Algunas siestas jugábamos a que era un barco, mi hermano en la parte de debajo de la cucheta se cubría con una sábana que prendíamos del borde de la de parte de arriba. Yo era más liviana y subía. Nunca entendía para qué tenía una escalerita en la parte de atrás, nosotros trepábamos como arañas despatarradas, nos enredábamos con las frazadas, bajábamos la mollera por miedo a las aspas del ventilador. La parrilla de la parte alta se veía desde la de abajo. Una costilla en la que escribíamos insultos más adelante iba a estar llena de nombres propios, gente que íbamos a querer por primera vez y por poco tiempo, tatuajes de bazooka.

En mi casa las camas venían de otros dormitorios. La habitación de las mujeres, la mía y de Cari, tenía un juego de madera maciza labrada como de ébano, el ropero que hacía juego estaba en la pieza del fondo, la del despelote porque no entraba en la nuestra. En la de nosotras había un armario moderno con puertas corredizas. La mesa de luz y el espejo también combinaban. Mamá había hecho cambiar la parte donde se apoya el colchón porque esas camas tenían una red de alambres como tejida con resortes en los costados y nos hundíamos a medida que crecíamos. Los listones de madera nueva y clara nos ponían el cuerpo rígido, era como dejar de estar envueltas en niditos y empezar a adquirir altura, a sentir los talones con el fondo apretado de las sábanas siempre heladas. La humedad subiendo desde los pies como las calas del fondo enterradas en la esquina llena de sombras y hongos.

Los varones dormían en la otra habitación, la de la cucheta y dos camas más sueltas. En la última pieza, siempre la llamamos así, había un secador de ropa eléctrico que mamá había comprado en una tienda que ya no existía, esa y Etam eran lugares que no dejó de extrañar nunca. Mis padres viajaban con frecuencia a Paraná y traían cosas que en Viale no había, alguien dijo que en mi casa estuvo el primer microondas del pueblo.

Fernando, mi hermano mayor, tuvo una época en la que vivía en la última pieza. Leía los diarios, nos compraba seven up y bonobones a Gastón y a mí que éramos los más chicos, y los tres mayores siempre nos tuvieron que cuidar mientras mamá y papá trabajaban. En el relato familiar, se decía que Fer tuvo muchos problemas, pero a mí siempre me parecieron graciosos. Cuando nació dice mamá que sufrió mucho, no crecía y tenía que alimentarlo con fórmulas especiales. Después se meó en la cama hasta bastante grande.

Fernando tenía ideas que la enloquecían como saltar de un techo y abrirse la nariz. Una vez me hizo esquivar un pozo que había en el campo, me había llevado a ver enanitos verdes que bajaban de un ovni, para saltar me agarró tan fuerte que me quebró la clavícula. Cuando mi hermana cumplió quince de los celos que le daban que los chicos la saludaran, se pintó la cara blanca y subió al techo a vigilar, qué cosa, ni idea, pero medio que le arruinó el festejo.

Fer dormía en esa cama desvencijada ya cuando era más grande, la primera parte de él la sé por anécdotas, mis tres hermanos mayores me llevan trece, catorce y quince años, los conocí grandes y mi recuerdo se articula entre lo escuchado y lo que creo recuperar de la memoria. En esa época de los bonobones, Fer hacía quinientas flexiones de brazo que yo le contaba. Mojaba la vereda con el sudor que le caía de la nariz. A veces me sentaba en su espalda. Hace poco me ayudó con la última mudanza. Cargó mis cosas pesadas en el auto. Por los brazos hinchados de fuerza se le marcaban algunas venas. Me reí para adentro. Me acordé cuando quería irse a vivir a Córdoba porque se había apasionado con Angeloz. Cuando tuvo que irse a vivir a Brovril porque lo echaron de la escuela normal de Viale. De mamá llorando porque viajaba solo en tren. Porque no se comunicaba cada tanto por el fijo y le pasaba una operadora que según ella siempre escuchaba todo de tan chusma que era. De cuando contó que la Fabi estaba embarazada y que se iba a vivir a María Grande. De un auto que empujaba de noche para que papá no escuchara que se lo robaba para escaparse con Curucho. De su primer hijo rubio de ojos celestes que quería llamar Ferceo. Por suerte no tuvo cuórum.

Ayer Fernando me mandó un audio anticipándome que iba a enviarme una foto. Decía “para vos que escribís todos los días, esto puede inspirarte.” Me reí porque la foto era de una carreta y él me explicaba que estaba antes en la estación de Viale. Estaba con mi amiga Manuela charlando sobre un nuevo taller que armamos para la Biblioteca Popular, ella me preguntó quién era Fer. Le conté que mi hermano mayor. Cuando terminamos de dar el encuentro, salimos abrazadas por el viento. En la vereda de calle Buenos Aires me crucé con una cara conocida: era mi hermano que iba sonriendo como siempre. Tenía barba y el pelo más largo. Nos abrazamos con su estatura más baja que la mía y volví a repetir: este es mi hermano mayor.

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