*

Cuando tenía cinco o seis años mi hermano mayor me dijo que ya tenía que aprender a andar en bicicleta sola. Yo montaba una bici roja herrumbrada que había sido de todos mis hermanos, apoyaba un pie en el tapial de la vereda y me empujaba hacia adelante. No tenía rueditas. Me movía con mi impulso. Hasta que apareció Fer y me llevó a la calle de broza de mi casa, en ese momento no estaba asfaltada, las piedras grises con filos me miraban con hambre. Él me empujó y dijo ¡dale!. Pedaleé para no caer pero igual me abrí las rodillas.

*

Cuando empecé a escribir no sabía que estaba empezando a escribir. Lo hacía en diarios íntimos que siempre eran poco íntimos. Leía algunas páginas a mis amigas o incluso algunas escribían sus nombres, cosas suyas cómo de quiénes gustaban o dejaban un mensaje como si fuese una pared. Las llaves estaban en la misma caja en que guardaba esos cuadernitos con candados y yo no vivía encerrada así que es posible que más personas hayan leído las fechas y los acontecimientos escritos de esos días intrascendentes e importantísimos. La primera invitación para publicar mis textos fue otro envión también sobre la espalda y el ajuste de las manos sudorosas.

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Dicen unos versos de María Negroni, una de las escritoras más importantes de nuestro país:

hacer del vacío

lo más abundante

*

Este fin de semana empecé a leer El nudo materno de Jane Lazarre. El prólogo de Carolina de Olmos retoma un ensayo crítico de un señor De Olmo que se queja de los excesos de la escritura del yo. Lo interesante es lo que dice esta mujer, si el libro de Lazarre es un diario en un principio, deja de serlo cuando lo íntimo adquiere un valor universal. El libro habla sobre la maternidad, sobre el feminismo y el racismo, sobre los vínculos que nos cambian la vida pero de una forma muy descarnada. Es decir, ese libro me servirá para escribir solo sobre eso y lo haré cuando lo termine.

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Acá es cuando me vienen poemas y este de Daiana Henderson que se llama Dicha dice:

Sigo encontrando cierta dicha

en ir en bicicleta hasta tu casa.

Remar no se trata de llegar a la isla,

es disfrutar el trayecto

–dijo Ricardo cuando nos enseñó.

Cada desplazamiento tiene su clave sensitiva.

Bajo los cambios para subir.

Después,

apoyo el peso del cuerpo en los pedales

y me dejo caer en picada.

Se entretejen nudos en los pelos

cuando se ponen a flamear hacia atrás.

Las construcciones van perdiendo altura,

una estela de humo atraviesa el cielo,

dibujada con la punta de una fábrica.

Aterrizo en la entrada de tu casa. Las cosas

andan bastante mal ahí adentro

o en cualquier otro reducto

que tengamos que compartir.

Puedo aceptar que ya no nos queremos como antes,

pero si insisto, es porque la distancia

fabricada entre nosotros

es tan hermosa y delicada

como ningún otro trayecto

que conozca hasta ahora.

*

Me gustan las escenas en bicicletas porque me recuerdan el peso de mi cuerpo contra el viento.

*

Hace unos días Sergio me mandó un texto de Leila Sucari publicado en La AgendaBA, me encantó su ritmo. Ella escribía sobre caminar pero para hacerlo, llevaba en el tranco de su lengua.

*

“Hay en el caminar un arrojo, una fuerza, cierta anarquía que me atrae. Porque caminar es también detenerse a mirar. Porque no interesa llegar a ninguna parte, porque no hay recorrido delineado, porque cuando una camina se abandona y entonces –sólo entonces- puede ocurrir el asombro.”

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