Hoy, 10 de septiembre, es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Según la Organización Mundial de la Salud -OMS-, unas 3.000 personas le ponen fin a su vida voluntariamente por día en el planeta, y por cada una que lo logra, hay 20 que lo intentaron y no lo consiguieron. En Argentina muere más del doble de personas por suicidios que por homicidios cada año.

EL SILENCIO

A los comunicadores se nos enseña que no hay que hablar de suicidio. Cuando es imposible esquivar el tema y tenemos que dar cuenta de una muerte de este tipo, recurrimos a eufemismos como “autodeterminación”. Como si cambiar una palabra por otra evitara la presencia de una problemática que efectivamente existe, que duele, y que crece al mismo ritmo que la ocultamos bajo la alfombra porque no sabemos cómo abordarla.

La -acertada- decisión editorial de la mayoría de los medios de comunicación de no cubrir los suicidios se sustenta en una premisa que el manual de estilo del diario El País, de España, sintetiza así: “La psicología ha comprobado que estas noticias incitan a quitarse la vida a personas que ya eran propensas a ello y que sienten en ese momento un estímulo de imitación”.

Ahora bien, ante el crecimiento exponencial de este tipo de hechos graves, la realidad se nos impone y el silencio ya no parece ser una opción. El mismo manual concluye que un suicidio podrá ser publicado “cuando se trate de personas de relevancia o suponga un hecho social de interés general”. Creo que nos encontramos ante esta segunda opción.

LOS CASOS ENTRERRIANOS QUE ROMPIERON EL SILENCIO

El último informe que la OMS realizó sobre el tema, publicado en mayo de 2017 en base a registros de 2015, ubica a la Argentina entre las naciones con mayores tasas de suicidio del planeta. Sobre el promedio sudamericano de 9,6 muertes cada 100.000 habitantes, nuestro país está en el tercer lugar de la región con una tasa de 14,2. Esta cantidad -alrededor de 6.000 suicidios- significa un crecimiento del 98,5% de casos con relación a 2011, cuando el promedio era de 7,3, y más del doble de la tasa de homicidios ocurridos en 2015, de 6,5.

A su vez, el Ministerio de Salud de la Nación indica que el sector de la población más golpeado hoy en día por la problemática del suicidio es el de los adolescentes y jóvenes de entre 15 y 24 años. Según el informe “Situación de la salud de los y las adolescentes en Argentina”, realizado en conjunto por la cartera y la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia -Unicef por sus siglas en inglés-, la cantidad de casos se triplicó en la franja etaria mencionada en los últimos 15 años.

Entre Ríos no es la excepción. A pesar de que no se publican los casos que suceden a diario en los distintos puntos de la provincia, algunos suicidios -o intentos- que nos hemos visto obligados a abordar, han permitido visibilizar la relevancia de la problemática.

El último, el de Narela Sabina Natella, una joven de 20 años de San Benito, ocurrió el martes 5 de septiembre. En el marco de su desaparición y posterior búsqueda desesperada, su cuerpo fue hallado el miércoles en la zona de la Toma Vieja de Paraná y el hecho conmocionó a la provincia. Lo propio sucedió el 24 de julio en Colonia Avellaneda con Solange Beade, de 18 años, con el agravante de que un policía filmó la escena con su celular, envió el video y éste se viralizó, agregando morbo y dolor innecesarios ante una familia destrozada.

Una ciudad entrerriana se volvió noticia nacional y mundial hace un mes, el 11 de agosto, cuando a raíz de una alerta de Interpol, la Policía Federal allanó una casa en San José, Colón. Allí fue puesto en custodia un adolescente de 17 años sospechado de integrar una iniciativa internacional a través de la red social Instagram para cometer un suicidio colectivo que ocurriría seis días después, según la información provista por la Policía del País Vasco.

Además, también fue entrerriano el primer caso argentino de muerte por “Ballena Azul, una peligrosa práctica de autolesiones que se difunde a través de las redes sociales. El 25 de junio, Fausto Palavecino, de 16 años y oriundo de El Palenque, ubicado a 15 kilómetros de la capital provincial, falleció en el Hospital San Martín de Paraná tras haber intentado suicidarse el 31 de mayo. Su familia reveló luego que el adolescente también sufría bullying o acoso escolar.

No fue el único episodio que padeció la comunidad de la escuela secundaria Nº 73 “2 de Abril” de El Palenque. Un compañero de Fausto también atentó contra su vida y afortunadamente, sobrevivió. A su vez, ambos eran compañeros de Belén Oriana Picotti, una adolescente de 15 años que se suicidó el 10 de noviembre de 2016 tras sufrir ciberbullying: maltrato y acoso de sus pares a través de las redes sociales.

A esta altura, parece más que claro que estamos ante un hecho social de interés general y que hoy, acá, es necesario hablar de suicidio. Pero, ¿cómo hacerlo de manera responsable y útil?

EL VALOR DE LA PALABRA

El especialista en Salud de Unicef, Fernando Sigman, sostiene que los jóvenes y adolescentes que se suicidan o lo intentan, lo hacen por distintas razones, pero tienen todos “una vía común” que “podría ser la falta de lugar de expresión de problemas que son sentidos como graves e irresolubles”. “De un 20% a 30% son personas con psicopatología severa que tendrían que estar bien diagnosticados y tratados. También hay indicios de asociación con el abuso sexual y los problemas en relación a comunicar la orientación sexual y el embarazo adolescente”, explica. Algunos factores que pueden exacerbar estas situaciones son el consumo de alcohol y drogas, además de un contexto socio-cultural desfavorable.

Por su parte, la psicóloga de la Policía de Entre Ríos e integrante de la Red Argentina de Suicidología, Paula Martínez, dijo en “Ahora Tv” que “es un mito que si nosotros hablamos del tema con alguien que está teniendo ideas suicidas, eso va a hacer efecto de disparador y la persona va a ir a quitarse la vida. En realidad es todo lo contrario, porque le estamos brindando un espacio donde puede decir lo que le está sucediendo y está bueno poder escuchar, no interrumpir a la persona cuando habla, permitirle que se desahogue, que pueda decir lo que le está pasando, e inmediatamente conseguir a alguien que pueda brindarle ayuda”.

En ese sentido, Martínez sostiene que “cualquiera puede prevenir” y que debemos estar atentos a las “señales” que emite “alguien que está mal” tanto en casa como “en un kiosco, en la peluquería, en el remís, en la despensa del barrio”. A los cambios de conducta bruscos, el ensimismamiento o las marcas de autolesiones físicas, se agregan frases de alerta, como “‘Esta vida es una mierda’, ‘No sé para qué nací’, ‘No sirvo para nada’, ‘No me hubieran tenido’, ‘Soy una molestia’, ‘Nadie me quiere’, ‘Gracias por todo’, ‘Me encantó estar con ustedes’”.

Ante estas situaciones e ideas suicidas, la psicóloga considera que todos podemos ser capaces de “hacer de intermediarios para poder salvarle la vida a alguien”. Ella aconseja “recomendar ayuda profesional y tal vez poner en alerta a algún familiar con quien sepamos que esta persona tiene un buen vínculo”. Y advierte: “Si alguien me comparte una cosa así, no está bueno guardar el secreto y no decirle a nadie, pero tampoco armar un chisme”.

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En esa misma línea, la de habilitar la palabra, la especialista -que también es docente- reconoce que “a veces los adultos estamos tan ocupados que no les prestamos atención a los chicos”. Y remarca: “Para prevenir estos casos hay que tener un espacio de comunicación con nuestros hijos y alumnos” y “si hacen algo para llamar la atención, prestarles atención”. Para ello, sostiene que es necesario “poder generar un vínculo y que cuando ellos nos necesiten, nos tengan disponibles, sepan que si les pasa algo grave, pueden hablar con nosotros”.

Esto no significa “ser amigo de mi hijo” sino “ponernos en el rol de padres” y marcar los límites cuando sea necesario. “Hay que pararse firmes y hacer todo lo que implica ayudarlos: si se van, buscarlos; si no obedecen, castigarlos. Tampoco hay que engancharse en la discusión con ellos porque se arruina el vínculo”, advierte Martínez.

Finalmente, la psicóloga subraya lo “importante” que resulta “que los adultos ejerzan el control de qué usos le están dando los adolescentes a las redes sociales, con quién están chateando, qué es lo que está sucediendo”, ya que, entre otras cosas, “muchos avisos de que están por hacer algo”, están allí. “Hay que enseñarle a los chicos cómo se usan las redes sociales y también concientizar sobre lo diferente, la tolerancia de lo distinto”, remarca. Y sobre el gran daño que ocasiona el acoso escolar a través de los celulares y computadoras -o ciberbullying-, analiza: “Antes salías de la escuela y finalizaba tu tortura, pero ahora dura las 24 horas”.

Las terribles implicancias de este fenómeno que padecen hoy los estudiantes, fueron retratadas con claridad y dureza en la popular serie de Netflix “13 Reasons Why”, basada en la novela homónima de Jay Asher, criticada por presunta apología del suicidio adolescente y aclamada en igual medida por intentar concientizar sobre el tema. Antes salías de la escuela y finalizaba tu tortura, pero ahora dura las 24 horas

Lo cierto es que nos enfrentamos a una problemática que existe, nos desafía y nos debe interpelar. No sirve quedarnos inmóviles ante el espanto; debemos sentirnos llamados a actuar, cada uno desde su lugar.

Más allá de las políticas públicas necesarias que deben diseñar o hacer funcionar los organismos públicos pertinentes, la comunicación de estos casos debe estar abordada de manera responsable ya no desde el silencio propio del tabú ni del regodeo del morbo, sino desde la prevención, en los medios, pero también en casa, en las escuelas, en la calle, desde todos los frentes posibles.

El silencio oculta, invisibiliza. Y no se puede luchar contra lo que está ausente, lo que no se nombra. Por el contrario, la palabra otorga entidad, habilita el debate, refuerza los vínculos y ayuda a prevenir o matizar el dolor.

El silencio angustia; la palabra, sana. Hablemos de suicidio.

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