jueves 1 de diciembre de 2022
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María José Armándola

Celebremos el ciclo de la vida

Por María José Armándola – Lic. Kinesiología y Fisiatría – Matrícula: (Entre Ríos) Mat. 939 / (Santa Fe) Mat. 1616

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"Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta

un charco era un océano la muerte lisa y llana / no existía //

Luego cuando muchachos, los viejos eran gente de cuarenta

un estanque era océano la muerte solamente / una palabra //

Ya cuando nos casamos los ancianos estaban en cincuenta

un lago era un océano la muerte era la muerte / de los otros//

Ahora veteranos ya le dimos alcance a la verdad

el océano es por fin el océano pero la muerte empieza a ser / la nuestra//"

Pasatiempo – Mario Benedetti.

Esta semana me enfrento a esta columna con un dejo de nostalgia. Una ráfaga de melancolía me envuelve y no puedo evitarlo. No es un sentimiento de abatimiento y ni siquiera hablo de pena. Por el contrario. Una triste noticia me dispuso en un estado de reflexión, de introspección y de valoración de lo que nos rodea, de aquello que en, en definitiva, constituye el principal patrimonio que tenemos en esta vida.

De vez en cuando hay que hacer una pausa…. Y está bien que la hagamos para mirarnos hacia adentro y auscultar cómo estamos de equilibrio y cómo nos afectan las cosas que nos suceden en derredor. Es común creer que porque estamos tan ocupadas en nuestras cosas las pérdidas no adquieren la relevancia que merecen.

Los profesionales que nos dedicamos a la salud sabemos, quizá más que nadie, que la vida y la muerte son los límites de la existencia humana, que son parte de la condición natural y que debemos estar preparados para comprender que estos ciclos son parte del tiempo y el espacio.

Pero constituirse en una piedra refractaria a las cosas de nuestro entorno puede ser un gran error que, supongo, se paga caro en algún momento. Por eso quiero confesar que estos días despedimos a alguien que formaba parte dentro de mis paciente del centro de salud Arturo Meroi de sauce Montrull.

Silvia Dora era una paciente y su calidez humana nos acompañaba desde hace mucho tiempo. Y, mucho tiempo, generalmente, suele tener su correlato en un gran afecto mutuo que trasciende lo material y lo cotidiano.

Dilema.

Como profesional me vinculé con Silvia por una afección puntual, pero su grandeza humana me fue acercando a ella y el vínculo fue creciendo y el cariño hizo el resto. Es inevitable que profesional y paciente forjen un espacio común de bienestar, al que ambos quieran ir como quien va a un bálsamo diáfano que los llena a ambos y exige poner y poner, y la recompensa llega sin que nos demos cuenta.

¿Está bien o mal que esto suceda?

La verdad que no tengo respuesta contundente. Sé también que muchos colegas suscriben a esta forma de establecer los vínculos en el trabajo y bajan la persiana al alma, ya que muchas pacientes ven en nosotras mucho más que alguien –en mi caso- que puede resolver un dolor muscular.

Existen quienes tienen la capacidad de establecer una sana distancia con los pacientes y eligen no vincularse. Esto no lo hacen por insensibles; sino que, por el contrario, es una forma de protegerse y no hacer carne propia los dolores y angustias de sus pacientes, que terminan afectándolo y en la gran mayoría de los casos no tiene posibilidad de resolverlos.

También se da el caso que muchos eligen con quién profundizar su vínculo más allá de lo profesional y con quienes no, como una forma de ser genuina y no convertirse en un robot a los que nada les despierta sensibilidad.

Es complejo. Lo reconozco y entiendo todas las posiciones. En mi caso me cuesta mucho escindirme de los relatos, las vivencias, alegrías y tristezas de mis pacientes. Y con Silvia Dora no hice una excepción. Pero en este caso, su calidez humana fue aportando una gran cuota que no pude soslayar.

Ella era cordial, amable, cálida, me preguntaba, escuchaba y realmente se interesaba en mis cosas. No sólo buscaba una voz amiga; ofrecía la suya desinteresada y sin doblez. Me preguntaba por mi hijo al que recordaba por su nombre, me preguntaba por la preparación y lanzamiento de CKEA Beauty, la línea de productos cosméticos dérmicos que lanzamos recientemente y que ella no alcanzó a disfrutar porque su enfermedad no le permitió ir a la presentación oficial en el Hotel Howard Jhonson Mayorazgo, al que por supuesto estaba invitada.

Adiós.

La atendía en el Centro de Salud de Sauce Montrull, donde desarrollo mi vocación profesional en el sistema público.

Ese era el punto de intersección de nuestro afecto. Hasta allí llegábamos regularmente a regalarnos, como una ofrenda, nuestra presencia. “¿Cómo van las cremas querida?”, me preguntaba con sincero interés y me prometía ser la mejor cliente de la línea.

La vida me regaló ser parte del nacimiento de un sueño empresarial y simultáneamente me quitó un impulso necesario que tenía cada semana al encontrarme con ella. Pero entiendo que así funciona esto de vivir, y enhorabuena que así sea.

Por eso la resignación forma parte de nuestro esquema de valores. Para aceptar que hay cosas que van y vienen, y otras permanecen perennes y firmes a pesar de todo. El recuerdo de Silvia es uno de ellos.

También existe la duda, como condición existencial para los profesionales de la salud.

Y como celebro la duda, no me cuestiono si está bien o mal establecer vínculos cercanos y afectivos con los pacientes. Disfruto de ellos y lo agradezco. Me llenan cada día y me voy del consultorio pletórica de vida. Ser parte de la vida de los otros, es un regalo que lo acepto como luz rediviva. Hasta siempre querida amiga, estoy segura que nos volveremos a encontrar. A veces pienso que recibo mucho de ustedes, y no les doy tanto como se merecen. Gracias por tanto, perdón por tan poco.

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