos los días con las decisiones que toma.

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