Una investigación periodística llevaba a cabo por el diario Bild concluyó que Albert Reimann y su hijo Albert Reimann Jr. hicieron su fortuna gracias a sus vínculos con los nazis y sometiendo a civiles rusos y prisioneros de guerra franceses a trabajos forzados. Al revelarse ese pasado, sus descendientes anunciaron que donarán 10 millones de euros (más de 11 millones de dólares) a entidades de caridad, recogió el pasado domingo la agencia Associated Press.

Según declaró Peter Harf, director de la empresa familiar JAB Holding Company —accionaria de las cadenas de restaurantes Pret a Manger, Krispy Kreme Doughnuts, Peet’s Coffee, entre otras— y vocero de los Reimann, una investigación de Bild arrojó las conclusiones y aseguró al diario que padre e hijo, ya fallecidos, "debieron haber estado en la cárcel".

Las sospechas de su conexión con los nazis surgieron tras un informe publicado en 1978, por lo que la familia, la segunda más rica de Alemania, con una fortuna estimada de 33.000 millones de euros (más de 37.000 millones de dólares), fue motivo de una nueva investigación que arrojó los recientes resultados. "Estamos avergonzados y nos pusimos blancos como muros. No hay nada que pasar por alto, estos delitos son asquerosos", expresó Harf a Bild, agregando que "toda la verdad debe ser puesta sobre la mesa".

El informe

De acuerdo con los reportes, el vínculo entre Albert Reimann, quien murió en 1945, su hijo, fallecido en 1984, y los nazis comenzó antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando los empresarios hicieron donaciones a la organización paramilitar SS, a comienzos de la década de 1930.

Años después, en 1941, su compañía se dedicó a fabricar artículos para la Wehrmacht y la industria de armamentos.

Luego, durante el conflicto bélico, recurrieron al trabajo forzoso de civiles rusos y de otros países de Europa oriental, además de prisioneros de guerra franceses en sus industrias químicas. Para 1943, tenían a 175 personas en esa situación, cerca del 30% de su plantilla.

Además, en 1940 Reinmann Jr. envió una carta a las autoridades de la ciudad de Ludwigshafen, en la que se quejó de que los reclusos galos no trabajaban duro.

Una vez finalizada la guerra, padre e hijo fueron investigados por los Aliados y en un principio, Francia prohibió que continuaran con sus actividades comerciales, medida que fue revocada por EE.UU.

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