sábado 26 de noviembre de 2022
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Edad y aprendizaje

¿En qué momento somos demasiado grandes para estudiar?

La percepción del tiempo en la actualidad y sus efectos al momento de planificar.

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Carolina tiene 32 años y es la más grande del grupo de Orientación vocacional. Eso lo sabemos desde el primer momento porque su modo de empezar cada frase, independientemente del tema que estemos trabajando, es presentarse con el enunciado invariable: «yo ya tengo 32 años, estoy grande».

– Ahora mis hijas ya están más grandes y puedo hacerme el tiempo de hacer algo para mí. Pero ya estoy grande para estudiar, tengo 32 años. Por ahí algo corto, pero no sé…

Juan Martín, que está terminando el secundario, busca ser condescendiente y dice que nunca es tarde para estudiar. Todos asienten porque suena bien, como suenan bien tantas otras frases que automatizamos.

– Yo, por mi parte -dice Juan Martín- tengo miedo de empezar y tener que dejar, eso sería perder el tiempo, tirar un año a la basura.

Delfina dice que a ella le pasa lo mismo, que no quiere equivocarse ni tardar mil años en recibirse. El temor por el tiempo que pasó, en el caso de Carolina, y el temor por el tiempo que vendrá, en el caso de Delfina y Juan Martín, tienen un denominador común: la pérdida. La sensación de pérdida de oportunidades, de llegar tarde a algún sitio, de perder un lugar en la sociedad.

Nombrar «carrera» a un conjunto de saberes y conocimientos estructurado con cierta organicidad, es la manera social que tenemos de decir que lo importante es el tiempo, pero no el subjetivo, el del propio ritmo, sino el que mira hacia el semejante, el que nos compara con el de al lado, nos pone en competencia y nos hace vivir acelerados.

– Si a mí me llega a pasar que en cuarto año de la carrera me doy cuenta que no me gusta, yo no sé si la abandonaría a esa altura. La termino y listo. Dejar en cuarto año es un bajón, un re fracaso -comenta Mariela.

– ¿Y qué, terminás la carrera y después trabajas toda tu vida de algo que no te gusta? cuestiona Francisco. Vivimos en una época donde percibimos el tiempo de manera acelerada. Todo es inmediato y fugaz.

Para el filósofo coreano Byung Chul Han el problema no es la aceleración y la velocidad, sino el efecto que eso produce: la fragmentación.

Cuando la vida gana en aceleración pierde en duración, las cosas no duran, y, por lo tanto, pierden sentido, pierde su aroma, los acontecimientos se fragmentan y surfeamos en un constante zapping.

¿Entonces hay que frenar un poco? Para Han el problema es la ausencia del sostén del tiempo. Dice poéticamente en el libro «El aroma del tiempo»: El tiempo comienza a tener aroma cuando adquiere una duración, cuando cobra una tensión narrativa o una tensión profunda, cuando gana en profundidad y amplitud, en espacio. El tiempo pierde el aroma cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta. Si se desprende totalmente del anclaje que le hace de sostén y de guía, queda abandonado. En cuanto pierde su soporte, se precipita

– Yo ya tengo 32. Si empiezo a estudiar ahora ¿cuántos años voy a tener cuando termine? -calcula Carolina.

– Si no cambio de carrera, se supone que a los veintitrés tengo que estar recibida -se entusiasma Mariela.

Pensar en el paso del tiempo nos impide echar anclas, sentir el aroma, transcurrir en el estudio, sostenerlo, construir la «tensión narrativa» que propone Han en el «mientras tanto», o, mejor dicho, disfrutar el viaje.

La buena noticia, para Carolina, es que su definición concluyente de los treinta y dos años como «fuera del tiempo para» es una sensación que no condice con la realidad. El 67,5 % de los inscriptos a las universidades argentinas (públicas y privadas) en los años 2020 y 2021, son mayores de 20 años, es decir, por fuera del rango ¿esperable? que supone la continuidad con el secundario.

La invitación, para todos, es pensar el tiempo como Osías, el osito de María Elena Walsh:

Quiero tiempo pero tiempo no apurado

Tiempo de jugar que es el mejor

Por favor, me lo da suelto y no enjaulado

dentro de un despertador

* El autor del texto es psicoanalista, docente y escritor. Orientador Vocacional en UNLu (Universidad Nacional de Luján) y en forma privada coordinador de talleres, procesos grupos e individuales de Orientación vocacional.

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