Hay un cuento de García Márquez que se titula “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Esa frase se instala en una casa, después en la carnicería del pueblo, los otros que están la escuchan y la repiten. El cuento termina cuando todos los ciudadanos se van porque el rumor es una certeza. Hemos leído ese texto en la escuela, lxs estudiantes han encontrado un vínculo con situaciones que viven: es como cuando etiquetamos a alguien y no nos permitimos conocerlx. Decimos aquel o aquella es así y nos queda más cómodo repetirlo que desarmar la imagen. Me gusta la inteligencia de la juventud y la frescura para tirar reflexiones que carecen de solemnidad. De chica leí fábulas y subrayé moralejas, leí parábolas hermosas como la de los peces y otras horribles como la del hijo pródigo, fui a misa, oficié de monaguilla con mis amigas y amigos. Un día con Gisela preparando las cosas del altar antes de las 19, probamos en ese recinto en el que los curas colgaban las sotanas, unas hostias y nos servimos vino dulce, nos reímos fuerte hasta que apareció el Padre Equis y nos retó.

Viale es una ciudad chica y nos conocimos siempre todxs o al menos eso creíamos desde que nos recordábamos. Cada generación se reunía en torno a un espacio común, podía ser la escuela, la iglesia, la plaza, el club Viale o el Arsenal, la canchita de la policía o la de la iglesia. No sé por qué cito el cuento del colombiano para disponerme a escribir o sí, lo hago porque este lunes sólo pienso en mi pueblo, veo azorada imágenes de un Viale blanco, mi hermano mandó videos del frente de mi casa donde sólo rompían con el fondo helado dos árboles que plantó mi mamá cuando compraron el terreno con mi padre. Prendo la tele y los canales locales tienen móviles allá. Conozco las caras de los vecinos que cuentan cómo vivieron la tormenta y reconozco las calles y los frentes con los canteros llenos de piedras de hielo. Mientras viví en Viale sentí que nunca pasaba nada. Quizás recuerde casos muy puntuales: el crimen de Pichi Ledesma, la peregrinación a Hasenkamp y nosotras saliendo desde la Capilla Santa Ana, las fiestas patronales en el salón Don Bosco, los desfiles del 25 de mayo, el frío de esos actos y el tapado de piel de mi mamá, los vía crucis viviente y las mujeres lloronas, los circos que se instalaban donde se hacía la Expo Viale, las maestras que nos llevaban con guardapolvos los viernes de la inauguración sin pagar entrada, lo póster que comprábamos de Luis Miguel, el cosito que guardaba una foto minúscula que se veía a trasluz. Hace unos días que ando con un libro de Clara Obligado en mi cabeza y a cuestas uno de May Sarton que se llama Anhelo de raíces, aún no lo he leído. Clara Obligao registra toda su infancia en La Pampa, en la casa de sus padres. Dice: “En el campo el mundo es un horizonte sin freno. Un perro ladra. Como en un eco, contestan otros perros. El mensaje cifrado de los animales, su telegrafía invisible, señales de peligro o de amistad. La memoria de la especie, el patrimonio del miedo a la oscuridad, cuerpos que recuerdan lecciones.” También piensa en modos muy amplios en el medio ambiente. Usa su memoria para recomponer su deseo. “Leer la naturaleza como si fuera un libro, quién pudiera. Leernos.” Hace un ratito corté el teléfono después de hablar con mamá. Me dijo que están esperando el vidriero porque las claraboyas del garage y de el patio interior estallaron. Le pregunté si había tenido miedo. Me respondió que a veces es necesario verse tan diminuto frente a la fuerza divina. Yo le dije de la naturaleza, ella me replicó la fuerza de Dios. Creo mi fe en la forma de contarnos la vida. Ahora sé que hay gente esperando ayuda para poder moverse porque tienen árboles de tranquera. Otros que estás sacando agua y piedras de sus baños. Otros que piensan en cómo socorrer al conocido. Cuando empezó la pandemia le veíamos las costillas al río, se había vaciado y sacábamos fotos clandestinas de su fondo. Después entrábamos la ropa antes de que la ceniza volviera a ensuciarla. El cielo cascoteó un pueblo, quizás si no empezamos mirar qué hacemos las piedras nos terminen tapando.

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