“¿Cuál es el genocidio más grande que conocen?”, preguntó la profesora María Laura Méndez ante un aula repleta de jóvenes. Era la primera clase de Antropología en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, en Paraná.

Corría marzo de 2009, yo estaba cursando el tercer año de la Licenciatura en Comunicación Social y lo primero que se me vino a la cabeza fue el Holocausto Judío -por el que el régimen nazi asesinó a al menos 6 millones de personas de esa religión y causó unas 17 millones de muertes en total motivado por el odio racista-. No fui el único. “¿Hitler?”, inquirió por lo bajo un compañero. Se barajaron distintos nombres de dictadores y cifras millonarias de sus víctimas. Alguien mencionó las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki; sugirieron las dos Guerras Mundiales…

“Pensemos en Latinomérica”, propuso la docente. Hubo silencio y miradas pensativas, hasta que una recursante levantó la mano. “El Descubrimiento de América”, dijo. “El mal llamado ‘Descubrimiento’ de América”, corrigió la profesora, y comenzó a escribir en el pizarrón: “La Conquista de América. La Cuestión del Otro. Tzvetan Todorov”, anotó.

En ese libro, el lingüista, filósofo e historiador búlgaro -que falleció en París el 7 de febrero de 2017-, calculó que “en el año 1500 la población global debía ser de unos 400 millones, de los cuales 80 estaban en las Américas. A mediados del siglo XVI, de esos 80 millones quedaron 10”.

“Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a éste”, escribió Todorov. “Me parece que es un récord (…) hablamos de una disminución de la población estimada en 70 millones de seres humanos. Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esta hecatombe”, consideró.

Desde el 12 de octubre de 1492, cuando pisaron suelo americano en las Bahamas, y durante los años subsiguientes, los españoles -liderados por Cristóbal Colón y por mandato de los reyes católicos Isabel I y Fernando II- protagonizaron el “choque cultural” más significativo de la historia. Dos mundos, que no eran uno “Viejo” y el otro “Nuevo”, que habían existido y se habían desarrollado independientemente desde el origen de la humanidad, se encontraban por primera vez. Y ese encuentro no iba a ser feliz.

“Descubrimiento” lo llamaron los conquistadores, que invadieron, saquearon, violaron, asesinaron, dominaron y deslegitimaron a lo distinto, a lo otro. “Indios”, les llamaron a los habitantes nativos, ya que pensaban que habían llegado a las Indias. 15 años después, en 1507, comprendieron que se trataba de un continente distinto y lo nombraron “América”.

Además de imponer su cultura, su religión, sus costumbres -le decían “acción civilizadora”-, los recién llegados ocasionaron la muerte en masa de los pueblos originarios a través de tres formas: el asesinato directo, las condiciones de maltrato y hambruna propias del trabajo esclavo y las enfermedades -debido al “choque microbiano” que provocó epidemias-. “El que los indios mueran como moscas es prueba de que Dios está del lado de los que conquistan”, escribió Todorov sobre una de las justificaciones de los españoles. Otra, la principal, era la riqueza económica que proporcionaba el colonialismo.

CINCO SIGLOS, NUEVE MESES Y SIETE DÍAS

Cinco siglos nos llevó, incluso después de la independencia de los pueblos americanos, abandonar definitivamente la dominación ideológica para poder considerar, estudiar y enseñar aquel hecho histórico como el de las culturas originarias invadidas y aniquiladas por la pretensión de superioridad del hombre blanco europeo.

Se podría decir que ese proceso recién comenzó a cerrarse en noviembre de 2010, cuando Argentina dejó de festejar el “Día de la Raza” y comenzó a conmemorar el Día del Respeto a la Diversidad Cultural cada 12 de octubre.

Muchos más cortos, contundentes y también brutales fueron otros dos acontecimientos históricos que conocí en aquella clase de Antropología de marzo de 2009. Uno tardó un embarazo y el otro, apenas una semana.

“¿En cuánto tiempo les parece que se creó lo que los conquistadores llamaron ‘raza o casta mestiza’?”, preguntó la profesora. Ante el silencio, ella misma respondió: “Nueve meses. Los españoles violaron a las mujeres nativas y en nueve meses o menos, nacieron los primeros ‘mestizos’”. Fue inevitable que nos pensáramos a nosotros mismos como hijos de todo aquello, como productos de esa violación.

Pero antes de que pudiéramos recuperarnos de eso, sobrevino otra demostración inquietante de la “acción civilizadora”, una de las tantísimas. Cuando los conquistadores y sus sacerdotes llegaron al territorio del sur argentino que hoy conocemos como Tierra del Fuego, se encontraron allí con los pobladores que habitaban esa zona y se escandalizaron. Creo que se llamaban los “Fueguitas”, o eso anoté en mis apuntes, aunque los busqué por Internet y no pude encontrarlos.

En medio de un frío atroz, los nativos vivían desnudos. Estaban cubiertos con grasa de ballena, una aislación térmica natural que les permitía meterse a nadar en las aguas heladas, donde cazaban peces y focas para alimentarse. “Un horror, unas bestias”, habrán pensado los españoles.

En nombre de su Dios, los bañaron y los vistieron. Les dijeron que no podían vivir más como vivían, hacer las cosas que hacían ni creer en lo que creían. Y no lo soportaron. El “choque cultural” los impactó de tal manera, que no fue necesario aniquilarlos con las armas. Se deprimieron y en una semana el pueblo completo estaba extinto. Murieron de tristeza.

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