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En la escuela, la hermana Francisca que daba clases de artes plásticas nos hacía tejer cuadritos de 10 por 10 con punto arroz o santa clara. Nosotras llevábamos ovillos de lana que encontrábamos en los roperos, restos de pulóveres desarmados con hilos que mantenían la forma, los apretábamos hasta formar una pelota. Había hebras de todos colores salpicando el piso del aula y ruido de agujas afilandándose como cubiertos. Los nenes tenían otra actividad de varón, las nenas esta que nos era propia. Nunca vi la colcha terminada, pero sé que las monjas llevaban lo que hacían con nosotrxs a Cáritas, que también estaba dentro del mismo predio de la escuela, la casa de ellas, la casa parroquial y la canchita donde practicábamos educación física.

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Cuando me dieron a leer a Barthes por primera vez, alguien escibió en el pizarrón texto, tejere, tejido. Un texto es un tejido de palabras.

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Hay una disposición del cuerpo de la madre que hace que encastre perfectamente con la forma del cuerpo de su hijx. Duermo con Francisca que sostiene su frente en la curva donde empieza mi nariz. Dos perfiles de cisnes. Partes que completan el todo.

Hace una semana dejé de darle el pecho, dos años y unos días estuve amamantándola día y noche. El médico me dijo que al tercer día se olvidaría, ella insiste aún con tantear el cuerpo.

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Una mujer asume un lugar histórico en la legislatura. La diputada Camaño con su tono efusivo le dice que es histórica. Vos, Cecilia, vas a estar en los libros de historia como la primera mujer que presidió la Cámara de Diputados de nuestro país. En tuiter alguien critica que en su discurso, la presidenta de la cámara, dijo que iba a gobernar con la razón y no con las hormonas, que es machista ratificar que las mujeres somos hormonales. Pienso que nuestra voz siempre es cuestionada por todxs, desde nosotras hasta quienes nos silencian.

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Después del embarazo de Francisca me sofoco si no tengo siempre una ventana abierta. Anoche escuché cada silbido del viento entre las palmas que chocan contra el muro. La chiquita se despertó varias veces, pidió leche, lloró, pidió la mamadera, bajamos y la hicimos. Cerré las ventanas que estaban abiertas en el comedor. Hay un poema de Lila Biscia que se llama Concreto del libro La casa del tornado, editado por Bajo la luna.

el viento se llevó los restos de hormigón.

habían manchado mis zapatillas

el suéter naranja.

un día dejé la ventana abierta

Y la tormenta se lo llevó todo.

tener una casa

no es nada.

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En Fragmentos de un discurso amoroso de Barthes hay una entrada que se titula Corazón, leo “sólo el enamorado y el niño tienen el corazón oprimido.” Siento el latido de Francisca sobre mis costillas, empuña la mamadera, se esfuerza por chupar la tetita. La remera del pijama ya no se moja más en mis pechos. La abrazo y le tapo las piernas sueltas con el acolchado.

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