Vivimos en una sociedad comandada por la inmediatez. En las últimas décadas, la tecnología y la ciencia se han encargado de que la respuesta llegue de manera inmediata, en ciertos casos, gracias a unos cuantos clics. Nosotros hemos aceptado poco a poco, sin demasiadas consideraciones, ese ritmo de vida vertiginoso.

Si queremos comunicarnos con alguien, le enviamos un mensaje de WhatsApp. La aplicación nos indica cuándo llega a su destinatario, cuándo lo lee e incluso en qué momento empieza a escribir la respuesta, que esperamos sea veloz.

Si no sabemos cómo hacer el nudo de la corbata, recurrimos a Google, que nos muestra un video explicativo de pocos minutos. Si resulta tedioso seguir el ritmo lento del tutorial, podemos optar por leer el paso a paso, más rápido. Lo mismo pasa con hechos históricos, efemérides, lugares, definiciones de palabras... y la lista es interminable.

Si queremos saber qué está pasando en nuestra ciudad, país o cualquier lugar del mundo, simplemente ingresamos a un sitio web de noticias y nos enteramos de lo más importante.

Ya no es necesario esperar al día siguiente para ver el próximo episodio de la serie, Netflix -y plataformas similares- nos permiten tener la temporada completa al alcance de la mano para que podamos mirarla cuando queramos.

Cocinar es cosa de otro tiempo, gracias a las rotiserías online. Entramos a aplicaciones como Pedidos Ya, seleccionamos lo que queremos, pagamos desde el celular y nos sentamos a esperar a que suene el timbre de la casa.

Si nos duele la cabeza, ibuprofeno; la espalda, diclofenaco; el estómago, una sal efervescente con efecto antiácido. La industria farmacéutica tiene una respuesta para anular cada síntoma, pero casi nunca resuelve la causa.

Ya, ya, ya. Poco a poco nos hemos acostumbrado a pedir algo y que la respuesta sea inmediata. Los avances resultan positivos en sí mismos: permiten ahorrar tiempo, simplifican la vida cotidiana, vuelven todo más práctico. Pero, ¿qué pasa con sus efectos en nosotros?

La continua exposición a recibir respuestas inmediatas a nuestros estímulos nos llevan a buscar la misma practicidad en ámbitos que no se rigen de esa manera. Queremos que todo sea ya y, si no es así, aparecen la intolerancia, la ira y la frustración. El fracaso está a la vuelta de la esquina.

Hasta fines del siglo XX, un gran caudal de mensajes se enviaba a través de cartas que como mínimo demoraban días en ser respondidas. Y nadie se alteraba por eso. No todas las familias tenían teléfono, pero aún así se las arreglaban para comunicarse a distancia. Ya con los celulares, hasta hace pocos años, no importaba demasiado que alguien demorara más de una hora en responder un sms. Hoy nos impacienta que entre a WhatsApp y no lea, o que "clave el visto" y responda minutos más tarde.

Las nuevas generaciones quizás solo conocieron esta forma de vida. Pero no le pasa solo a niños, adolescentes o jóvenes, los adultos han olvidado el tiempo de las cartas escritas a mano y ya se sumaron a la ola de inmediatez.

Hay cosas que requieren esfuerzo, tiempo y paciencia para alcanzar resultados. La vida no es "soplar y hacer botellas" -por cierto, las botellas no son tan fáciles de hacer-, como nos quiere hacer creer la simplicidad de la sociedad que hemos construido.

Una relación de amistad o de pareja, una familia, el estudio, el deporte, una carrera universitaria, un trabajo, el aprendizaje, un emprendimiento personal, un proyecto y la vida misma difícilmente nos den una respuesta inmediata a nuestras expectativas o requerimientos. Hace falta posar la mirada en el largo plazo. La vida no es "soplar y hacer botellas"

Es genial poder comunicarse en tiempo real con otra persona a través del celular, pero no es posible aprender a tocar la guitarra con solo ir a una clase. Es muy práctico consultar a Google un dato que no conocemos, pero también es necesario sentarse a estudiar para aprender y aprehender. Sobre los medicamentos, es importante saber que las soluciones rápidas son parciales porque trabajan sobre los síntomas y no atienden a frenar las causas de la enfermedad, que deben buscarse principalmente en el estilo de vida, la alimentación y las emociones.

"Es muy difícil para los entrenadores jóvenes ahora, sobre todo con el tiempo que tienen. Yo tuve suerte; en el Manchester United, creían en lo que estaba haciendo. No hay evidencia de que un cambio de entrenador signifique éxito. Sí hay evidencia con Arsène Wenger, Brian Clough o conmigo mismo de que aguantar a un entrenador sí funciona. Puedes perder tres partidos y quedarte sin trabajo. Por eso elogio a los entrenadores de ahora, por tener el valor de meterse en esta industria", analizó Alex Ferguson en 2017, en diálogo con UEFA.com.

El legendario entrenador pasó 26 años al frente del equipo inglés. Sus primeras acciones al frente del club tuvieron que ver con generar oportunidades a largo plazo para lograr verdaderos triunfos. Hoy en día, si un entrenador no consigue que el equipo gane partidos, pronto es reemplazado.

La mentalidad cortoplacista es peligrosa. Puede socavar nuestros proyectos, relaciones, anhelos y en definitiva nuestra propia vida. Utilicemos los beneficios de la tecnología y la ciencia, seamos cautos con las respuestas demasiado veloces y aprovechemos el tiempo ahorrado para apostar a construir en el largo plazo.

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