Entre ellos había una especie de temor con eso de llamar libro a los textos que tenía reunido Chiche. A medida que lo fui leyendo, sentí en cierto modo que me estaba permitiendo entrar a su vida. Y a medida que pienso en la escritura en un sentido más amplio, con una experiencia más abarcativa, vuelvo a pensar que quien nos abre letra, nos invita a pasar por su cuerpo, a sentir el peso de sus huesos y a conocer cómo forma las palabras.

Editar es parecido a podar. Chiche escribió capítulos breves que abrían persianas a sus distintos mundos: el de la casa paterna, el de la pesca, el del cristianismo, el de la memoria. Pero el mundo que más crecía era el de la tierra. Las primeras páginas contaban de un árbol de olivo que habían plantado en su primera casa. El libro finalmente no fue un manojo de copias para repartir entre sus amigos y familiares, fue un libro que se publicó con la editorial Ana de Pablo Felizia. Un libro que Chiche regaló casa por casa. Cuando vino con mi ejemplar, nos abrazamos como si algo hubiese crecido también entre nosotros.

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Borges, en un poema llamado Los justos, hace una enumeración de imágenes que se enlazan con el título y con el último verso, lo copio entero porque siempre es un detenimiento necesario el que ofrece la poesía:

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

No me acuerdo en qué medio local fue que volví a ver a Chiche una mañana antes de entrar a dar clases en un curso. Sí tengo presente que estaba junto a Chiche, ambos parados delante de la azalea más grande de Paraná. Ese mismo día le escribí y al fin de semana siguiente tenía en mi teléfono la ubicación de su casa. Yo les llevaba a Francisquita para que la conocieran personalmente más allá de todos los videos que les mandaba y que ellos me respondían con audios, incluso cantando canciones de cuna, a su vez yo iba a descubrir su jardín y esas flores fucsias que no podía creer que fuesen de verdad. Tengo el chat completo sin eliminar ni un mensaje, lo guardo como a fresias que se van secando en distintos libros, una conversación como un rastro fósil, como algo que no quiero perder. Cuando llegué a la casa en una esquina cerca del Paracao, me abrieron la reja e hicieron pasar. Me asombraron las paredes llenas de cuadros, sabía por el libro de Chiche que pintaba, pero sentí que entraba a una galería de arte funcional, con mesa de comedor, con sillones de living, con un pequeño escritorio y sobre él una computadora vieja y papeles. El arte por fuera del arte me parece siempre un lugar más genuino, sin la estridencia del espacio que se levanta para ser grande.

En Autorretrato Celia Paul dice “Escribo sobre mí con mis palabras, mi vida se convierte en mi relato. Decidí usar palabras en vez de cuadros porque las palabras son más directas para comunicarnos. El lenguaje hermético de la pintura guarda necesariamente su secreto, y su poder permanece en el misterio.” Sin embargo en la casa de Piky y Chiche los cuadros tenían los frentes de las casas que estaban en el libro, las calles por donde bajaban a pescar, la quinta que lograron hacerse de grandes y que después vendieron. Las paredes también contaban su historia y se desparramaba por absolutamente toda la casa.

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Cuando salimos al jardín, la azalea nos arrinconó. Ocupaba no solo el alto del tapial, sino que se nos venía hacia a nosotros como un abrazo. Más al fondo crecían violetas, jacintos, aloes, margaritas, rúculas, enredaderas con flores de todos colores. En un gallinero asomaban el copete como una lengua en llamas unas gallinas. Piki se agachaba con un sombrero puesto, juntaba ramitos ínfimos, combinaba los colores y componía también una pintura. “el hecho era que un escritor se siente mucho más cercano a un artesano, un granjero, un carpintero, a cualquiera que trabaje con las manos, que a un oficinista o a un contable” dice May Sarton “Existe una verdadera afinidad entre las personas que hacen algo; lo aprendí años atrás cuando sentí la misma íntima comunión con los viñadores de Turena.” Con Chiche y Piky nos hemos visto pocas veces en la vida, sin embargo, hay algo que trasciende el tiempo compartido y que tiene que ver con puerta a su jardín, por el paseo por sus pinturas, con la lectura de sus vidas.

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