"El que no trabaja es porque no quiere", suele repetirse a diario en las reuniones familiares, las charlas entre amigos, compañeros y vecinos o el breve diálogo que se da entre un cliente y un comerciante. Sin embargo, la realidad muchas veces pone en evidencia que esta construcción de "sentido común" no hace más que invisibilizar o naturalizar la problemática del desempleo, la falta de oportunidades y, más aún, la crisis de modelo económico.

Las imágenes de largas filas de jóvenes y adultos vuelven a repetirse cada vez que una empresa -sea comercial, industrial o de servicios- informa sobre la búsqueda de trabajadores para cubrir al menos un puesto laboral. Así lo fue esta semana en Paraná, cuando la convocatoria de un comedor libre chino -que sirvió de paso de publicidad encubierta- atrajo a cientos de mujeres y hombres para presentar su Currículum Vitae, con la esperanza de ser seleccionados.

Todos ellos, excluidos del sistema formal de empleo -y hasta incluso de las alternativas informales-, llegaron hasta la puerta del local de 25 de Mayo de la capital provincial con la intención trabajar y "ganarse el pan" por su propia cuenta. Incluso, algunos expresaron en declaraciones a los medios que hacía pocos meses habían sido despedidos de otros trabajos. Ahora, ante un contexto cada vez más angustiante para vivir y cubrir al menos la canasta básica, están dispuestos a realizar cualquier tarea que se les ofrezca.

Sin dudas, romper con la frase de que "no trabaja el que no quiere" pone en jaque otro de los significantes que impera en buena parte de la sociedad, sobre todo de clase media, cuando afirman que "todo se gana con esfuerzo propio". Si acaso todo fuese por esfuerzo propio, ¿por qué cierran comercios; las fábricas bajan producción, venden menos y despiden empleados; o las familias recortan gastos y buscan alternativas para generar ingresos? ¿Acaso no están haciendo el mismo (o más) esfuerzo del que hacían hace algunos años cuando estaban mejor?

El esfuerzo que todos ponen para trabajar y "ganarse el pan" seguramente es el mismo o hasta mayor que tiempo atrás. Así y todo, no alcanza. Pues en ese momento, estimados, entienden que detrás de la bonanza hay un modelo económico que posibilita que el esfuerzo se traduzca en hechos. Son las condiciones de posibilidad que brindan las políticas de Estado -primero nacionales, y luego provinciales y municipales- las que sirven de marco para que los empresarios produzcan, los comerciantes vendan y las familias trabajen y consuman.

En este contexto, claramente, se advierte por otro problema inherente a estos tiempos difíciles del país: ya no sólo escasea el empleo en blanco, sino también el trabajo informal. Conseguir "changas" también se ha vuelto una odisea. Si bien se reavivan los viejos oficios, no todas todas las familias pueden pagar por un plomero, albañil, zapatero, cortador de pastos o costurera. El recorte de gastos hace que el famoso "derrame" no llegue siquiera a la informalidad que, en Argentina, alimenta a casi el 50% de los hogares.

Romper con la frase de que "no trabaja el que no quiere" también nos invita a reflexionar sobre la estigmatización de quienes reciben planes sociales, como si fuese la excusa de todas esas familias de cobrar para no trabajar, que una mitad mantiene a la otra, y así. De hecho, por estadísticas oficiales se conoció que más del 50% de los hogares que reciben asignaciones tienen un sólo hijo. ¿No tenían hijos para cobrar planes? A esto se suma que ni los beneficios sociales y ni siquiera el salario mínimo vital y móvil cubren la canasta básica de bienes y servicios indispensables.

Aunque a muchos los ofusque, es importante recordar que la contención social del Estado existe hasta en los países más desarrollados. La crítica, en todo caso, no debe recaer sobre el pobre o indigente que apenas sobrevive con ese dinero que el Estado distribuye, sino en los gobiernos que sucesivamente a través de las décadas no plasman políticas concretas para generar empleo seguro, estable y formal, tanto en el ámbito público como privado, y así evitar que eso suceda. Reducir la brecha de pobreza e indigencia no puede ser sólo promesa de campaña.

Mirar hacia abajo no hace otra cosa que esconder la conciencia de clase. Por ello es que el cuestionamiento sobre las políticas de gobierno también debe apuntar a la falta de oportunidades que brinda el sistema educativo, que registra históricos atrasos en cuanto a la formación de los jóvenes para encontrar una salida laboral. No formar hombres y mujeres para enfrentar la vida laboral -incluso en sus nuevas versiones del mercado- es también en parte la respuesta a la imposibilidad de cubrir vacantes. Estar preparados para los cambios es, cuanto menos, una decisión de quienes nos representan.

Insisto con la pregunta, ¿no trabaja el que no quiere? ¿O no trabaja el que no puede? El poder de trabajar no recae solamente en la mirada individualista del esfuerzo propio por buscar alternativas de vivir y sobrevivir. Claro que las ganas y la fuerza de cada uno son importantes. Pero no son suficientes. El poder trabajar es, elementalmente, una conquista colectiva que muchos han olvidado. Y si no, ¿qué le dicen a esos jóvenes que, bajo el frío y la llovizna de otoño, se presentaron para ser mozos o cocineros?

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