Cada vez que hay una marcha, pedido o reclamo a favor de los derechos de las mujeres, un sector de la sociedad se manifiesta “harto”, “cansado” de escuchar o leer “siempre lo mismo” de parte de “las feminazis”, como catalogan a los feministas.

Primera aclaración: también habemos varones feministas. Segunda: el nazismo de Hitler combatió al feminismo; si algo no tiene sentido o peca de ignorancia histórica, es comparar un holocausto que se fundó en la aniquilación sistemática de la diferencia, con un movimiento que lucha, justamente, a favor de la equidad social y para que -en nuestro país- dejen de asesinar a una mujer cada 30 horas.

Las mismas personas se preguntan, indignadas: “¿Nadie piensa en los derechos de los hombres?, a ellos también los matan y no se habla de ‘violencia de género’”; “¿por qué sectorizar un reclamo y no pedir simplemente que ‘no haya más violencia, pero ningún tipo de violencia’?”; “¿por qué #NiUnaMenos y no #NiUnoMenos o #NadieMenos?”.

Ahí viene la tercera aclaración. No, la muerte de un varón no es violencia de género. Y vamos a explicar por qué. Las mujeres que asesinan a varones -cuando no se trata de un caso de legítima defensa- son eso, asesinas, homicidas. Pero ocurre que si bien estos casos existen y desde los medios de comunicación también nos indignan y los condenamos de plano, no existe una ‘epidemia’ -permítaseme la analogía médica-, sino que son casos aislados, excepciones. Aberrantes, sí; dolorosas excepciones; horribles casos aislados. Que eso quede claro. Sigamos…

Muy por el contrario, cuando hablamos de femicidio o feminicidio, es decir de la muerte de una mujer por el hecho de ser mujer, sí hablamos de un fenómeno social de criminalidad, que existe y es bien palpable, de cientos de casos que corresponden a un mismo tipo de asesinato: aquel que está motivado por el ‘odio de género’ del macho que se siente dueño de la vida no sólo de mujeres sino también de todo lo relacionado con ‘lo femenino’, como ocurre con los travesticidios.

Si quieren una cifra concreta que grafique el argumento, hablamos por ejemplo de los 254 femicidios registrados en la Argentina desde enero hasta mediados de noviembre de 2017, o de los siete comprobados hasta el momento en Entre Ríos en lo que va del año. Sepan que también hay “muertes dudosas” que se presumen femicidios pero que no se incluyen en estos números.

Noten que, de acuerdo a los datos recabados por la ONG Mujeres de la Matria Latinoamericana -Mumalá-, del total de femicidios registrados en estos últimos once meses en nuestro país, en el 88% de los casos el asesino era pareja, expareja, familiar o conocido de la víctima, y en un 46%, el femicida vivía junto a ella bajo el mismo techo. Consensuemos algo: hay allí -o acá nomás- un fenómeno evidente, horrible y preocupante, contra el que todos queremos luchar (¿o no?): a las mujeres las están matando y sus asesinos son sus varones más allegados, en quienes ellas confían o alguna vez confiaron.

No en vano distintas ciencias y corrientes del pensamiento han identificado la problemática, han indagado durante décadas por qué ocurre esto y han ensayado una respuesta. Sucede que existe una desigualdad constitutiva en la estructura social. ¿Cómo es esto? La especialista en estudios de género cubana Yuliuva Hernández García lo llama “relaciones de poder en favor del dominio masculino”. Simplemente, que los varones hemos nacido en un mundo que es, desde el vamos, más amable, menos hostil, con más posibilidades y derechos para nosotros que para las mujeres. Afortunadamente, en aras de la igualdad, debemos decir que esta es una realidad que -muy de a poco- está cambiando. Adivinen gracias a quiénes.

Convengamos, sólo por ejemplo, que hasta no hace mucho las mujeres no podían votar, estudiar, o decidir con quién casarse. O que aún hoy seguimos intentando desterrar las ideas de que la mujer -el ‘género débil’- debe ser la que, en su rol de ‘madre de familia’ está destinada a criar a los hijos, cocinar, lavar, planchar y cambiar pañales mientras el varón -el hombre, el ‘género fuerte’- “trabaja” para ‘traer el pan al hogar’. De hecho, actualmente el torso masculino se exhibe con total naturalidad como símbolo de virilidad y esfuerzo laborioso, mientras que el femenino, alimento de los hijos, escandaliza y es censurado -salvo que aparezca mercantilizado, como un objeto de consumo en una publicidad, es decir que ayude a vender un producto-.

De la mano del capitalismo, a través de la historia se ha consolidado el llamado ‘patriarcado’, que “en su sentido literal significa gobierno de los padres”. Aquí, “a la autoridad la ejerce el varón, jefe de familia, dueño del patrimonio, del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes”, dice la escritora española Luisa Antolín Villota. Así, el sistema de organización social basado en las diferencias de género le dio el poder en todas sus instituciones -la familia, las del Estado- a lo masculino por sobre lo femenino, que fue rebajado a una ‘cosa’, un ‘objeto’ disponible para ser usado por el varón. “Ella es mía, y si no es mía no será de nadie”, han dicho muchísimos femicidas, creyéndose propietarios de esa mujer que decían amar pero que decidieron matar.

Para no aburrir sólo agregaremos que la Iglesia Católica tuvo su gran aporte en este sentido al satanizar a la mujer y en un Concilio del siglo VI -los autores no se ponen de acuerdo si en el de Nicea o el de Macon-, la declararon un ser “sin alma”, “una especie de animal” contra el que entonces “se podía cometer todo tipo de tropelías”. No por casualidad, Dios no es mujer y Eva -portadora del pecado original y condenada a sufrir en los partos- salió de una costilla del buen Adán. A estas consideraciones las explica el sexólogo feminista español Julián Fernández de Quero. Sí, es un varón feminista.

Ahora bien, volviendo sobre las preguntas del principio, todos, o la gran mayoría, estamos en contra de cualquier tipo de violencia, sea contra quien sea. No hay discusión allí. Pero no por eso debemos deslegitimar la lucha valiente que emprende un gran colectivo históricamente bastardeado, golpeado y humillado a favor de la equidad social. ¿A quién, si no al feminismo, le debemos las conquistas que construyen de a poco un mundo más justo e igualitario para nuestras amigas, madres, hermanas e hijas?

El rol de los varones de bien no debería ser otro que el de los ‘varones feministas’ que, en plena conciencia de nuestros privilegios de género, acompañemos a las mujeres en su lucha por la igualdad.

En ese sentido, no se trata de una guerra de géneros, de las mujeres contra los varones. Pero que se entienda bien: sí es una lucha del feminismo contra el machismo que todos, varones y mujeres -en mayor o menor medida- llevamos adentro de modo constitutivo y seguimos perpetuando cada vez que llamamos “puta” a una mujer por cómo se viste o se divierte y le decimos “puto” o “maricón” al varón que llora, lava los platos y no le grita guarangadas a las mujeres.

Cuando estés “harta”, “cansado”, como se puede leer en los comentarios en las redes sociales, de que “esas feminazis violentas ensucien las paredes”, pensá que las paredes se pueden volver a pintar, que quizás le estás errando a tus prioridades: pensá que están buscando visibilizar un grito desesperado para que todos escuchemos su reclamo legítimo ante una opresión histórica. Porque ellas también están cansadas: de siglos de valer menos, de que las señalen, de que las golpeen; están hartas de que las acosen, de que las violen, de que las sigan matando.

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