miércoles 28 de septiembre de 2022
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Moscas en la casa

Bichos y un texto de Margarite Duras

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Hay una invasión de hormigas diminutas. Las encuentro cada mañana en los cepillos de dientes, en los bordes del vasito rosa de mi hija, en los ruedos de las bolsas que asoman del basurero. Me acuerdo que en días de cuarentena, mientras pasamos encerrados en nuestra casa, encontré un frasco de miel lleno de hebras como de ceniza rota. Eran esas hormigas ínfimas suicidadas. Muchas veces pienso que mirar esas pequeñas perturbaciones me ayuda a escribir. Otras, que me distraen. Ahora tengo cerca un ramo de fresias y por la ventana se metió un moscardón que tropieza en el aire y me asusta.

Margarite Duras en Escribir, un libro hermoso que reeditó Tusquet hace poco, dice al inicio:

“Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca.”

*

Paso mucho tiempo en mi casa porque estoy con limitaciones para salir. Este embarazo es un desencaje muy particular de mi cuerpo. No tengo el mismo paladar. No tengo el mismo olfato. No tengo el mismo sueño. Nunca nada es igual en un organismo pero siempre hay una serie de hábitos y percepciones que nos permiten habitar nuestros huesos, músculos, órganos, tendones, neuronas y todo eso que nos conforma con cierta estabilidad. No me pasa desde hace meses. Anoche en un desvelo miré la grabación de una clase que estoy tomando sobre escritura de ensayos que dicta Tamara Tenembaun, leí un texto de Audre Lorde y otro de Bell Hooks que se titula Todo sobre el amor.

Pensé en lo difícil que nos resulta a las mujeres escribir mientras criamos, trabajamos, nos formamos, tratamos de mantenernos físicamente saludables, de mantener la casa y ropa limpia, de dormir nosotras y nuestros hijos sobre sábanas que huelan bien. Escuché los ruidos de la calle, los ladridos de los perros, una pelea entre gatos que siempre replican un grito desesperado de niño, algo que me inquieta aunque sepa que no tendría que hacerlo. Pensé en una cucaracha que había matado Dani en el patio y que le hice juntar porque me parece un escándalo que las hormigas se la coman, que lleven el cuerpo como se levanta un cajón funerario cuando los allegados al muerto sostienen las manijas camino al cementerio.

Por eso volví hoy a leer Escribir, además esta reedición me recordó que lo trabajamos hace unos años en el taller. Hay una escena de una mosca que la enunciadora pone en primer plano. Le cuenta la anécdota a una directora de cine que iba a filmar su película y ella se detiene en la despensa de su casa para contarle cómo vio morir una mosca.

“Con frecuencia me quedo así, sola, en esos lugares tranquilos y vacíos. Mucho rato. Y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común.

Me senté en el suelo para no asustarla. Me quedé quieta. Estaba sola con ella en toda la extensión de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto para maldecirlas, seguramente. Como usted. Fui educada como usted en el horror hacia esa calamidad universal, que producía la peste y el cólera.

Me acerqué para verla morir.

La mosca quería escapar del muro en el que corría el riesgo de quedar prisionera de la arena y del cemento que se depositaban en dicha pared debido a la humedad del jardín. Observé cómo moría una mosca semejante. Fue largo. Se debatía contra la muerte. Duró entre diez y quince minutos y luego se acabó. La vida debió acabar Me quedé para seguir mirando. La mosca quedó contra la pared como la había visto, como pegada a ella.

Me equivocaba: la mosca seguía viva.

Seguí allí mirándola, con la esperanza de que volviera a esperar, a vivir.

Mi presencia hacía más atroz esa muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente a la mosca. Y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte. Del exterior, o del espesor de la pared, o del suelo. De qué noche llegaba, de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de una nada aún innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba seguir los recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad.

Ya no sé el final. Seguramente la mosca, al final de sus fuerzas, cayó. Las patas se despegaron de la pared. Y cayó de la pared. No sé nada más, salvo que me fui de allí. Me dije: «Te estás volviendo loca». Y me fui de allí.”

*

Nunca me habían asustado los bichos. De chica solía mover los leños y descubrir bolitas que vivían en la oscuridad, se abrían con cientos de patas, trepaban por mis uñas embarradas, había siempre más especies metidas entre la corteza y la tierra húmeda. Pescaba con palos secos los “torito” que se prendían con esa especie de pinza en su cabeza, me fascinaba esa semejanza con un rinoceronte. Me picaron las avispas mientras caminaba por el filo de un tapial, me caí y me sostuvo un jazmín como a una novia. Amo las plantas desde esa primera ceremonia. Cuando mi hija mayor tenía unos seis años estaba jugando y no se dio cuenta que se paraba sobre un hormiguero, estaba en la canchita frente a mi casa y empezó a gritar. La vi como se mira a una persona prenderse fuego. Esa sensación aún me asusta. El terror de mis hijas siempre me desespera.

*

“Cuando Michelle Porte llegó, le enseñé el lugar y le dije que una mosca había muerto allí a las tres veinte. Michelle Porte se rió mucho. Tuvo un ataque de risa. Tenía razón. Sonreí para zanjar la historia. Pero no: siguió riendo. Y yo, cuando la cuento ahora, así, de acuerdo con la verdad, con mi verdad, es lo que acabo de decir, lo que ha ocurrido entre la mosca y yo y que no da risa.

La muerte de una mosca: es la muerte. Es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga el instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por el hecho de que muera una mosca, no decimos nada, no damos constancia, nada.”

*

Escribir para Margarite Duras es “hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero”.

*

Cuando Francisca cumplió dos meses era 2020 y era un domingo soleado. Salimos a dar una vuelta por el Parque Urquiza, yo quería mirar con ella cómo empezaban a florecer los aromitos con sus pequeños soles entre espinas. De lejos vi a mis amigos que también caminaban por el Puente de los Suspiros. Mis amigos son siempre Washi y Ferny. Nos abrazamos, charlamos algo y seguimos por ahí separados. Al rato, Ferny vino corriendo, nos dijo algo urgente: Washi se había descompuesto. Subimos al auto, mi amigo, su pareja estaba sentado con la columna derrotada frente a la rotonda del monumento a Urquiza. La cara blanca. Los ojos perdidos. El mismo cuerpo lleno de vida parecía apagarse. Llegamos al sanatorio más cercano con esa rapidez que parece lenta, Ferny bajó y se montó a su amor al hombro pero se derrumbaba como una bolsa de arena abierta sobre un albañil. Yo lloraba y apretaba a Francisca contra el pecho que también lloraba. Creo que Dani buscó una silla de ruedas. Lo entraron y no lo vi más.

Vuelvo a llorar mientras recuerdo. Escribir es poner el cuerpo en otro espacio y tiempo. Después supimos que una alergia repentina a una picadura casi lo mata. Literalmente yo vi morir a un amigo y sentí que me ahorcaba el dolor con un nudo que nos ataba los cuellos a los tres.

Me da terror la fragilidad de la vida de quienes amo y descubro los traumas escribiendo. Me dan miedo los bichos porque pueden dejarme sin jardín y sin latidos.

*

"La escritura se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. Él del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.”

*

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