Con una inflación histórica, un mercado sumergido en la recesión y el apretón monetario que agrava la sequía de billetes en la calle, el verano pasa agobiante no sólo para las familias, sino también para la gran mayoría de las pequeñas y medianas empresas productivas. Sin embargo, aunque ya hay manifestaciones de la crisis en los casos más extremos, todavía pareciera contenida por el incansable afán de no abandonar y trazar un horizonte de expectativas. La realidad, no obstante, muchas veces choca de frente.

Los empresarios, sobre todo los vinculados al sector productivo y generador de empleo privado, padecen las consecuencias de un escenario complejo que lejos está todavía de revertirse. La crisis -desencadenada por reiteradas corridas cambiarias- mantiene en alerta a la gran mayoría, que desconfía de la estabilidad momentánea y subsiste a cuenta gotas, con medidas alternativas para no tirar la toalla. No es menor que varias industrias en Paraná y otras ciudades de Entre Ríos están con suspensiones, recortes de horas y menos niveles de producción. De igual modo, los despidos van in crescendo.

Indudablemente, aquellas industrias cuya estrategia comercial está fuertemente anclada al mercado interno, sufren con mayor virulencia la caída de ventas por la pérdida del poder adquisitivo de los hogares. Varios son los sectores, sobre todo los ligados a bienes durables, los más rezagados. Más aún se siente en este enero que en el que el promedio de los argentinos decide enfriar sus gastos a la espera de mayor claridad acerca de qué pasará en el futuro inmediato o porque, en el peor de los casos, no sabe con qué ingresos podrá contar los próximos meses.

A este panorama oscuro se suma la asfixia financiera que aqueja a las empresas, con dificultades para hacer frente al pago de proveedores o deudas contraídas debido a las altas tasas de interés y la escasa oferta de créditos. Otro factor clave en esta situación crítica es el peso de los costos energéticos, que desde febrero deberán soportar una nueva carga dispuesta por el Gobierno nacional. La famosa "actualización" de valores y la quita de subsidios pedida por algunos renegados los hace hoy poner el grito en el cielo y piden "gradualismo". El peso del Estado con los tributos es la solución que creen puede morigerar el impacto.

La pérdida de confianza de los empresarios en el Gobierno de Mauricio Macri es un síntoma de la época. El enamoramiento pasó y reclaman otra alternativa, ni el pasado ni el presente, con menos promesas y más políticas concretas, que estimulen más la producción que la timba financiera. Es vox pópuli que muchos creían necesarias las reformas macro aplicadas por Cambiemos en términos de ajuste, sin embargo, nunca imaginaron que también ellos -sobre todo las pymes-, tenían que pagar los platos y hasta quedar fuera de juego.

Hasta ahora, desde mitad de 2018, pasando por diciembre, las Fiestas y el siempre prolongado primer mes del año que llegó con intensas lluvias, ha sido de más resistencia que proyecciones. Dicen que se viene un alivio a partir de marzo porque es un año electoral y los Estados suelen bajar dinero en el pueblo, además de que llegan las paritarias para recuperar parte de lo perdido. Sin embargo, a esta altura del partido, parecen más esperanzas que escenarios seguros, en medio de un verano de mucho aguante que rápidamente quieren dejar en el olvido.

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