Hace unas horas miré un video en YouTube donde explicaban cómo peinar las crines de un caballo. La mujer repartía un mechón y trenzaba las colinas oscuras. Cepillaba el pelo manso del animal, estiraba los dedos con el gesto que le he visto a mi madre sobre las sábanas tendidas al sol. Una caricia dada a algo que no sabemos si la necesita. Me acuerdo de dos compañeras de la primaria que contaban que sus mamás les trenzaban el pelo antes de dormir y ponían gorras, yo pensaba en Los Ingalls y me encantaba la escena.

Alicia Genovese alude a la “utilidad de lo inútil” para hablar de la poesía. Escribimos como un acto que escapa a los sistemas que pretenden que todo sirva para algo. Una rebelión del lenguaje porque además de no servir la poesía transgrede. Podemos encontrar reglas rotas, normativas pasadas por alto, ortografía deshecha. Un amigo de Bahía Blanca fundó Panpoecía. Y hornea cada día panes con la forma de letras que van a formar el verso que eligió de algún autor que lo haya conmovido. Gastón alimenta el poema o se alimenta o nos alimenta.

Desde que me recuerdo, me gustó cocinar. En mi casa siempre hubo una olla al fuego, leña en el patio, la heladera con todos los estantes ocupados, el freezer con bolsas etiquetadas. Mamá organizaba la economía de forma ordenada, cualquier persona que pueda prepararse su comida sabe lo que ahorra si lo compara a llamar al delivery. Pero además de eso, que era necesario porque nos sentábamos siete bocas hambrientas a clavarle los dientes, hay en la puesta de la mesa otras acciones, otros gestos que van directamente como flechas de pastos a tocar el hombro elegido. Un tazón de sopa no muy caliente para T., un postre de chocolate para B., unas facturas de tal panadería para C., tres milanesas para P., puré mixeado para G., mantecol para F.

Mi abuela siempre preparó la mesa con mantel bordado por ella, servilletas haciendo juego, plato playo y el hondo apoyado encima. Una ceremonia que iniciaba con mi abuelo apoyándose la servilleta en la falda y tenía tres platos para cada comensal. Se empezaba por la sopa.

Además de saber preparar todo con un gusto irrepetible, picaba perejil para decorar las carnes por encima o ponía un florerito entre las copas. Era una forma de desplegar su belleza y generosidad entre medio de los panes y las jarras.

Quizás el placer que encuentro cuando amaso pizzas o corto parejas las papas o rebozo las lonjas de berenjena es no solo en la cara que anticipo que va a estar más contenta por el menú, sino también en que mientras revuelvo una salsa, suspendo la impaciencia. Hay algo que se desprende del tiempo y la hoja de laurel flota y gira. El humo revolea un perfume. El vidrio se empaña. Subo a mis ancas a la chiquita y le digo que dibuje un sol en la mampara. Escribo:

Un viento caliente agita una luz.

La sacude, no la desarma

ni puede desparramarla.

La luz insiste en ser serpiente

y se arrastra con piel nueva.

Mi hija me abre los brazos como malezas

con cada gesto acelera el tranco del tiempo

doma mi carácter de yegua sola.

Mi hija abre sus ojos de polilla

los hace hablar y agita otra luz

que se esparce sobre la flor del cardo.

Amansa mi cuerpo crujiente

toma con sus encías la carne marrón de tetilla endurecida

abre la leche y masca los grillos de la noche

mi hija mueve la cola como un caballo

y espanta las moscas que andaban cerca.

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