jueves 13 de junio de 2024
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Máxima Zorreguieta cumple 53 años

Máxima Zorreguieta nació en la ciudad de Buenos Aires u lunes 17 de mayo de 1971. La mujer más influyente de los Países Bajos celebra su día

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Máxima Zorreguieta nació en una familia acomodada y burguesa de la ciudad de Buenos Aires. El lunes 17 de mayo de 1971, a las ocho y cinco de la noche, su madre María del Carmen Cerruti dio a luz a la niña que se convertiría en una de las personalidades más influyentes de la sociedad holandesa. Junto a su esposo, Jorge Horacio Zorreguieta, compartieron la felicidad de tener a su primogénita, aunque el hombre ya tenía tres hijas de un matrimonio anterior con Marta López Gil. En verdad, según relatan Rodolfo Vera Calderón y Paula Galloni en su libro Máxima, la construcción de una reina, “la pareja llevaba dos años junta (y casi el mismo tiempo de concubinato), y ambos compartían la vergüenza de no tener una libreta de matrimonio donde inscribir a su hija”. Fue recién varios años después, en 1987, cuando ya habían nacido sus cuatro hijos -Máxima, Juan, Martín e Inés- que pudieron formalizar su unión ante la Ley.

Máxima se crió como una princesa, aunque su vida distaba mucho de los castillos y de las historias palaciegas. Vivió en Barrio Norte junto a su familia y fue a los mejores colegios de la sociedad porteña. En el Maryland hizo el jardín de infantes, y en el Northlands tuvo su educación primaria y secundaria. Allí forjó buenas relaciones y contactos, tal como le inculcó Coqui, el apodo afectuoso de su padre.

Desde que era una niña, Máxima tenía una personalidad avasallante. Era linda, divertida, inteligente y sobre todo, ambiciosa. Enamorarse y casarse con un príncipe estaba en sus planes, según cuentan Calderón y Galloni. “Se lo dijo a una de sus compañeras de colegio en la entrega de diplomas: ‘Yo me voy a casar con un noble’”. Sin embargo, el camino fue largo y, si bien no le costó mucho esfuerzo convertirse en la reina consorte de los Países Bajos, tuvo que atravesar dificultades, angustias y profundos dolores que marcaron su existencia. Una vida de nobleza pero con todos los condimentos de una mujer de carne y hueso.

Su viaje a EE.UU., el comienzo del cambio

En el año 1994, Máxima empezó a planear irse del país, tras haber estudiado Economía en la Universidad Católica Argentina (UCA). Después de muchas deliberaciones, eligió partir a Nueva York, la ciudad que mejor se adaptaba para desarrollar su profesión de economista. Como llegó en pleno verano, aceptó la invitación de un amigo, Raúl Sánchez Elía, para pasar unos días en los Hamptons, la playa exclusiva de la clase alta neoyorkina. Allí descubrió un mundo inesperado pero fascinante. Junto a muchos jóvenes latinoamericanos llegó a la Gran Manzana a inmiscuirse en el mundo de las finanzas y tener la posibilidad de adquirir experiencia en el mercado más amplio del mundo. Ya en Nueva York, trabajó en el HSBC James Capel Inc. y apenas tres años después fue designada como vicepresidenta de la división Mercados Emergentes en Dresdner Kleinwort Benson.

El día que conoció a su príncipe azul

Dos años antes de que cambie el milenio, Máxima estaba perfectamente adaptada a la sociedad neoyorkina. Vivía sola en un pequeño departamento de un ambiente en el exclusivo barrio Soho, rodeada de amigos que la invitaban a las mejores fiestas y lugares de moda. “Fue su amiga y excompañera del Northlands, Cynthia Kaufmann quien, en abril de 1999, organizó un programa en Sevilla, en España, para presentarle al príncipe Guillermo”, relata Calderón. Para eso, volaron en un vuelo a Madrid, con combinación hacia Sevilla.

El periodista describió en detalle el diálogo entre las jóvenes. “Esta noche ya tenemos programa con los principitos. Nos invitan a tomar unos drinks. ¡Te encantarán!”, le habría dicho Cynthia a Máxima mientras se trasladaban al hotel. Al llegar al lugar de la cita, su amiga fue directa: “Te presento a Guillermo Alejandro y a Federico”.

El flechazo fue inmediato. Guillermo Alejandro quedó prendado de la naturalidad y la simpatía de Máxima. En menos de lo esperado ya estaban bailando en la pista. Máxima sentía que tocaba el cielo con las manos. Guillermo Alejandro quedó encantado y los días siguientes apenas se separaron. Pero llegó la hora de partir para ambos. El heredero al trono de los Orange comenzó a llamarla todos los días y el primer viaje del príncipe holandés a Manhattan sucedió apenas tres semanas después de aquel primer encuentro. Decidieron que mantendrían en secreto por un tiempo más su historia de amor, hasta que un fotógrafo argentino, Henry Von Wartenberg, los retrató caminando por el Soho.

La primicia la dio la revista holandesa Party en su edición del 17 de noviembre de 1999. A las pocas horas, otros medios se hacían eco de la noticia. Nacía un amor histórico”, escribieron los autores en uno de los libros que retrata en profundidad la vida de Máxima.

Su vida de nobleza

Máxima se adaptó perfectamente al estilo de vida en el Palacio Real. Desde un primer momento, cuando fue aceptada por los padres de Guillermo, los reyes Beatriz y Nicolás de Amsberg y luego por el Parlamento, Máxima tomó clases de holandés ocho horas por día bajo el efectivísimo método Regina Coeli, que fue difundido por las Hermanas de Vught, pertenecientes a la Santa Orden de San Agustín. Según cuenta Calderón, “también se le asignaron profesores especializados para instruirla en historia, política y geografía”.

La corona holandesa hizo el anuncio oficial de la boda: el príncipe Guillermo y Máxima se unirían en matrimonio el 2 de febrero de 2002. “Es la persona ideal para acompañar al futuro rey en sus funciones. Es una mujer inteligente y moderna, y espero que los holandeses aprendan a apreciar sus cualidades”, anunció la reina Beatriz en aquel momento.

De esta manera, Máxima llegó al día de su boda muy feliz pero con una sombra de tristeza. Su padre no podría asistir a la ceremonia por haber trabajado como subsecretario de Agricultura, Ganadería y Pesca durante el gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, entre 1976 y 1979, y secretario de la misma cartera hasta 1981. Los Países Bajos son considerados una de las naciones más defensoras de los derechos humanos. Por ese motivo, se le pidió a Jorge Zorreguieta que no asistiera a la boda de su hija. La madre de Máxima se sumó a la ausencia de su esposo, y tampoco estuvo presente, según explicó Calderón. Entonces, como padrinos de la novia, oficiaron su hermano mayor, Martín y Marcela Cerruti, hermana menor de su madre y madrina de bautismo de Máxima.

La tragedia acechó a la vida de Máxima

Inés Zorreguieta fue la más pequeña de los hermanos de Máxima. Nació el 4 de diciembre de 1984 y, a pesar de llevarse 13 años de diferencia, siempre fueron muy confidentes y cercanas. Su vínculo siempre fue tan fuerte que la eligió como dama de honor para el día de su boda, y luego, Inés se convirtió en madrina de la hija menor de Máxima, Ariane.

Sin embargo, la joven lidió desde muy temprano con problemas de alimentación. La anorexia y la depresión formaron parte de su vida y, aunque Máxima la invitó a mudarse a Ámsterdam, Inés siempre lo rechazó.

Tras recibirse de psicóloga en la Universidad de Belgrano, sus problemas de salud continuaron. Según afirman Calderón y Galloni en la biografía de Máxima, la hermana menor de la reina consorte llegó a bajar veintitrés kilos y estuvo meses internada en una clínica psiquiátrica. Como necesitaba alejarse un poco de la Argentina, aceptó, como primer trabajo, un puesto en la oficina regional de la Organización de las Naciones Unidas en Panamá, donde habría comenzado una relación con un joven que no prosperó. Esto la llevó a una profunda angustia.

El 6 de junio de 2018 fue el día más gris en la vida de Máxima. Su hermana menor, la que amaba profundamente, había decidido quitarse la vida. Ese miércoles, Inés faltó a su trabajo y desde luego, no atendió el teléfono cuando sus seres queridos intentaron comunicarse con ella. Fue su madre y una amiga quienes ingresaron al departamento que ocupaba en Almagro y se encontraron con el cuadro desolador. Dos días después, Máxima voló a Buenos Aires en compañía de su marido y sus hijas para despedir a su hermana. Un comunicado explicó que Máxima estaba “muy conmocionada y triste”.

Tal vez esa haya sido la gran prueba que tuvo que afrontar para demostrar que podía convertirse en reina: en el entierro no lloró en público. Apenas un año antes, el 8 de agosto de 2017, su padre había fallecido a los 89 años.

El rol de Máxima como mamá

Tener hijos siempre fue su deseo. Desde pequeña. Quizás desde que se ocupaba de malcriar a su hermana Inés. Sin embargo, la educación de su primera hija, Amalia, no fue fácil porque Máxima tenía una idea sobre la crianza de sus hijos diferente a la de su esposo. La diversidad cultural fue el primer obstáculo con el que se encontró en su embarazo. Las mujeres neerlandesas no suelen tener nodrizas ni niñeras, envían a la escuela pública a sus hijos y retoman su vida laboral casi de inmediato después del parto. En su caso, haber dado a luz a una princesa no le dio privilegios, sino que la atención fue igual que la de cualquier otra embarazada.

Si hay algo en lo que coincidieron Máxima y Guillermo fue en la exposición que tendrían sus hijas durante su niñez. Concluyeron en que la crianza de las princesas no estaría expuesta a la vida pública. Así, trataron que sus hijas Amalia, Alexia y Ariane tuvieran una infancia lo más normal posible, sin la mirada de la opinión pública a cuestas.

Fuente: Teleshow

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