Desde un poste una lechuza nos ensarta la mirada. Mi hija está cumpliendo dos años. Camina como un potrillo, hincha la caja toráxica y la levanta hacia el cielo, como si su pecho apuntara a las nubes, corcovea con sus piernas breves y el pelo apenas largo le roza los hombros. Escucho cómo se quiebran los pastos secos por las heladas. El campo nos deja escuchar lo que contiene el silencio. Un poema de Horacio Fiebelkorn que me gusta mucho contiene la imagen de un pájaro que choca contra un poste. Pero como es horrible tratar de explicar un poema, lo transcribo:

Un pájaro pega en el palo.

En las avenidas, bajo los árboles,

en los caminos de cintura,

quieren saber qué pasa con el cruce

de un pájaro y un palo,

qué fue del pájaro después del palo,

qué quedó del vuelo, dónde

cayó lo que volaba, qué marca en el palo

dejó aquello que venía y sacudió el aire,

quién puso ahí ese palo, cómo fue,

de dónde vino lo que se estrelló.

Nadie vio nada, nunca se sabe

qué música suena

en el cuerpo de un pájaro

que pega en el palo.

Hace unos días en un momento de aturdimiento empecé a pensar si no sería una buena idea que haya en Spotify una lista que solo contenga silencio. No ruido falso de agua cayendo de una fuente de reiki, no olas del mar fabricadas, no pájaros y grillos armónicos. Silencio.

Salta una rana

en el viejo estanque.

Ruido de agua.

Matsu Basho

El célebre haiku de Basho es una de las formas que tiene la palabra poética de dejarnos entrar en.la percepción de los sonidos mínimos de la naturaleza, sonidos que son casi el silencio o que para poder pensarlos tenemos que experimentar la entrada en él. ¿Hemos escuchado alguna vez cómo es el ruido del agua cuando se zambulle una rana? ¿Cómo suena un estanque cuando el agua empieza a moverse y a formar esos círculos concéntricos?

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En una imagen sobre su cuerpo, la poeta norteamericana Sharon Olds, dice que su piel en una edad madura ha tomado el aspecto de la superficie del agua soplada por el viento. Entonces se abre una impresión nueva: escuchamos la brisa soplar sobre el agua hasta plisarla y vemos las arrugas de la piel, o bien esa piel más estirada que la carne, como medias que han perdido los elásticos por el uso. Siempre creo que el poema nos abre más los ojos, los oídos, el tacto, el gusto y el olfato. Leer es para mí una especie de lupa que se pone encima de la mirada. Un traje hipersensitivo. Una droga sin efecto colateral que deja de lado el desgaste físico, que le gana a la mente alienada.

Hoy escribo con una ventana hacia el campo. Hay teros que se persiguen entre ellos. Un pájaro carpintero desafía la gravedad sobre una palmera y la picotea prendido como un monito tití, como se aferra Francisquita a mi cuerpo cuando va alzada. Pero también escribo con una canilla que pierde una gota de agua y marca el compás de lo molesto. Desde un televisor Laje y otro panelista ponen en cuestionamiento a una maestra que se postuló para Gran Hermano. La maestra es además una mujer joven y sensual. Ellos la miran, scrolean el instagram y se relamen mientras juzgan si es éticamente aceptable que la chica muestre su cuerpo, dicen con el índice levantado más arriba que sus cejas unidas que en Campana se armó un revuelo con la indignación de los padres de los chicos. Todo en masculino, porque no se puede pensar más allá de la línea del buen varón. Callate, forro. Digo mientras tecleo apretando con más fuerza cada tecla. Me gustaría preguntarle si no abrió nunca una red social de algún profesor de educación física, esos perfiles narcisistas en los que los pectorales sin corpiño y los abdominales que no terminan nunca no escandalizan a nadie, si acaso esa maestra que fuera del aula es una mujer abusó de algún niño, si se tomó tanto tiempo en el aire alguna vez para ofuscarse con un docente de ética y de historia que seducía a mis estudiantes y las acosaba en los viajes de estudio. Y vuelvo a pensar en las poesías que me gustan porque es ahí donde encuentro la calma y me refugio de esas lenguas afiladas desde la impunidad que te da nacer varón y crecer amparado en el machismo. Vos Laje, que tenés denuncias por maltratar a tus colegas mujeres, mejor silenciate.

Pero vuelvo a la descansada vida retirada, al camino de los pocos sabios como dice la Oda de Fray Luis de León, respiro y absorbo el gusto áspero de la tierra. Muevo el cuello que siempre chasquea sus vértebras. Achico los ojos intentando llegar hasta la humedad que sostiene aún el pasto. Y recito:

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo

a solas sin testigo,

libre de amor de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

Fragmento Oda a la vida retirada de Fray Luis de León

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