El viernes 5 de marzo terminé en la guardia de un sanatorio a las 4 de la mañana por un dolor de cabeza desquiciante que me venía despertando hacía varias noches, y me recordaba que dormir es un privilegio para quienes viven con más calma. La sensación: una prensa que me oprimía el cerebro y amenazaba con hacer estallar una por una mis neuronas. El diagnóstico que me dio el neurólogo unas semanas más tarde confirmaba el proceso agudo de migraña que estaba sufriendo y la explicación, que vengo escuchando hace años para todas mis dolencias: es por estrés.

Lo primero que se me vino encima es mi beca doctoral. Este año es el último que el CONICET me financia y eso supone una cuenta regresiva, día a día, minuto a minuto, para entregar mi tesis de doctorado. Trabajar con una migraña tan fuerte es imposible, el dolor insiste con tirarme a la cama y mi cabeza hace lo imposible por intentar seguir con todo como si no pasara nada. Mentiría si dijera que un dolor así me sorprende. La sobreexigencia y la ansiedad son huellas que bien podrían estar inscriptas en mi ADN, si no fuera porque soy socióloga y sé que incluso ciertos rasgos de nuestra personalidad son una construcción social.

Convertir toda actividad ociosa en un proyecto nuevo, es una manera peligrosa y constante en la que vivo mi vida. El paradigma actual que describe el filósofo surcoreano Byung Chul Han sobre la autoexplotación a la que nos sometemos en las sociedades contemporáneas bien podría ser un anexo de mi biografía. En mi caso, esa sobreactividad desmedida, que es un requisito de la época para pertenecer y la mayoría de los jóvenes incitamos y celebramos, muchas veces bajo el slogan de determinados progresismos, tiene un costo altísimo: los dolores crónicos. Y no me refiero solamente a este dolor de cabeza, sino sobre todo a los dolores musculares y articulares que aparecieron en mis piernas hace 6 años.

Pero me gustaría ir todavía un poco más atrás en el tiempo, porque antes de todo esto recuerdo la que quizás fue mi primera experiencia relacionada al dolor y a la enfermedad. En agosto del 2007, cuando estaba en mi último año de secundaria, una gastroenteróloga me recomendó empezar un tratamiento por trastorno de la conducta alimentaria. En esa época tenía los problemas de una adolescente que no se terminaba de adaptar y sufría por una falta de aceptación propia y algunas dificultades familiares. Levantaba la tapa del baño y vomitaba, no tragaba la comida para después tirarla o la racionaba con una obsesión milimétrica por las calorías.

Por decisión propia comencé el tratamiento, si hay algo que nunca me falto fue una voluntad muy productiva y aplicada para resolver incluso mis propios problemas. Para lo bueno y para lo malo, nunca me quedo quieta. A los pocos meses me diagnosticaron anorexia. Es cierto que las etiquetas muchas veces estigmatizan o encasillan, pero otras también alumbran, clarean lo que no estamos dispuestos a mirar, en mi caso me señalaron un camino.

Al día de hoy agradezco enormemente a las terapeutas y compañeras con las que compartí el tratamiento ambulatorio que hice todos los martes durante cuatro años en el hospital. Muy de a poco pude desandar la exigencia que imponía sobre mi cuerpo y entender cómo bajo el desorden alimenticio escondía la dificultad de comunicarme y relacionarme, sobre todo con mi familia. En mi caso tuve la suerte de que ellos me acompañaran y se pusieran el tratamiento al hombro, permitiéndose descubrir también sus propios errores. Mi enfermedad era la pantalla en la que se proyectaba nuestra película familiar. En parte es cierto lo que dice la medicina germánica, la enfermedad aparece cuando ya empezamos el proceso de curación y las dolencias son susurros más o menos fuertes que nos dicen a qué le tenemos que prestar atención. La enfermedad y sus misterios, que aún le quedan muy lejos a los progresos que viene haciendo la ciencia, me invitaron más de una vez a escribir poemas. Nunca escribí directamente sobre mi anorexia, pero sí sobre los vínculos que la rodeaban, la poesía nunca me pidió que hablara del núcleo duro, de lo orgánico, más bien construyo un coro de voces, una pared fuerte, un andamiaje.

Del tratamiento me fui con el alta bajo el brazo cuando promediaba la mitad de la carrera de Sociología. Al poco tiempo ya sabía que quería postularme a la beca doctoral que otorga el CONICET. Dedicarse a la investigación es una de las pocas salidas laborales que tenemos quienes estudiamos carreras sociales, no hay mucho más y la presión por elegir bien el futuro laboral o caer fuera del mapa es grande. De todo lo deconstruida que podía estar para esa época, tenía el latiguillo feminista de no caer en el yugo de la maternidad, ni esposa ni ama de casa, como habían sido hasta entonces todas las mujeres de mi familia. Quería para mí algo diferente, quería el privilegio, simbólico al menos, que otorga la inteligencia, progresar con mi cabeza, ser una mujer de ideas fuertes. Quería que mi cerebro me llevara lejos, tan lejos que otra vez sin saberlo me olvidaba de mi cuerpo.

Terminé la carrera con un promedio de 9,5 y me postulé a la beca doctoral del CONICET. Después de un esfuerzo considerable la obtuve en abril del 2016 y en mayo empecé con dolores en las rodillas, en los tobillos y en los pies. El dolor era tan fuerte que me impedía caminar y estar parada. La enfermedad volvió a tocar la puerta, jamás pensé que nunca se iría. Durante el 2016 me hicieron una cantidad de estudios y procedimientos médicos con los que podría empapelar un museo entero: llegaron a mi vida las resonancias magnéticas, la nave espacial en la que meten tu cuerpo con el sonido potente de un bombardeo de rayos.

De pies a cabeza buscaron en mi cuerpo un signo que explicara mi condición, cuando no encontraron explicación en las causas leves, descartaron lo grave: me hicieron un centellograma para descartar tumores, y análisis de sangre para las enfermedades reumáticas y degenerativas. Cuando no encontraron nada terminaron por descartarme a mí. Cuando la ciencia no supo explicar lo que me pasaba, desesperé. Aprendemos a encontrar en la lógica y la razón un placebo para nuestros miedos y ansiedades; y aunque queramos destacar, ser únicos y especiales no sabemos cuánto nos tranquiliza que nos pase lo mismo que al promedio de la gente, hasta que nos eyectan del campo de lo cognoscible. Por ese entonces comenzaba mi relación con Gaspar, y aunque poco le decía de lo que me estaba pasando, encontraba en la forma amorosa en la que me miraba un tenue olvido, una distracción de mi condición de enferma. Después de todo era más que eso.

No ignoraba en ese momento que ante la falta de explicaciones biomédicas, el dolor tuviese un componente emocional. Así y todo aunque lo hablara repetidamente en terapia, el dolor continuaba ahí, horadando cualquier certeza, diciéndome “vos que crees saber, no sabes nada”. Con mi psicóloga de entonces, volví una y otra vez sobre mis ansiedades, mis exigencias, mi necesidad de tenerlo todo controlado, mi inflexibilidad a los cambios.

Revolví el pasado, el presente e intenté dejar de apresar el futuro. El tiempo no se repite es cierto, vivimos las cosas una sola vez, pero yo intentaba dar vueltas en círculo sobre mi historia como un perro que busca el hueso escondido, su verdad secreta, el talismán que revela y salva. No hubo ni habrá tal talismán. Empecé a mejorar lentamente gracias a Martín, un entrenador y acupunturista que me rehabilitó hasta hacerme volver a una vida muy cercana de lo que consideramos normal. El dolor no se había ido del todo, estaba ahí bajo la amenaza de agudizarse en cualquier momento, pero en pausa. Fue en ese año, el 2017, que escribí “Un hogar fuera de mí”; libro que ganaría la 30 edición del Premio Loewe a la Creación Joven en España. Más allá de la alegría por tal reconocimiento, pude durante ese tiempo tener una conexión muy íntima con mi escritura, alejándome de las exigencias que me imponía la beca. La escritura fue y será lo que hago con una paciencia que no pertenece al tiempo (como dice la poeta Jimena Arnolfi), y con una entrega sensible que desconoce el imperio de la razón como producción. Martín me dejó de atender cuándo volví a mostrar una desmejoría que no supo comprender y me derivó a otra especialista.

En todas mis recaídas, en todos los picos agudos de dolor que viví y sigo viviendo, nunca dejé de cumplir con mis obligaciones. Intenté escuchar a mi cuerpo, parar un poco, tomarme las cosas con más calma; pero siempre seguí creyendo en la senda del progreso intelectual y académico, como una luz al final del túnel de una carrera que me iría dejando, una y otra vez, sin pies, sin tobillos, sin rodillas, sin cuerpo. En ese camino donde me dije y creí que la vida de madre y esposa era una opresión, pero la otra vida que elegía yo era de liberación. Y así, fingí tanto como seguí. Estaba en el tercer año de mi beca doctoral y la exigencia empezaba a apretar: para empezar el doctorado se me exigía terminar la maestría, tenía que hacer dos tesis en un lapso total de cinco años para poder aspirar a presentarme a una beca posdoctoral y seguir la carrera que tiene prevista CONICET para quienes eligen el camino arduo y competitivo de la investigación; esto también implicaba la publicación de artículos en revistas científicas, la participación en congresos académicos, etc.

Como una máquina que produce billetes, yo tenía que producir resultados académicos, sin importar las condiciones o mi inserción en una Universidad que escasamente tiene recursos y presupuesto para la investigación, corría con dolores crónicos en las piernas y con una amplia desventaja. Y yo cumplía y fingía, me aguantaba el dolor como aguantaba la presión y el maltrato feroz del mundo académico. Seguí porque cada tanto me palmeaban y felicitaban por mis logros, por mi perseverancia a pesar de todo, por soportar lo que humanamente es insoportable. Seguí porque pensaba que ese era el medio para un fin mayor, ser una mujer profesional, alguien en esta vida y así de esa manera mi cabeza se convirtió en una hoguera de mi propio cuerpo.

Tal vez escribir poesía, sea lo único que le escapa a esta lógica con la que vivo mi vida, los poemas aparecen de manera inesperada, no están bajo el imperio de la máquina productiva cotidiana, tal vez sea como dice Marosa Di Giorgio “Junto a la mujer normal, seria, quieta, nerviosa, que se ve, hay un hada ejecutando otra labor con un hilo de oro. Un alguien escondido me ordena cazar mariposas, pero a la vez, simultáneamente, las pone en mi mano.” Ese ser que habito cuando escribo nada sabe de metas imposibles, del incinerarse frente a exigencias inhumanas. Cada vez estoy más convencida de que no hay institución o vocación per se que te libere, tampoco hay ataduras prefijadas, somos nosotras las mujeres, quienes podemos hacer del matrimonio, la maternidad, o lo que sea, algo liberador.

Seguramente mi propio camino para dejar de lado mis autoexigencias y reconquistar mi salud tenga que ver con bajar de la estantería a ídolos y demonios, y salir de la carrera, perderla incluso de vista. “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida, voy hacia mi cuerpo”, dice Viel Temperley; yo también intento ir hacia él y por momentos mi vida es como esas olas fuertes que te empujan de vuelta a la costa y no te dejan sumergirte. El cuerpo y su dolor es mi gran misterio, y como me dijeron unos guías que me ayudaron alguna vez, mi angustia es a veces por tratar de entender demasiado.

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Luciana Reif, poeta y socióloga, becaria doctoral en el CONICET y la Universidad Nacional de Avellaneda. Es autora de los poemarios “Entrada en calor” (Ojo de mármol, 2016) y “Un hogar fuera de mí” ganador de la 30 Edición del Premio a la Creación Joven de la Fundación Loewe y editado por Visor en España. Le gusta andar en bicicleta y parar en el camino a tomarse un café con algo dulce. Odia el frío y su versión temporal, el invierno, pero disfruta de meterse en la cama y taparse con el plumón a ver una buena peli. Dicta talleres de poesía, y le gustaría leer más de lo que efectivamente termina leyendo, pero sabe que todo no se puede.

Fuente: Clarín

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